Temed a la muerte por agua

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Lluvias en Sant Adrià de Besòs.
04/10/2026 - 18:32 h
Escritor

La naturaleza humana es reactiva: se encoge ante el anuncio del peligro, y saca pecho, fanfarronea y se descuida cuando el peligro ha pasado sin causar grandes estragos. Este fin de semana era curioso ver, en las redes, que los que más aprensión mostraban ante los avisos por la anomalía climática que llegaba a Cataluña –minihuracán, medicán o huracán mediterráneo: todas las denominaciones son más bien feítas– después se reían de la alarma una vez había pasado lo peor, o lo parecía.

El amedrentamiento y la fanfarronería son los dos reversos de una misma actitud. El mundo (la sociedad, el país, Occidente: llamadlo como queráis) se enfrenta a dos emergencias, la climática y la democrática. El medio ambiente y la democracia están en peligro. O si lo preferís: la pervivencia de la especie humana dentro de la naturaleza, y la manera más racional y menos injusta que hemos encontrado de organizar esta pervivencia, están en peligro porque muchos han empezado a dejar de creer en ellas. En la pervivencia y en la organización. En lugar de eso, han decidido confiarlo todo al dinero, una convención inventada con el propósito de intercambiar productos, mercancías, bienes de consumo. Con el dinero, sin embargo, construyen patrias y discursos patrióticos para hacer culpables a los pobres de los males que afligen a la patria. Un círculo nada virtuoso.

Los negacionistas del cambio climático son los negacionistas de la democracia, y naturalmente no es casualidad. Son los acobardados cuando vienen los nubarrones negros al cielo que después salen a hacerse los gallitos cuando ya han caído las tormentas y “solo” han muerto uno o dos ancianos (que, naturalmente, no son de su ilustre linaje). Son, también, los que dicen que una hegemonía de PP y Vox en España, o una de Aliança Catalana en Cataluña, no serán peores que la fustigada y menospreciada socialdemocracia. No son la tropa rasa de la extrema derecha, sino los “intelectuales” que corren a blanquearla, unos por cinismo, otros por cálculo, otros por resentimiento, todavía otros por ineptitud pura y simple. Uno se hace el sueco, el otro establece comparaciones absurdas, el de más allá hace directamente una defensa de los políticos racistas, más o menos disimulada, pero defensa al fin y al cabo. Van creando un ambiente cargado y malencarado, una sopa espesa con regusto a rancio.

Como siempre que se amontonan los nubarrones, hay quien piensa que todavía sacará provecho de la tormenta. Otros están ya tan maleados y podridos que desean que al menos se fastidie todo el mundo. En una red social, me alegra leer a Marina Rossell que cita a Hannah Arendt: “La muerte de la empatía humana es uno de los primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la barbarie”. De aplicación para los que tratan a los inmigrantes de invasores o de colonos, para los que se ríen de desahuciados o fuerzan un gesto agrio ante los pobres que les desbaratan el proyecto patriótico. Sobre todos, pende la emergencia climática. Lo leemos en The Waste Land, el poema de Eliot: “[...] Temed la muerte por agua. / Veo multitudes de gente caminando en círculos”.

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