Este verano ya ha dejado una serie de tragedias humanas y sobre el paisaje que nos invitan a pensar en las condiciones materiales de nuestra época. Fenómenos termodinámicos y geológicos –como las altas temperaturas que nos obligan a readaptarnos al medio, o la espiral de fuegos por todo el territorio subeuropeo– y dramas sociales como los flujos masivos de migrantes llegados de África –y las reacciones de carácter xenófobo, este verano en Ceuta, el verano pasado en Torre Pacheco– se solapan en espacio y tiempo. Es el tiempo del calor y de la escasez de la Tierra.
Lo escribo en mayúsculas –Tierra– para nombrar aquello que siempre hemos denominado Mundo. En un capítulo del libro ¿Dónde estoy? Una guía para habitar el planeta, “El mundo y la tierra”, el filósofo francés Bruno Latour sutilmente apunta que quizás no sea casual que tierra sea un nombre femenino y que universo (o mundo) sea un nombre masculino. A través de la sinuosidad de la metáfora, para Latour el universo es el resultado provocado por los humanos sobre lo que algún día fue la Tierra. Y cuando Latour habla del resultado de las acciones humanas, se refiere a una historia de las civilizaciones protagonizada en el 99% por hombres.
La Tierra es una realidad incontrolable: agrupa el suelo, el mar y los seres vivos, todos ellos actores en movimiento. Con relación a ella y a su estado actual –al límite–, necesitamos un vínculo menos extractivista y más humilde, menos frívolo y más cuidadoso. No hablamos desde la abstracción, sino escuchando las lecciones tanto de las infernales temperaturas que acaban en fuegos demoledores como de las razones –no solo geopolíticas– de las llegadas masivas de sur a norte de personas migrantes. Podemos pensar que estos fenómenos no tienen nada que ver, pero son diferentes expresiones de la circunstancia que determina nuestro mundo: la condición de límite.
El problema último de nuestra civilización es asumir las condiciones del territorio, los límites de los recursos naturales, la realidad material de la Tierra. Las consecuencias –irreparables, si no hay un cambio de modus operandi– van hacia una destrucción de nuestro paisaje y, al fin, de nuestra forma de vida.
Desde las zonas rurales no podemos negar lo que desde el ritmo irrefrenable de la vida en las ciudades y desde la ceguera del trabajo virtual no vemos. El territorio y el paisaje nos muestran que nuestro problema no es tanto la sostenibilidad como el equilibrio. La sostenibilidad nos aboca a pensar en los recursos del mundo de una forma individual: comer de una manera más respetuosa con la vida animal y la proximidad, usar energías renovables, no contaminar. Desde la ética del yo. El equilibrio, en cambio, requiere elementos en común, relaciones y consensos. El equilibrio es, por ejemplo, aquella forma de vida entre pueblo y ciudad de la cual la memoria familiar –de dos, tres o cuatro generaciones atrás– nos permite aprender.
Más lecciones de la naturaleza. Los incendios que las últimas semanas han quemado Cataluña, parte de Castilla, el País Valenciano y Francia –como en el pasado afectaron Grecia, Portugal y Galicia– nos hablan de una relación no resuelta entre naturaleza y propiedad. Nos llevamos las manos a la cabeza cuando vemos quemar nuestros bosques, pero no afrontamos nuestra parte de responsabilidad en el hecho de que más del 75% de la superficie forestal en Cataluña pertenece a propietarios privados y no a la administración pública.
¿Quién se hace cargo de la naturaleza, pues? Cuando algunos nos alejamos, en el pasado, de nuestros orígenes por motivos laborales o formativos, no éramos conscientes de que, de alguna forma, colaborábamos a abandonar el territorio. Lo cierto es que la sociedad urbanizada de nuestro tiempo es incapaz de sostener las condiciones de equilibrio que la naturaleza y el territorio exigen. No se trata solo de gestión preventiva.
También las temperaturas que nos abrasan y los flujos migratorios que hemos visto a través de Ceuta nos recuerdan las limitaciones materiales de la Tierra. Los kilómetros cuadrados de suelo respecto al mar son cada vez menores y los trabajos manuales son cada vez menos necesarios, mientras que la población del mundo, sobre todo la del Sur Global, continúa creciendo –al revés que el primer mundo europeo, que sigue disminuyendo–. La violencia y la desesperación aparecen cuando el desequilibrio entre vida indigna y esperanza es insoportable: ninguna relación de contigüidad geográfica es tan desigual económicamente como la que une Marruecos y España, de entre 10 y 15 veces menos ingresos por persona en el país africano.
Lo contrario pasa con la temperatura. Europa continúa siendo la región del mundo donde la temperatura crece de manera más pronunciada –el doble que en el resto del mundo– durante las últimas décadas. La concentración de población y de actividad económico-industrial en una región de dimensiones muy reducidas en relación con el mundo entero es la causa.
Europa es ahora mismo la principal víctima de su propia crisis climática. Creadora de los imaginarios más loables –y al mismo tiempo de los más detestables– sobre la condición humana, Europa es materialmente un pequeño reducto al límite de la implosión social y material. Los ciudadanos de este primer mundo necesitamos una nueva humildad en dos direcciones: más empática con nuestra propia tierra y más abierta con el resto del mundo. El gueto no es la solución, porque las dinámicas de movilidad son imparables. Si queremos garantizar calidad en nuestras vidas, tendremos que entender que la Tierra es mucho más grande que lanuestra tierra. Y habitarla de nuevo.