Las razones de los que no quieren acoger a los migrantes, menores o medio menores, son lógicas. Las que todo el mundo dice en privado. "Ya tenemos bastante trabajo". Y tienen razón.
Las razones del presidente de Ceuta son lógicas. “Si no los acogéis, los acojo yo, y no puedo más. No me caben”. Y tiene razón.
Las razones de los que, teóricamente, sí que quieren acogerlos son humanitarias y legales. "No, no señora. No se les puede devolver con una patada en el culo. Sí, sí señora, el centro de internamiento está lleno. No, no señor, no se les puede dejar allí eternamente hasta que se mueran de hambre".
Las razones de las comunidades como la catalana para poner condiciones son lógicas. En Cataluña ya hay muchos. La escuela, tal como la entendíamos hasta ahora, antes del fenómeno migratorio, ya no nos sirve. Los servicios públicos son un colapso. La lengua desaparece. Y tienen razón.
Las razones de los de extrema derecha son lógicas, dentro de la lógica de la extrema derecha. En algunos entornos no hay ninguna causa con tanto consenso como la de no querer “acoger” a magrebíes. Por una causa así se puede hacer caer un gobierno, ¡ñam! Y tienen razón en que se puede.
Las razones de los migrantes son lógicas. Nos han engañado, nos han utilizado, pensábamos que. Ahora no nos iremos. ¿Adónde tenemos que ir?
Y sobre todo las razones de nuestro corazón son lógicas. Razones, prejuicios, miedos... No nos parecen suficientemente menores, suficientemente desvalidos, suficientemente humildes para que nos den la pena necesaria. Los encontramos altivos, descarados, violentos, tunantes, busca-vidas, listos, impulsivos, no lo bastante adorables, nada dulces, amenazadores, proxenetas, demasiado religiosos. ¿Y tenemos razón? ¿Y tienen algún sentido, nuestras razones o sinrazones?