Analizamos la obra del quinteto de Nueva York, que revolucionó el circuito rock de principios de siglo, y que vuelve a Barcelona para presentar su enésima reinvención: ‘Reality Awaits’
BarcelonaEl 13 de noviembre de 2003, la revista Rolling Stone publicaba su número 935. En la portada, The Strokes, que lanzaban su segundo disco, Room on fire. El periodista musical Neil Strauss se encargó de la entrevista principal a Julian Casablancas, cara visible, y bonita, de la banda neoyorquina. Solo hacía un año y medio que el grupo había explotado. Eran los herederos avanzados de la escena local de los setenta, concentrada en el mítico local de conciertos CBGB, del East Village, y de bandas como Television. The Strokes eran la mejor realidad de la nueva ola: habían publicado un álbum majestuoso, Is this it, y centraban todas las miradas. Todo iba bien. O eso parecía, porque Strauss, que años después publicó la entrevista completa con el cantante en el libro Todos te quieren cuando estás muerto (Contra, 2012), se encontró delante de alguien decadente, exhausto, errático y visiblemente afectado por el consumo de alcohol. El periodista calificó el encuentro como "La peor entrevista de todos los tiempos".
Las cosas no iban tan bien como podía parecer: no se sabía que los Strokes eran un grupo en descomposición, un punto al cual se han acercado peligrosamente varias veces el último cuarto de siglo. Pero se rehicieron, siempre se han rehecho, y con la perspectiva del tiempo se ha demostrado que posiblemente una de sus grandes virtudes haya sido, precisamente, la de sobrevivir, seguir y persistir. Incluso en los peores momentos.
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La banda neoyorquina The Strokes, una de las de mayor repercusión internacional, en una imagen de 2006.EFE
Aun así, debe haber algo más, porque en octubre de 2026, casi un cuarto de siglo después, siguen en pie, encabezando grandes festivales y con una trayectoria que, si bien no ha sido inmaculada, los ha consolidado como una de las grandes bandas de rock de siempre. En este caso, como sucede con tantos grupos de su tamaño, las canciones hablan por sí solas. Y no solo: también su capacidad, casi innata, para saber qué tendencias abrazar y hacia dónde debía ir la banda cada vez que entraban al estudio ha sido clave. Acertando, también fallando, pero siempre apuntando con precisión. Por eso, hoy en día todavía conectan tan bien con la gente joven y hace pertinente esta pregunta: ¿son los Strokes la banda de rock más intergeneracional, y quizás la más grande, del siglo XXI? Hablemos de ello.
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Un inicio fulgurante
El 30 de julio de 2001 el mundo descubrió a The Strokes, formados por Julian Casablancas, Nikolai Fraiture, Albert Hammond, Jr., Fabrizio Moretti y Nick Valensi. Es la fecha de publicación de su disco de debut, un álbum que enseguida se alzó como la gran salvación del rock. No era una misión genuina: parece que el rock tenga que irse salvando de vez en cuando. El caso es que la prensa especializada se agarró a este disco como la gran esperanza del buen gusto frente a modas tan poco estimulantes como la del nu metal, que entonces dominaba las listas. Is this it es un disco que pasa como una exhalación, un estruendo de treinta minutos de melodías tan pegadizas como una garrapata. Un disco elegante, pero que ensucia, energético, y a la vez, desganado. Pero sobre todo, es un catálogo de canciones incuestionable: Someday, Hard to explain, New York City Cops y, por encima de todas, Last Nite, un himno memorable y generacional, una de aquellas canciones que sobreviven a todo y a todos. Todo ello era una mezcla de Velvet Underground, Television, Blondie, los Ramones... toda la esencia de Nueva York estaba en aquel disco.
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Fans de la música y asistentes al festival, llenos de entusiasmo y energía, disfrutando de cada segundo del concierto en directo de la banda The Strokes en el Primavera Sound 2015, en Barcelona.Christian Hjorth / Europa Press
La prensa los elevó a la categoría de estrella en un abrir y cerrar de ojos. Antes que en los Estados Unidos, triunfaron en Inglaterra: el NME puntuó Is this it con un rotundo 10 sobre 10, y lo definió como "una de las mejores llamadas a las armas del rock de siempre". En The Guardian afinaron todavía más con el vaticinio: "Tienen aspecto de estrellas del rock, hablan como estrellas del rock y actúan como estrellas del rock”. Y sí, eran exactamente eso: estrellas del rock a escala planetaria. Ayudaba su estética: jóvenes de entre 20 y 23 años redefiniendo la moda del rock del momento y recuperando el espíritu del downtown de los años gloriosos de Manhattan.
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Pero antes de seguir: ¿de dónde habían salido estos tipos? Dicho de forma torpe, eran literalmente cinco pijos de Nueva York con ínfulas. Eso de ser desarrapados y perdedores, como en los setenta, era cosa del pasado. Todos eran de buena familia, venían de entornos de la alta sociedad, hijos de gente con montañas de dinero: herederos de comerciantes de arte, de hombres de negocios o, incluso, de un compositor de superexitos para gente como Whitney Houston o Julio Iglesias.
