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El cóctel diario invisible que nos está haciendo enfermar

Plásticos, cosméticos, pesticidas, envases alimentarios o ropa contienen disruptores endocrinos, compuestos que pueden alterar el sistema hormonal

Una turista en el mercado de la Boquería de Barcelona en una imagen de archivo.
19/09/2026 - 20:34 h.
8 min

Suena el despertador. Pasas por la ducha y te embadurnas, como poco, con unos siete productos cosméticos y de higiene personal, entre cremas, jabones, desodorantes –si eres mujer, la cifra sube a nueve–, según datos de Cosmetics Europe. Estrenas una camisa de poliéster, fresquita. Sales de casa y te coges un café para llevar y una bandeja de fruta cortada. Caminas hacia el trabajo por una calle con tráfico intenso y bastante ruidosa.

Aún no son ni las nueve de la mañana y ya has estado en contacto con decenas y decenas de compuestos químicos. La mayoría, seguramente, serán inocuos, pero algunos pertenecerán a una familia de sustancias que hace décadas que preocupa a los científicos por el impacto perjudicial que tienen sobre la salud humana: los disruptores endocrinos.

Estos compuestos proceden principalmente de derivados del petróleo y son capaces de engañar al organismo, porque imitan el funcionamiento de las hormonas naturales, que son las moléculas responsables de la comunicación entre células, tejidos y órganos. También bloquean los receptores celulares hormonales y alteran el funcionamiento de todo el sistema endocrino.

Hay evidencia científica sólida que vincula la exposición prolongada a estos tóxicos ambientales con algunas de las enfermedades no infecciosas más prevalentes en la sociedad, como la obesidad y la diabetes, también con los problemas de infertilidad. Y empieza a haber indicios de que podrían influir en el desarrollo de algunos tipos de cáncer hormonodependientes, como el de próstata o mama.

“El concepto de disruptor endocrino ya hace décadas que existe, pero cada vez identificamos más productos químicos de uso cotidiano con esta capacidad”, explica Martine Vrijheid, investigadora del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal). “Estamos expuestos a ellos cada día en dosis muy bajas. La cuestión es saber cuándo empiezan realmente a ser peligrosos, porque desgraciadamente todavía es difícil saber a partir de qué nivel estas exposiciones pueden resultar perjudiciales”, remacha.

Detalle de los productos envasados en plástico en el puesto de una frutería en el barrio de Gràcia de Barcelona.

Omnipresentes

Intentar erradicar los disruptores endocrinos de nuestro día a día es misión imposible, porque están en todas partes: desde los plásticos hasta los cosméticos, pasando por los pesticidas, los envases alimentarios, la comida ultraprocesada, los productos de limpieza del hogar, los juguetes, la ropa, el mobiliario. Para terminar de arreglarlo, muchos ni siquiera aparecen identificados en las etiquetas de los productos. “Es muy complicado esquivarlos completamente”, admite la investigadora.

Uno de los lugares donde se encuentran en “altísimas concentraciones” es en las etiquetas térmicas en los alimentos. “Cuando compras en el supermercado una bandeja de pescado, de carne, un trozo de queso o un pepino envueltos en plástico que tienen encima una etiqueta con el precio, de estas etiquetas pasan compuestos con actividad disruptora hormonal en cantidades elevadas a la comida”, advierte Pablo Gago, investigador del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC). Pero es que incluso el hecho de que el alimento esté en contacto con el plástico “no es seguro, porque hay evidencias muy claras de que se transfieren estos químicos”, añade.

De hecho, estudios científicos realizados con grandes muestras de población han mostrado que el 95% de las personas tenemos en el organismo trazas de estos químicos nocivos, que penetran en el cuerpo a través del contacto con la piel, por ingestión o por inhalación. Hasta ahora se han identificado más de 1.000, algunos de los cuales son muy persistentes, como ciertos pesticidas que pueden permanecer en el cuerpo hasta 10 años; otros, como los parabenos o los bisfenoles, en cambio, se excretan por la orina en cuestión de horas.

En general, la mayoría de los niveles de estos disruptores endocrinos en los productos que consumimos son muy bajos. Por eso mismo la venta está permitida. El problema, sin embargo, es que algunos se acumulan. “Durante muchos años hemos estudiado un contaminante cada vez, y esta no es la realidad”, explica Gago, porque –argumenta este científico– “no es un solo compuesto químico el que hará que enfermes, sino la suma de exposiciones prolongadas a múltiples factores”.

