Los reformatorios del franquismo: "Mi crimen fue fumar y llevar minifalda"
Cuatro mujeres que fueron internadas en los centros del Patronato de Protección a la Mujer relatan el calvario que vivieron
Barcelona"Alabado sea el santísimo sacramento", soltaba la monja de buena mañana de forma bien sonora en medio del dormitorio. Y ellas, medio dormidas en la cama y con los ojos aún pegados por las legañas, contestaban al unísono de forma mecánica: "Sea para siempre bendito y alabado". Las monjas las despertaban así día tras día. Maria Forns lo recuerda a la perfección, a pesar de que hace más de medio siglo que la recluyeron allí a la fuerza. Tenía 16 años.
A Mariona Roca Tort la encerraron con diecisiete. Las monjas la arrastraron por las escaleras del convento para obligarla a entrar e incluso le administraron un calmante para que dejara de gritar.
Isabel Gallego Soler, en cambio, entró por su propio pie con 20 años, porque estaba embarazada de seis meses, y no tenía ni marido, ni trabajo, ni dónde ir. Después se arrepintió. Casi pierde a su hija y la presionaron para que la diera en adopción.
En cambio, el delito de Pilar Dasí fue llevar minifalda, fumar por la calle y que le gustaran los Rolling Stones.
Todas fueron internadas en centros del denominado Patronato de Protección a la Mujer, una institución franquista que dependía del entonces ministerio de Justicia y que tenía como principal objetivo poner en vereda a chicas supuestamente descarriadas: o sea, aquellas que no seguían los cánones de la época de aspirar a ser una buena esposa, madre y ama de casa.
La investigadora Pilar Iglesias, autora del libro Políticas de represión y punición de las mujeres: las Lavanderías de la Magdalena de Irlanda y el Patronato de Protección en la Mujer de España, aclara que la práctica de recluir a las mujeres para que no se desviaran no es exclusiva ni del franquismo ni de España: “Desde mediados del siglo XVI han existido en el mundo católico conventos para supuestamente proteger a las mujeres, donde se las encerraba por motivos morales o sexuales”.
Los centros del Patronato de Protección a la Mujer existieron desde 1941 hasta bien entrada la democracia: el 1 de agosto de 1985 se decretó su cierre. Todos estaban dirigidos por órdenes religiosas, que la manera que tenían de redimir a las descarriadas era obligarlas a rezar, fregar, lavar y coser. Todo en un régimen carcelario, en el que los padres a menudo perdían la patria potestad de sus hijas.
Allí fueron a parar chicas de 16 a 23 años, porque hasta 1943 la mayoría de edad de las mujeres en España era a los 23 años. “Después se redujo a los veintiuno, pero una hija no podía independizarse de la casa de sus padres si era menor de veinticinco”, detalla Iglesias. Según dice, el perfil de las jóvenes que pasaron por esos centros fue variando a lo largo de las décadas: desde chicas de familias muy pobres, a prostitutas, madres solteras, jóvenes violadas o simplemente chicas díscolas, que llegaban tarde a casa, tenían novio o participaban en actividades clandestinas contra el régimen. O sea, aquellas que se consideraba que estaban en “peligro moral”, que podían mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Muchas veces sus propios padres eran quienes las denunciaban.
Pilar Iglesias calcula que unas 50.000 chicas fueron internadas en los centros del patronato, aunque es difícil saber la cifra exacta porque no se ha hecho ninguna investigación exhaustiva, ni se ha accedido a los archivos de la mayoría de las congregaciones religiosas, ni muchas de esas mujeres quieren remover ahora el pasado y aún menos dar la cara. Maria, Mariona, Isabel y Pilar son una excepción. Ellas precisamente lo que pretenden es acabar con el estigma, con la etiqueta de que eran “malas mujeres”. En realidad solo fueron avanzadas para su época. En agosto constituyeron la asociación Contra el Olvido.
Maria Forns tiene 69 años y reconoce que se saltaba clases en el instituto cuando era adolescente, que a veces no llegaba a casa a la hora que le decían sus padres y que leía libros pocos ortodoxos para la época. Y que todo esto conmocionó a su familia, que vivía en una casa de payés en Les Franqueses del Vallès. El cura del pueblo recomendó a sus padres que la encerraran durante dos meses en casa, cosa que hicieron. Y después de que la internaran en un centro del Patronato. "El cura escribió una carta dirigida a la superiora de un convento solicitando una plaza para la hija de unos feligreses", explica. Dos días antes de ingresar, el párroco entró en su habitación y la manoseó para, según dijo, comprobar que era virgen. "Era la autoridad y tenía entrada franca en casa de mis padres", lamenta Maria, a quien aquel episodio conmocionó tanto que no recuerda qué día exacto fue internada en el convento. Sólo sabe que tenía 16 años y que ese día sus padres le dijeron que se pusiera falda, porque siempre vestía pantalones, y que preparara la maleta para irse de casa.
