"Aquí hay un espía de Marruecos": la crisis de la europea Ceuta vista desde Europa
Cincuenta días después, el asalto a la frontera española marca también el inicio del curso político en la Unión Europea
EstrasburgoBromea, o no, una fuente europea: el 30 de julio, el día del asalto a Ceuta, lo primero que tuvieron que hacer muchos asesores comunitarios fue explicar a sus políticos dónde estaba Ceuta. Después, llegaron los escalofríos.
Las imágenes de decenas de miles de personas entrando por la fuerza en España anticipaban una crisis –política, que no migratoria– de proporciones europeas. Se había tocado el talón de Aquiles de las cancillerías comunitarias: la inmigración, gran tabú de Europa. La instrumentalización que de ella haría la extrema derecha, omnipresente en la brújula discursiva del continente, marcaría desde un inicio las frías respuestas de las capitales, y también de Bruselas, mientras desde Madrid se pedía “solidaridad y empatía”.
Había sorpresa y malestar en el gobierno español por la dureza con la que la mayoría de los socios europeos respondieron a la situación de la europea ciudad de Ceuta. Voces próximas a la Moncloa apuntan que les dolió especialmente la carta, liderada por Giorgia Meloni y la socialdemócrata danesa Mette Frederiksen, de 22 países en la que se vinculaba el asalto a la frontera española con las políticas de regularización de extranjeros impulsadas por el ejecutivo socialista. Pedro Sánchez tildó la respuesta de “egoísta, polarizadora e ilegal” y desde el gobierno español se inició un esfuerzo diplomático para “explicar y contextualizar” la crisis de Ceuta a los otros ejecutivos europeos, que le acusaban de no haber calculado bien la magnitud de la crisis.
La estrategia de la Moncloa tenía dos grandes objetivos: por una parte, desmentir que la situación sobre el terreno ponía en riesgo el espacio Schengen y muchas otras de las proclamas alarmistas que se habían lanzado, sobre todo, desde Roma; por otra, hacer notar el vínculo entre la postura de muchos socios con la tesis migratoria de Donald Trump y, por tanto, de la extrema derecha. Esto último, sostenía Madrid, iba frontalmente en contra de los valores europeos que sostienen el proyecto común y mostraba la unidad de la UE en un momento estratégico decisivo.
Con el paso de las semanas, la respuesta europea se ha suavizado y España ha recibido escasos abrazos retóricos, señala Pol Morillas, director del CIDOB. “La frontera de Ceuta es una frontera europea porque Ceuta es España. Ceuta es Europa. Y Europa estará ahí para ustedes”, dijo el miércoles la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en su discurso sobre el estado de la Unión. Pero en política, la primera reacción, la más visceral, suele ser la que cuenta. Y Ceuta sigue siendo un tema muy espinoso en las instituciones europeas.
El jueves, el Parlamento Europeo aprobaba una resolución que responsabilizaba a España de la entrada masiva de migrantes en Ceuta. El texto fue presentado por el PP europeo, con un papel destacadísimo del PP español, que hace campaña en Europa, y sostenido ampliamente por la derecha y la extrema derecha. El movimiento subraya cinco puntos que son resumen de estos 50 días de crisis.Primero: que el asalto a Ceuta ha reafirmado la soledad de España en cuestiones de política migratoria. Segundo: que la retórica de la UE sobre inmigración se endurece a ritmo allegro Meloni. Tercero: que la regularización de migrantes impulsada por el gobierno de Sánchez escoció en diversas capitales europeas. Cuarto: que la política europea responde, sobre todo, a lógicas internas de cada país y partido. Quinto: que el punto cuatro es la peor noticia que puede recibir la UE a las puertas de un otoño difícil, marcada por la guerra híbrida de Moscú y por la imprevisibilidad trumpiana.Rabat no es Moscú
“Claro que es criticable la reacción inicial de Europa”, decía en un encuentro con periodistas españoles Juan Fernando López Aguilar. El eurodiputado socialista reclamaba para Ceuta el mismo énfasis que se pone en condenar los ataques híbridos que sufren los estados bálticos por parte de Rusia. Declaraciones similares ha repetido insistentemente el gobierno español, especialmente su ministro de Exteriores, José Manuel Albares: “Las fronteras terrestres del sur de la UE son tan importantes como las del este, del oeste y del norte y esperamos la misma solidaridad, el mismo apoyo”.
Pero aquí es donde viene la primera gran paradoja, ampliamente comentada estos días por pasillos y salas de Estrasburgo.
Desde el minuto uno, el gobierno español ha señalado a mafias y traficantes de personas por el salto masivo del 30 de julio. Silencio sobre Marruecos. Después, y en un giro torpe de discurso, insinuó también la implicación de Rusia. Silencio sobre Marruecos. La versión oficial de la Moncloa dice que no se tienen pruebas contundentes para señalar a Rabat, pero el famoso informe de la Policía Nacional y la lógica geopolítica hacen casi evidente al menos algún rol del gobierno marroquí en la crisis de Ceuta. En Europa, existe la sensación de que Sánchez, experto en sobrevivir a crisis, ha perdido ahora el relato. Sobre esto, una fuente de la Comisión Europea hace una pregunta interesante: “¿Cómo Europa va a acusar a Marruecos si primero no lo hace España?”.
El contexto de la respuesta ya lo sabemos: Rabat es la kriptonita de España, el actor extranjero que más poder tiene a la hora de generar una crisis en el gobierno español. Por este motivo, Madrid opta, como lo ha hecho siempre, por la diplomacia responsable ante la dependencia de Marruecos a la hora de contener y controlar la inmigración. La Moncloa no tiene previsto ningún giro en la relación de guante blanco con Rabat.
“En Europa, Marruecos también ejerce presión, consciente de la posición privilegiada que tiene en un aspecto clave como es la inmigración…, por eso, a Bruselas ya le va bien no señalar la mano marroquí”, dice otra voz europarlamentaria. Rabat no es Moscú, una diana política de riesgo cero, como recuerda Morillas. Pero ni cuando Sánchez señaló a Rusia, la respuesta desde Bruselas fue contundente. Algunas voces interpretan esto como síntoma de que los últimos movimientos internacionales del presidente español –las críticas a Trump, la cuestión migratoria, el gasto en Defensa– le han hecho perder sintonía con sus homólogos europeos. Ante el discurso de la derecha y la extrema derecha española, que vende a Sánchez como el nuevo Orbán de la UE, una voz relevante del PSOE era contundente esta semana en Estrasburgo: “Se tiene un respeto muy grande aquí por Sánchez y por la forma en que ha gestionado la crisis en Ceuta”.
El debate migratorio por Ceuta ha marcado el inicio de curso político en la UE y marcará las cruciales elecciones españolas del año que viene, que ya se notan en Europa. En otra sala de Estrasburgo, el eurodiputado del PP Javier Zarzalejos maldecía la gestión socialista y decía que es “difícil aspirar a una relación política y comercial con Marruecos”. A su lado, el jefe de la delegación de VOX en la Eurocámara, Jorge Buxader, afilaba su discurso antiinmigración, decía que Sánchez es "un agente de Marruecos" y pedía construir una reja mucho y mucho más alta en la frontera de Ceuta con el territorio marroquí. "Ceuta es ahora un escenario de guerra", decía.
Y bromeando, o no, Buxader decía que los tentáculos de Rabat son tan presentes en España y la Unión Europea que estaba seguro de que "aquí", en aquella sala, había “algún espía de Marruecos”. La veintena de periodistas que compartíamos el espacio nos mirábamos los unos a los otros violentados, incrédulos, intrigados y con cierta vergüenza ajena.