“Existe una concepción falsa de que la dosis hace al veneno”, alerta la también investigadora de IDAEA-CSIC Montse Marquès, que señala que el hecho de que no tengan un efecto inmediato complica la percepción de riesgo que tiene la sociedad. Cabe añadir que estar expuesto a ellos no implica que todo el mundo necesariamente enfermará, porque la sensibilidad individual también desempeña un papel importante. “Los estudios en grandes poblaciones muestran que las personas más expuestas durante más tiempo tienen un riesgo más elevado de desarrollar determinadas enfermedades, pero esto no quiere decir que una persona concreta con un determinado nivel de bisfenol A acabará padeciendo diabetes”, matiza Marquès.

¿Qué podemos hacer?

Los expertos coinciden en que hay medidas que pueden ayudar a disminuir la exposición:

  • –Alimentación: priorizar alimentos frescos, no envasados, de proximidad y temporada. Las frutas y verduras que no se pueden pelar, priorizar su consumo ecológico. Lavarlas muy bien antes de consumir para eliminar pesticidas. Reducir al mínimo los ultraprocesados.

  • –Eliminar los plásticos de la cocina: sustituir los recipientes y utensilios de cocina de plástico o silicona por vidrio o acero inoxidable.

  • –Ventilar la casa dos veces al día. Aspirar en lugar de barrer y quitar el polvo con un trapo húmedo.

  • –Limitar el uso de cosméticos innecesarios, especialmente en niños. Optar por opciones sin disruptores hormonales. También los productos de limpieza del hogar deben reducirse; el vinagre de limpieza o el jabón de Marsella son opciones sin tóxicos económicas. Mejor opciones sin perfume, porque a menudo se relaciona con sustancias químicas.

  • –Optar por fibras naturales a la hora de vestir, si es posible ecológicas. Lavar la ropa en la lavadora antes de estrenarla.

  • –Lavarse bien las manos con frecuencia y sobre todo antes de comer.

Los primeros años de vida, una ventana crítica

Los investigadores coinciden en que hay etapas especialmente sensibles, en las que el perjuicio de estos tóxicos es mayor. El embarazo, la primera infancia y la pubertad son los periodos en los que el sistema hormonal dirige el desarrollo de los órganos y cualquier interferencia puede tener consecuencias duraderas. También seguramente las mujeres durante la menopausia, aunque hay de momento poca información.

“Un feto está formando todos sus órganos a una velocidad extraordinaria”, explica Martine Vrijheid, directora del programa de medio ambiente y salud a lo largo de la vida de ISGlobal. En este programa, precisamente, están centrados en estudiar el impacto de las exposiciones durante estos periodos vulnerables. “Si algo altera el proceso de formación y maduración de los órganos y tejidos del niño, los efectos pueden manifestarse muchos años después”, apunta.

En este sentido, Cataluña lidera un proyecto internacional llamado Hypiend que pretende investigar cómo influyen los disruptores endocrinos en la salud de las embarazadas y los niños. El objetivo final es generar conocimiento para poder hacer recomendaciones basadas en la ciencia para reducir la exposición de la población y así mejorar su salud.

Paula Sol Ventura, pediatra endocrina coordinadora de la Unidad de Salud Medioambiental de los hospitales Germans Trias i Pujol (Badalona) y Arnau de Vilanova (Lleida), es su investigadora principal en la parte de pubertad. “Los daños que estos compuestos producen en el sistema hormonal de los niños puede causarles pubertad precoz”, alerta, y añade: “Las pubertades precoces tienen impactos en la salud, se han asociado a mayor riesgo de obesidad, diabetes e incluso limitación de altura de los niños". "Podemos prevenir estas enfermedades futuras –añade–, intentando disminuir la exposición a estas sustancias”, que es exactamente lo que persigue Hypiend.