La llevaron a un convento de la congregación de las Hermanas Adoratrices situado en la esquina de las calles Consell de Cent y Casanova de Barcelona. En la actualidad, hay allí una escuela de la misma congregación. Y meses después la trasladaron a un centro de Sant Just Desvern. “Recuerdo el dormitorio. Había veinte camas. En un lado estaban los armarios y en el otro unas ventanas altas. Y al final de la sala había el dormitorio de la monja que nos vigilaba”, describe. Su rutina diaria consistía en levantarse bien temprano, ir a misa, desayunar, fregar el suelo del convento de rodillas, trabajar en un taller haciendo peluches, y rezar, rezar y rezar: el Ángelus, el rosario y todo lo que hiciera falta. No les permitían salir nunca. Estuvo encerrada once meses.
El pelo rapado
“Nos amenazaban con raparnos el pelo si no seguíamos las normas. Al principio no me lo creí hasta que le raparon la cabeza a una compañera”, detalla. Otra amenaza era meterlas en una celda de aislamiento. A ella la encerraron durante varios días porque intentó escaparse del centro. “Lo agradecí, porque al menos allí tenía una cierta intimidad, no estaba todo el tiempo vigilada – afirma-. Lo más duro era la sensación de sentirte aplastada y no poder hacer nada para evitarlo”. La experiencia le ha marcado para siempre. En la muñeca aún lleva un nomeolvides dorado que le regaló una compañera del convento que no ha vuelto a ver en la vida. Se llamaba Mercè Domènech.
A Mariona Roca Tort, estar interna también le ha dejado una huella imborrable. "La gente no puede llegar a entender lo que representó estar ahí", lamenta. Algunos de sus hermanos le han recriminado que remueva ahora el pasado.
A Mariona la internaron en 1969, cuando tenía 17 años. En la actualidad tiene setenta y tres. De adolescente no formaba parte de ningún partido político, pero sí que participaba en el sindicato de estudiantes del instituto y una de sus compañeras fue detenida el 1 de mayo de aquel 1969. Aquello fue el detonante, asegura, para que sus padres no la dejaran salir de casa o que la acribillaran a preguntas cada vez que lo hacía: dónde vas, con quién, por qué…
El verano de aquel año, aprovechando que su familia se había ido de veraneo y ella se había quedado en Barcelona trabajando, se escapó de casa y se fue a Menorca con unas amigas. Lo que nunca hubiera imaginado es que sus propios padres la denunciaran a la policía. “Me detuvieron en el puerto de Maó. Fue un shock”, admite. Desde allí la trasladaron en barco a Barcelona, y la encerraron en un convento: primero en la capital catalana, y después en Madrid. En concreto en el convento que el dictador Franco regaló a la congregación de las Hermanas Adoratrices en la calle madrileña del Padre Damián, y que se convirtió en la principal sede de estas religiosas durante décadas. El edificio fue demolido en 1991.
A Mariona lo que le impactó más mientras estuvo allí fue el silencio. Un silencio absoluto que llenaba los pasillos y las estancias de aquel convento inmenso. Silencio cuando rezaban, silencio cuando fregaban, silencio cuando cosían. Siempre silencio. “Una monja leía lecturas en voz alta mientras trabajábamos en el taller de confección para que no pudiéramos hablar entre nosotras. Y si veían que tenías buena relación con alguna compañera, te separaban para que tampoco hablaras con ella”. Y silencio también exterior: el mutismo que ha existido durante décadas sobre todo lo ocurrido en los centros del Patronato de Protección a la Mujer.
Mariona estuvo interna durante nueve meses. Sus padres, que a diferencia de otros no perdieron la custodia, la sacaron porque empezó a adelgazar en exceso. “No hice ninguna huelga de hambre, pero dejé de comer”, aclara. El expediente sobre su caso dice literalmente que mostraba “tristeza”. Como continuó perdiendo peso y más peso, sus padres la ingresaron entonces en un psiquiátrico, también en Madrid. Algo muy típico en la época: las mujeres que se salían de los cánones eran tomadas por locas. La administración de psicofármacos también fue habitual en los centros del patronato. A Mariona incluso le aplicaron electro shocks. "Acabé muy mal y culpabilizándome de todo lo que había hecho".
