¿Por qué Ryan Gosling y Eva Mendes debían esconderse de las cámaras?
La semana pasada, el actor Ryan Gosling, célebre por su papel como Ken de la Barbie, fue de invitado a The Tonight Show con Jimmy Fallon para promocionar su nueva película. La entrevista se detuvo cuando Gosling comentó que justo ese día era el cumpleaños de su mujer y que estaba allí en los estudios de televisión. El presentador y el actor quisieron dar una sorpresa a la actriz Eva Mendes, que esperaba discretamente a su marido en la sala de invitados. Un asistente la llevó hasta el plató y sacaron una banda de música para que le tocara el Happy birthday con toda la fanfarria. Eva Mendes, que desde que se casó con Gosling ya no participa en proyectos cinematográficos, se mostró muy agradecida y cariñosa con su compañero. Al día siguiente, los medios de comunicación estadounidenses se apresuraron a recuperar la imagen y anunciaron en titulares algo que les parecía insólito: hacía más de diez años que la pareja no aparecía junta públicamente, ni siquiera en los eventos de alfombra roja. Por supuesto, preservar la privacidad de la familia y de las dos hijas que tienen en común debe ser un motivo importante para tomar esta decisión. Es una forma de intentar proteger al máximo el matrimonio y las criaturas de las maldades de la fama. Pero Hollywood, por más Barbies feministas que haga, no ha cambiado tanto. A la industria cinematográfica le gusta mucho gestionar el deseo del público. Al fin y al cabo, es un sector que vive de las ilusiones y la capacidad de fascinar. Los grandes seductores siempre han tenido que parecer disponibles para el público, aunque sea de forma simbólica. No es que tenga que esconderse la biografía real, pero prefieren no proyectar sobre los grandes sex symbols las responsabilidades emocionales y afectivas de un padre de familia comprometido con las rutinas domésticas.
Un caso parecido es el de Daniel Craig, el actor que durante más tiempo ha interpretado a James Bond. Entre 2006 y 2021 mantuvo el papel del agente 007 que le obligaba por contrato a mostrarse con unos estándares de elegancia, masculinidad y seducción propios de su personaje. En 2011 se casó con la actriz Rachel Weisz y, aunque ambos son dos figuras muy conocidas, la pareja procuró limitar las apariciones conjuntas en grandes eventos mediáticos.
El Hollywood más clásico funcionaba igual: cuando Clark Gable se casó con Carole Lombard los estudios intentaron gestionar el matrimonio con mucha discreción para mantener las fantasías del público y no provocar que el gran seductor pareciera a un marido domesticado. Cary Grant se casó hasta cinco veces, pero sus esposas rara vez formaban parte del espectáculo. Pareció el eterno soltero. Asimismo, agentes y estudios han fabricado asuntos sentimentales entre estrellas para potenciar una determinada imagen. Hace años, incluso se falseaban reportajes domésticos, entrevistas y biografías a medida para construir los ídolos perfectos que se necesitaban en cada momento.
Pero hoy seguramente no hace falta tanta comedia y el modelo Gosling-Mendes, que ha provocado tantos titulares por la aparición conjunta, no es tan excepcional. Vivimos en una época en la que las parejas reclaman espacios propios, aficiones independientes e identidades no fusionadas. Vivir públicamente por separado se ha convertido en un ideal contemporáneo. La consigna no consiste en esconderse. La gracia es que cada uno pueda existir por sí solo incluso cuando más se aman.