Otro proyecto que busca entender mejor el impacto de estos compuestos en etapas vulnerables es el liderado por Montse Marquès, del IDAEA-CSIC, que sigue a embarazadas y a sus bebés en el Hospital Joan XXIII en Tarragona. Recogen diferentes muestras biológicas, así como datos clínicos y sociodemográficos, de estilo de vida, dieta, y evalúan las asociaciones entre estas exposiciones durante la gestación. “Estamos dando un primer paso para entender cómo estas sustancias químicas nocivas se distribuyen por el cuerpo y entran en la placenta”, dice Marquès, que recuerda que ya hay estudios hechos con modelos animales que han demostrado que estos tóxicos pueden atravesar la barrera hematoencefálica y penetrar en el cerebro de los fetos y bebés.

Girona, pionera en el estudio del exposoma

“Hasta hace poco, cuando un médico buscaba el origen de una enfermedad, miraba sobre todo dentro del cuerpo: una mutación genética, una infección o una alteración metabólica”, apuntan Alba Tarrés y Angi Vilà, psicóloga y ambientóloga respectivamente, del Observatorio Social, Ambiental y de Salud de Dipsalut, el organismo de salud pública de la Diputación de Girona. Pero, ahora, señalan, “cada vez hay más evidencias de que una parte de la respuesta está fuera: en el aire que respiramos, en los alimentos que comemos, en los productos químicos presentes en envases, cosméticos o ropa, en el ruido o incluso en el barrio donde vivimos”.

Es por eso y con esta mirada nueva sobre la salud que en Girona se ha puesto en marcha un proyecto, el Giroestudio, impulsado por Dipsalut, que seguirá durante al menos diez años a unas 4.000 personas adultas de 18 municipios gerundenses para reconstruir su exposoma, es decir, el conjunto de todas las exposiciones ambientales que acumulan a lo largo de la vida y que, junto con la genética, contribuyen a determinar el estado de salud de la población.

El estudio, pionero en Cataluña, recogerá muestras de sangre, orina, heces, saliva, cabello y uñas, que se conservarán en el Biobanco del Instituto de Investigación Biomédica de Girona (IDIBGI), a la vez que recopilará información sobre los hábitos de vida, la dieta, la calidad del aire, la contaminación de los hogares o las condiciones sociales de los participantes. El objetivo es disponer, por primera vez, de una fotografía precisa del bienestar de la población gerundense que permita orientar políticas públicas y avanzar hacia una salud de precisión.

“Nos basamos en la idea de que el código postal también puede determinar tu salud”, resumen Tarrés y Vilà, impulsoras del proyecto. El Giroestudio quiere averiguar hasta qué punto el entorno en el que vivimos condiciona el riesgo de desarrollar obesidad, diabetes, cáncer o enfermedades cardiovasculares. Y qué papel tienen los disruptores endocrinos.

Treinta años de evidencias y una regulación que siempre llega tarde

Pero si la comunidad científica lleva décadas alertando de los riesgos de algunos disruptores endocrinos, ¿por qué todavía continúan presentes en tantos productos de consumo? Para los investigadores, el bisfenol A es probablemente el mejor ejemplo de la distancia que separa el conocimiento científico de la regulación. Este compuesto, utilizado durante años para fabricar plásticos rígidos y transparentes, recubrimientos interiores de latas y otros envases alimentarios, se consideraba seguro porque había superado los estudios toxicológicos clásicos. Pero a finales de los años noventa empezaron a aparecer las primeras evidencias de que podía actuar como disruptor endocrino.

“Desde entonces, los estudios epidemiológicos no han hecho más que confirmar aquellas primeras sospechas”, explica Pablo Gago, de IDAEA-CSIC. Aun así, no ha sido hasta finales de 2024 que la Unión Europea ha prohibido su uso en materiales en contacto con alimentos, y la industria todavía dispone de un periodo transitorio para adaptarse a ello. Aun así, la regulación de la UE establecía que a partir de este mes de julio se deberían haber dejado de vender en los países europeos envases, envoltorios y recubrimientos, como los de las latas de conserva, que contengan esta sustancia. “Hablamos de casi treinta años entre las primeras evidencias y la prohibición efectiva”, subraya Gago.

Durante este tiempo, sin embargo, las autoridades sanitarias también han ido revisando radicalmente la percepción del riesgo. En 2023, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) redujo en 20.000 veces la ingesta diaria tolerable de bisfenol A. “Es una rebaja enorme, una burrada”, exclama este investigador de IDAEA-CSIC. “Significa que lo que antes se consideraba seguro hoy sabemos que no lo es en absoluto, porque disminuir su presencia 20.000 veces es casi eliminarlo”, remacha.

