La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ayer en Bruselas antes de la comparecencia.
03/09/2026 - 15:13 h.
Jefe de Internacional
3 min

Hablemos de Ceuta, una frontera europea, punto sensible para todo el conjunto de la Unión Europea. Y aquí viene la primera paradoja: desde el inicio, un acorralado Pedro Sánchez ha insistido en interpretar el salto masivo del 30 de julio como una crisis europea. Sus aliados europeos han hecho precisamente lo contrario: reiterar que, sobre todo, se trata de un asunto interno, una crisis española.

El mediodía del miércoles, en Bruselas, vimos el súmmum de la paradoja, otro duro golpe para el ejecutivo español. Ursula von der Leyen y Mark Rutte, dos voces muy europeas, comparecían de urgencia para hablar de guerra híbrida después de que Berlín, motor de la UE, acusara directamente a Moscú de estar detrás del intento de ataque con drones bomba en el aeropuerto de Leipzig. Los mandatarios de la Comisión y de la OTAN también señalaron a Vladímir Putin, y trasladaron un mensaje de gravedad a la ciudadanía europea: hay que prepararnos para "la dura realidad de que esta es la nueva normalidad". El cambio de tono no es poca cosa. El paisaje que nos rodea a los europeos, tampoco.

Sorprende que durante los diez minutos y medio que Von der Leyen y Rutte destinaron a hablar de esta nueva fase de guerra híbrida más agresiva no se hiciera ninguna referencia a la crisis de la europea de Ceuta. Más allá de las lecturas internas que se puedan hacer en Madrid, desde Europa, el salto masivo del 30 de julio debería entenderse como una injerencia extranjera más, un movimiento profundamente geopolítico. Horas antes, el mismo Sánchez había apuntado torpemente hacia Moscú, un blanco de riesgo cero, mucho más fácil que señalar a Rabat. Rusia, igual que Israel o incluso los Estados Unidos, podrían haber tenido un papel amplificador en la crisis, pero todo hace pensar que fue Marruecos, como ha sido otras veces, el gran facilitador de la llegada de decenas de miles de migrantes a territorio español.

El silencio sobre Ceuta de Rutte y, sobre todo, de Von der Leyen en un discurso dedicado a subrayar las injerencias extranjeras que sufre Europa da fuerza a esta tesis. Y demuestra que el miedo que Madrid tiene de Rabat es compartido por buena parte de las cancillerías de la Unión Europea. Marruecos, uno de los países con más poder de lobby en los pasillos de Bruselas y mejor tratado económicamente por la UE, se aprovecha de la posición de superioridad geoestratégica que Europa le ha facilitado y mantiene a raya el discurso de las capitales europeas. Esto no es nuevo, pero sí que se ha hecho especialmente notorio estos días. Es uno de los muchos peajes a pagar por externalizar las fronteras, una fórmula polémica que podía funcionar hace unos años, pero que, en un mundo tan agresivo como el actual, será cada vez más difícil de sostener. El contexto que nos rodea es nítido: las vulnerabilidades estratégicas se acentúan y las alianzas tradicionales se difuminan.

Se derivan algunas preguntas, de todo esto. ¿El discurso interno de Sánchez habría sido diferente si hubiera sabido que tenía el apoyo de los socios europeos? ¿Bruselas prefiere hacer enfadar a Madrid antes que a Rabat? Señalando a Moscú, ¿Sánchez intentaba a la desesperada una mejor respuesta de los aliados europeos? Solo hay una certeza: que Marruecos se consolida como el gran obstáculo en política exterior de los ocho años de mandato de Pedro Sánchez, y que solo la monarquía alauí es capaz de hacer estremecer con esta intensidad a la Moncloa.

La frialdad europea con el gobierno español durante la crisis de Ceuta es una derrota para Sánchez, pero también para el futuro estratégico del continente: lo primero que se necesita para hacer frente a la creciente guerra híbrida –que no solo viene de Moscú–, es unión y cohesión. Estos dos conceptos mayúsculos son utopía, espejismo, fantasía adolescente. La frialdad de los Veintisiete también es una demostración de que la presión migratoria es el arma más efectiva para conseguir el propósito final de la guerra híbrida: fracturar el proyecto común de la UE. Y que la inmigración sigue siendo el gran tabú y, por lo tanto, el gran miedo de las políticas europeas.

La regularización de inmigrantes impulsada por el ejecutivo socialista, que no tiene nada que ver con el episodio de Ceuta, todavía escuece en muchas cancillerías de la UE. El líder socialista se ha sentido solo en Bruselas, ciudad que había sido refugio y consuelo para él en los últimos espinosos meses en Madrid.

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