Viene un año muy difícil para Europa
EstrasburgoSi este análisis político sobre la salud de la Unión Europea fuera música, tendría que sonar increscendo (intensidad) con unos cuantos toques de ostinato (tensión) y bastantes momentos de trémolo (suspense).
Instalada en un momento de reformulación existencial desde hace casi cinco años, Europa comienza el curso en Estrasburgo en un contexto de urgencias y después de un verano bastante, bastante, bastante nefasto. Hagamos un repaso rápido de los últimos acontecimientos de impacto político en Bruselas: la intensificación de la guerra híbrida contra los Veintisiete; la anemia económica de Berlín; la crisis migratoria en Ceuta; la desprotección creciente de Ucrania; el fatídico no al referéndum de Islandia; el triunfo histórico de la extrema derecha alemana en Sajonia; el fuera de juego comunitario en la carrera por la inteligencia artificial (IA)… A esto se le debe sumar el gran mal estructural: la irrelevancia estratégica y el desconcierto de Europa ante un mundo que ha virado a agresivo e imprevisible al ritmo accelerando de Donald Trump.
Los pasillos del Parlamento Europeo de Estrasburgo, donde este miércoles Ursula von der Leyen pronunciará el discurso sobre el estado de la UE, trasudan pesimismo –más del habitual– por lo que puede venir. El diagnóstico suena a mantra, pero es realísimo: la política europea comienza un año político especialmente difícil. Y, sorpresa, las cartas para jugarlo son tirando a malas.
“Nos preparamos para un otoño muy caliente con Rusia”, decía el martes el socialista Javi López, vicepresidente del Parlamento Europeo. Proclamas similares resuenan en todas las instituciones europeas después de que, hace unos días, Mark Rutte y la misma Von der Leyen advirtieran de una nueva fase más agresiva de guerra híbrida contra Europa. Las injerencias extranjeras hace años que sacuden las capitales europeas, pero nunca lo habían hecho con la nitidez de ahora. El cambio de chip de la lenta Alemania, que ha señalado por primera vez al Kremlin, augura que Vladímir Putin se ha decidido a poner a prueba el pulso de una OTAN que depende de Trump.
"[En Europa] No estamos en guerra, pero tampoco estamos ya en paz", ha dicho recientemente el canciller Friedrich Merz. Si la frase de Merz, impensable en Berlín no hace tanto, fuera una canción, sería Wake up, de los canadienses Arcade Fire. Wake up, por cierto, es lo que vino a decir otro canadiense, el primer ministro Mark Carney, en el celebradísimo discurso en Davos en el que dio por hecha la ruptura, el fin, del antiguo orden internacional: “La nostalgia no es una estrategia”. Precisamente Carney es el invitado de honor esta semana en Estrasburgo y se prevé que lance un mensaje de alarma similar.
Sobre la guerra híbrida contra Europa, hay que recordar algunas observaciones. Primera: no viene solo de Moscú, otros agentes externos tienen intereses en desestabilizar el proyecto europeo. Segunda: las mal calculadas dependencias de la UE son gasolina para los ataques. Tercera: la división recurrente mostrada es la peor respuesta que pueden presentar los socios comunitarios. Cuarta: el transcurso de la guerra en Ucrania está estrechamente relacionado con el transcurso de la guerra híbrida europea, y viceversa. Quinta: los ataques híbridos tienen múltiples formas que van desde las incursiones de drones hostiles o la desinformación hasta la presión migratoria o las injerencias electorales. La UE ya ha comenzado una campaña para concienciar a la ciudadanía sobre todas estas observaciones.
Detengámonos ahora en el año electoral que nos viene a los europeos. Más música de tensión.
Cuatro grandes países de la Unión Europea celebran comicios el año que viene: Francia, Italia, España y Polonia. En las cuatro capitales, la extrema derecha llega con opciones de gobernar, o de continuar haciéndolo en el caso de Meloni en Roma. Sin restar importancia a las otras tres, es París la ciudad que, de largo, más preocupa: con Le Pen con un 35% en las encuestas y un Macron de salida, una llegada de la extrema derecha al Elíseo sería un golpe casi insalvable para el proyecto europeo. Berlín, el otro motor de la UE, entraría en modo pánico.
Los resultados recientes de la AfD en Sajonia, de hecho, ya han sido un punto de inflexión comunitario. Retornados de las vacaciones, algunos parlamentarios se han encontrado con una estampa que les ha desconcertado: los representantes de la CDU alemana, el partido más grande de Europa y el grupo con más autoconfianza del hemiciclo, denotan dudas y miedo por la ola ultra. No se entiende la sorpresa: hace años que el auge radical es palpable en el mapa europeo, donde la extrema derecha toca gobierno en siete países. En el Parlamento Europeo, el cordón sanitario directamente se ha reventado. Crisis como la de Ceuta, otra interferencia extranjera que ni Madrid ni Bruselas quieren todavía destapar, muestran que la inmigración, convertida en tabú por todas las cancillerías europeas, es el gran trampolín de la derecha más populista y resentida.
Hace un año, en el anterior discurso sobre el estado de la Unión, Von der Leyen, vestida de verde militar, lanzó una pregunta monumental a la cámara: “Europa está en combate y defenderemos hasta el último centímetro cuadrado de nuestro territorio. ¿Pero Europa tiene el coraje de continuar esta lucha? ¿Tenemos la unidad y el sentido de urgencia necesarios? ¿O preferimos pelearnos entre nosotros, paralizados por nuestras divisiones?" Un año después, la pregunta ha perdido épica porque poca cosa ha cambiado en la reacción europea. Y el paisaje, ciertamente, es ahora peor que entonces.
Tiene cierta ironía que una de las canciones preferidas de Von der Leyen sea Wind of Change, de Scorpions. Música feliz. La canción habla de un mundo que está cambiando. El mundo habla de una Europa a la que le cuesta encontrar el camino para adaptarse.