Sin embargo, la desaparición del bisfenol A no resuelve necesariamente el problema. Muchas empresas lo han sustituido por otros compuestos de la misma familia, como el bisfenol S o el bisfenol F. “Se comercializan productos con la etiqueta ‘libre de BPA’, pero esto no significa que no contengan disruptores endocrinos”, advierte el investigador, para quien es una cuestión de marketing engañoso.

Para Martine Vrijheid, “no tiene sentido prohibir un producto químico cada diez años mientras la industria lo sustituye inmediatamente por otro casi idéntico”, afirma. “Si una familia de compuestos comparte estructura química y mecanismos de acción, la regulación debería ser conjunta”, reclama.

Atención niños: cremas solares con filtro mineral

Montse Marquès del IDAEA-CSIC remarca que para protegerse del sol hay que optar por cremas que no lleven filtros químicos, sino minerales. Los químicos, explica, se ha demostrado que son disruptores endocrinos. “Cuesta más que se extiendan, pero sobre todo en niños es importante que les pongamos estos que no se absorben”, resalta. La ropa, aconseja, mejor si los menores la pueden llevar de algodón orgánico, porque “las fibras sintéticas tienen muchos aditivos para darle el apresto. Las llevamos muchas horas en contacto con la piel y los meses de calor a una temperatura corporal de al menos 36,5ºC. Con el sudor, estos tóxicos migran y entran en la piel. La toxicidad es crónica”.

Este desfase entre evidencia científica y prohibición es consecuencia de que, a diferencia de los medicamentos, que deben demostrar su seguridad antes de llegar al mercado, muchos productos químicos industriales se empezaron a utilizar bajo el principio contrario: se consideraban seguros mientras no se demostrara que podían ser peligrosos. “Hoy hay cientos de miles de sustancias químicas en el mercado y evaluarlas una por una es prácticamente imposible”, recuerda Gago.

También es complicado demostrar que una sustancia provoca una enfermedad concreta, porque nadie desarrolla diabetes, infertilidad o un cáncer tras un contacto puntual con un compuesto químico. Los efectos son crónicos, pueden tardar décadas en manifestarse y conviven con muchos otros factores, como la dieta, el tabaquismo, la genética o la actividad física.

“Trabajando con grandes cohortes podemos aproximarnos a este efecto”, considera Montse Marquès, de IDAEA-CSIC. “Medimos los niveles de los contaminantes, pero también muchas otras variables, como el índice de masa corporal, el nivel socioeconómico o los hábitos de vida. Con herramientas estadísticas podemos ir aislando qué peso tiene cada exposición a cada factor”, añade.

El debate, en los tribunales

El debate, sin embargo, ya no es solo científico. También es político, económico y judicial. El pasado mes de julio, la fiscal general de Nueva York, Letitia James, ha demandado a empresas como 3M y DuPont acusándolas de haber ocultado durante décadas los riesgos de los PFAS, los llamados “químicos eternos”. La demanda sostiene que las compañías continuaron fabricando y comercializando estos compuestos a pesar de conocer los posibles efectos que tenían sobre la salud y el medio ambiente.

Los PFAS se han utilizado durante años porque repelen el agua y la grasa. Se encuentran en sartenes antiadherentes, envases alimentarios, espumas contra incendios, ropa impermeable o algunos cosméticos. El problema es que prácticamente no se degradan, y se acumulan en el medio ambiente, en los animales y también en el cuerpo humano. Diversos estudios los han relacionado con un aumento del riesgo de cáncer, alteraciones metabólicas, infertilidad o problemas del desarrollo.

Pero, entonces, ¿qué podemos hacer? Los investigadores rechazan que toda la responsabilidad recaiga sobre los consumidores. “La gente necesita información, pero no podemos pretender que cada persona tenga que ir interpretando las etiquetas de los productos para proteger su salud. La mejor manera de reducir la exposición es que estos compuestos dejen de formar parte de los productos de consumo”, concluye Vrijheid.

“La responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre el individuo –consideran Gago y Marquès–. Cuando una persona entra en un supermercado, debería poder dar por hecho que todo aquello que compra es seguro”.

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