Isabel Gallego Soler tiene 65 años, es de un pueblo de Granada, pero hace una década que vive en Sant Joan de les Abadesses. Ella, a diferencia de otras mujeres, fue voluntariamente a uno de los centros del patronato, el de Nuestra Señora de la Almudena, más conocido como maternidad de Peñagrande por el barrio madrileño en el que se encontraba y porque allí iban a parar sobre todo jóvenes embarazadas y madres solteras. Lo dirigían las Cruzadas Evangélicas y uno de los ginecólogos que asistía los partos era el doctor Eduardo Vela, que se ha demostrado que estuvo implicado en los casos de bebés robados de la dictadura.
Isabel se quedó embarazada a los 19 años de un hombre casado que, como era de esperar entonces, no quiso hacerse cargo de la criatura. Durante un tiempo trabajó como interna en una casa, pero la despidieron en cuanto se notó que estaba embarazada. No le quedó más remedio que pedir amparo a las monjas, porque su madre había huido del hogar familiar por los malos tratos de su padre y no tenía contacto con ella. Isabel ingresó en Peñagrande el 13 de enero de 1981.
Asegura que inicialmente la trataron bien, porque ni fumaba, ni bebía, había estudiado formación profesional y era trabajadora. Es decir, su único desliz había sido quedarse embarazada. “Me dieron un dormitorio en el que solo éramos dos personas, me ofrecieron un trabajo remunerado en la cocina, y me dejaban salir de paseo los domingos por la tarde”. Los problemas, sin embargo, llegaron en el momento del parto.
Isabel dice que estuvo 48 horas de parto y que nadie la atendió hasta que casi pierde la vida. “Sacaron a mi hija con fórceps, y le dañaron la columna, los hombros y la cadera”. Y después tuvo que aguantar a las monjas que cada día le insistían que diera a la niña en adopción a una familia con dinero, porque estaría mejor que con ella. “Soy una superviviente y no he dejado de luchar para que se haga justicia”.
Pilar Dasí, de 73 años, también se considera una superviviente. Su caso es un tanto atípico. Estuvo interna unos cuatro meses y le dejaron regresar a casa porque el abogado penalista Alberto García Esteve amenazó con poner una querella penal contra el patronato por haber retirado la custodia a sus padres.
“Iba con minifalda, fumaba, iba al cine, leía mucho, y mis padres me decían que regresara a una hora y yo llegaba más tarde. Ese fue mi crimen”, resume Pilar, que deduce que su madre le explicó todo eso a una prima de Madrid, que a su vez movió hilos para que la internaran. “Mi madre firmó el consentimiento sin ser muy consciente de la transcendencia de lo que hacía”.
Poco después, el 9 de octubre de 1970, la policía detuvo a Pilar en la empresa donde trabajaba como secretaria de dirección y la llevó al convento de María Sacramento, en Valencia, que en la actualidad continúa parte en pie. Después la encerró en otro convento de la misma ciudad. Tenía solo 18 años.
“No sabía por qué me habían denunciado, ni por qué estaba allí. Si preguntaba por mis padres, me decían que mis padres no tenían nada que decir”. A lo sumo las monjas le contestaban que estaba allí por “moderna”. Sus padres fueron al convento a reclamar que les devolvieran a su hija, pero les dijeron que habían perdido la patria potestad. “Mi familia era de izquierdas y tenía mucho miedo a la derecha, así que no insistieron más”.
La Conferencia Española de Religiosos (CONFER) pidió perdón el pasado 9 de junio en un acto en Madrid por lo ocurrido en los centros del patronato. El evento se preparó de forma minuciosa durante todo un año para nada se saliera del guion, para que no hubiera sorpresas. Sin embargo, el acto terminó de una forma totalmente imprevista: buena parte del público se puso en pie de forma espontánea para gritar "Verdad, justicia y reparación. ¡Ni olvido, ni perdón!". Eso es lo que quieren las mujeres que fueron encerradas contra su voluntad en los reformatorios del franquismo. Como primer paso, reclaman que la ley de memoria democrática aprobada por el gobierno español en el 2022 las reconozca de una vez como víctimas de la dictadura.