Mujeres que pasan de los cincuenta
En la magnífica novela Instrucciones para vivir sin ella, de Empar Moliner, el narrador que explica la historia de Claudia Pruna pone en contraste la poca energía de su marido con la productividad de Pruna: “Quizás esta es la verdadera diferencia entre hombres y mujeres. Las mujeres, pasados los cincuenta, quieren hacer un montón de cosas. Tienen energía, ríen, se mean de risa. Los hombres la pierden toda y algunos ya no ríen nunca más. Es como un trasvase”.
Dando el salto de la ficción a una realidad más prosaica, la observación se ajusta a lo que vemos en clubes de lectura, presentaciones de libros, conferencias de los temas más diversos, aulas de extensión universitaria, encuentros de suscriptores, cursos de todo tipo y talleres de cualquier cosa. De escritura creativa, de idiomas, de fotografía, de cerámica, de pintura, de grafología, de diseño de joyas o de tarot. Las mujeres son la inmensa mayoría. También ocupando las butacas de los teatros y cines, sobre todo si hacen un diálogo con los actores o cinefórum al final de la película. En grupos de debate, cafés filosóficos y retiros espirituales. En las caminatas matinales y salidas de marcha nórdica promovidas por los centros excursionistas. En spinning, zumba, body pump o body combat. En las piscinas, a la hora del aquagym, y estirando los resortes del reformer en los centros de pilates. En las sesiones de biodanza, de movimiento consciente, de taichí o de chikung. En las clases de hot yoga, bikram yoga, barre, telas aéreas, gyrotonic, body balance o sound healing. En corales de góspel y en los espacios de voluntariado.
Diversos estudios europeos sobre envejecimiento muestran que las mujeres de más de cincuenta años presentan niveles más elevados de participación en actividades sociales, culturales y educativas que los hombres. Se interpreta a menudo como resultado de trayectorias vitales muy diferenciadas: después de la acumulación de los roles de cuidado, las mujeres pueden experimentar una liberación que supone una necesidad de reapropiarse de su tiempo. Muchos hombres, en cambio, han consolidado unas rutinas y no necesitan nada más. Expertas en gerontología destacan que el envejecimiento femenino puede devenir un momento de redefinición personal, expansión y autonomía. Es como si las mujeres llegaran tarde a su propia vida y esta energía que emerge fuera fruto de una inercia acumulada a lo largo de los años, de una aspiración que por fin puede hacerse realidad. Es el momento de aprender todo aquello que sentían que les quedaba pendiente, de probar lo que les despertaba curiosidad o, sencillamente, de aprovechar el tiempo que les queda. El año 1943, el psicólogo Abraham Maslow propuso una jerarquía de las necesidades humanas. En la cumbre de la pirámide situó la etapa de la autorrealización, que a menudo coincide con un momento de cierta madurez y teóricamente se llega cuando todos los niveles anteriores se han completado. Es un período que se caracteriza por una motivación de crecimiento personal, de necesidad de ser. Por supuesto, con los años, esta teoría ha recibido críticas y se le han hecho enmiendas por diferentes sesgos, sobre todo de género. Pero esta etapa de autoactualización que describió se ha observado que tiene una incidencia mayor en las mujeres. No obstante, más allá de lo que digan los estudios, es una cuestión empírica. Mientras tanto, el marketing y la inestimable presión de las redes sociales continúan interpelando a las mujeres de más de cincuenta años como un grupo preocupado por las arrugas, la tripa o el peso al que endosarles suplementos, cremas, ungüentos e inyecciones. Pero se menosprecia su potencial intelectual y colaborativo. La administración, las instituciones y las empresas no tienen en consideración todo el activo cultural, económico, social y dinamizador de todas estas mujeres de más de cincuenta años, que son muchas y, como se dice en la novela, quieren hacer un montón de cosas.