Decir que ganas la guerra de Irán cuando la estás perdiendo

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, saluda al paso del ataúd de uno de los soldados muertos en un ataque iraní en Jordania.
12/08/2026 - 18:36 h.
Analista de paz, conflictos y negociaciones
3 min

El presidente norteamericano, Donald Trump, ha estado sopesando la posibilidad de declarar la victoria contra Irán sin conseguir un acuerdo nuclear, informó el Wall Street Journal el domingo, citando a funcionarios norteamericanos. En realidad, ha perdido la guerra y no ha ganado nada, pero tiene que construir un relato diferente y a su favor. Es un viejo truco que conocemos bien.

Desde la negociación, este fenómeno se explica combinando varios conceptos clásicos: el resultado sustantivo (qué se obtuvo realmente en términos concretos: recursos, concesiones del oponente) y el resultado relacional o simbólico (cómo queda la imagen y la legitimidad de cada parte ante su audiencia). Cuando el resultado sustantivo es nulo, la estrategia narrativa es inflar artificialmente el segundo para compensar la ausencia del primero. A esto se añade "el efecto de compromiso". Como se invirtieron recursos, vidas o legitimidad política en el conflicto, admitir que no se ganó nada generaría una disonancia insoportable, tanto para los líderes que lo condujeron como para la población que lo sostuvo con sacrificio. Por eso se reconstruye el desenlace para que sea coherente con el esfuerzo realizado, no con los hechos objetivos. Otro mecanismo clave es la manipulación del punto de comparación, de modo que, en lugar de contrastar el resultado con el objetivo inicial –donde el fracaso sería evidente–, se compara con un escenario hipotético peor (“podríamos haber perdido más” o “evitamos algo catastrófico”). Esta comparación es lógicamente irrefutable, porque ese escenario alternativo nunca existió y nadie puede probar qué habría pasado realmente.

Desde la teoría de la comunicación, el mecanismo central es el encuadre. Todo relato mediático implica seleccionar qué aspectos de un hecho devienen salientes (definición del problema, atribución de causas, juicio moral, solución propuesta). Un mismo resultado material –no obtener nada de lo que se buscaba– se puede encuadrar resaltando atributos como "resistencia heroica" o "supervivencia ante un enemigo poderoso", en lugar de atributos como "fracaso", "coste humano" u "objetivos incumplidos". Esto se refuerza con el concepto de establecimiento de la agenda de segundo nivel, que muestra cómo no solo se decide de qué se habla, sino también qué cualidades se le atribuyen a ese hecho. A esto se añade el uso deliberado de términos simbólicos y ambiguos –"victoria", "triunfo", "el enemigo no logró sus objetivos"– que no tienen un criterio de verificación único, a diferencia de indicadores concretos y medibles. Esta ambigüedad permite que el discurso "gane" en el plano simbólico mientras pierde en el plano material, precisamente porque el público no dispone de una métrica compartida para contrastar la afirmación. La repetición sistemática del mensaje (efecto de mera exposición) y el control de los canales de información reducen aún más la capacidad crítica de la audiencia, que tiende a adoptar la narrativa oficial cuando no tiene fuentes alternativas o cuando el coste cognitivo de cuestionarla es demasiado alto.

Sin embargo, esta estrategia tiene un límite estructural importante, ya que solo funciona mientras el relato y la realidad material no entren en contacto directo y visible para la audiencia. Cuando aparecen indicadores tangibles del fracaso –pérdidas económicas sostenidas, ausencia de concesiones verificables del oponente, o simplemente el acceso a fuentes externas de información que contradicen el relato oficial–, se produce lo que la teoría de la persuasión llama efecto bumerán. En este punto, la audiencia no solo rechaza el mensaje, sino que también penaliza con más severidad al emisor por la discrepancia entre lo que se ha prometido y lo que efectivamente se ha entregado, lo que erosiona su credibilidad futura de manera más profunda que si hubiera admitido el fracaso desde el principio. Este es el riesgo que Trump corre con sus vaivenes constantes y cambios de opinión, que no reflejan otra cosa que su ignorancia profunda de la política exterior.

stats