Después de estar dieciocho meses de gira mundial, pasando por Norteamérica, Europa, Japón y Australia, y hacer más de 150 conciertos, estaban completamente saturados: “Estábamos hechos polvo. Cuando por fin acabó la gira no queríamos ni vernos”, explicaba Hammond Jr.. Pero, ay, la rueda de la industria no se detiene por nadie: en un momento en que volvía a sonar rock en la radio, con ellos y otros ilustres como The White Stripes, The Hives o The Libertines, había que aprovechar el impulso. La discográfica, RCA, forzó la máquina, y de ahí a la publicación, solo dos años después, de su segundo elepé, atropellado y con toda la presión del mundo.
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The Strokes entre bastidores en el Tower Theater de Filadelfia, el 10 de octubre de 2003. De izquierda a derecha: Albert Hammond Jr., Fabrizio Moretti, Nick Valensi, Julian Casablancas y Nikolai Fraiture.TONY CENICOLA / New York Times / Europa Press
Pero, sorpresa, Room on Fire continuó sonando fresco, moderno e incontestable: habían evitado la típica caída del segundo álbum después de un debut de éxito y habían añadido nuevos clásicos instantáneos, como 12:51, What ever happened o, por supuesto, Reptilia. Con esta canción los descubrió Joan Delgado, batería de Cala Vento, cuando solo tenía trece años. “En aquel momento este tipo de grupos no llegaban a un chico de Torroella de Montgrí, pero de repente me saltaron en YouTube y se abrió un nuevo mundo”, explica. Desde entonces los ha seguido religiosamente.
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El tridente mágico inicial lo completó First Impressions of Earth, en 2006, un trabajo que quizás bajaba un par de escalones el nivel de los dos primeros, pero todavía mostraba una banda en forma y capaz de fabricar hits indiscutibles. Con uno, You Only Live Once se hicieron virales antes de que existiera este concepto, y llegaron a una generación que todavía no los había descubierto y que se tomaba el mensaje y el acrónimo de esta canción (YOLO) como un mantra de existencialismo pop.
Pero la gallina de los huevos de oro dijo basta. Hasta aquí. Eran uno de los tres o cuatro grupos más grandes del mundo, pero no se podían exprimir con esa intensidad. El ambiente era insostenible, con una mochila acumulando peso desde 2001. Además, hay que sumar las tensiones por el control creativo y el abuso de sustancias, todo ello detonantes que les llevaron a tomarse una pausa indefinida. Habían vivido demasiado rápido, demasiado al límite. Después de seis años, la magia había acabado, como mínimo de momento. Entonces empezaron sus proyectos paralelos, algunos que han dejado continuidad y buenos discos, como The Voidz, el proyecto caótico, distópico y desordenado de Julian Casablancas o los álbumes pop de Albert Hammond Jr., siempre buenos y solventes.
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Muerte y resurrección
Demos un salto temporal hasta el 29 de mayo de 2015. Los años, y la mala vida, han pasado factura a Julian Casablancas. Mantiene intacto el carisma, pero el tiempo que lleva siendo una estrella pop, con todo lo que eso implica, sumado a sus problemas de adicciones, pesan. Está actuando con The Voidz, en la explanada del Fórum de las Culturas de Barcelona. Es atardecer y suena una versión totalmente volada de Vision of Division, del segundo disco de los Strokes. Parece, incluso, que a Casablancas le cueste mantenerse en pie. De entre el público, alguien graba con su teléfono móvil y capta la cara totalmente atónita ante el dantesco espectáculo de su compañero, Albert Hammond Jr..
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Podría parecer la estampa de un grupo en destrucción. Pero no. Tras un parón de seis años, los neoyorquinos volvieron a hacer un par de discos juntos. La segunda etapa de la banda contó con Angles e Comedown Machine, dos álbumes dispersos, desordenados, hasta cierto punto exóticos. Con algún punto de genialidad (Under Cover Of Darkness, Machu Picchu, All The Time) pero irregulares y, en general, fallidos.
The Strokes en el escenario principal durante el Tempelhof Sounds 2022 en el antiguo recinto del aeropuerto de Tempelhof, en Berlín.Daniel Lakomski / Imago / Europa Press
Y llegados a este punto, la gran pregunta es: ¿por qué siguen siendo importantes más allá de la nostalgia? Por su apuesta inseparable por darle cada vez una vuelta más a su sonido. The Strokes podrían haber hecho el mismo disco toda la vida, pero han preferido que su ambición artística supere a la monetaria. E incluso así, no solo han mantenido la popularidad, siendo cabezas de cartel en Coachella o el Primavera Sound, dos de los festivales más prestigiosos del mundo, sino que han conectado como ninguna otra banda de su generación –por ejemplo, los Arctic Monkeys– con el público joven.
A lo largo de 25 años han sido erráticos a veces, pero siempre han mantenido bien arriba tres factores importantísimos en el mundo del pop: el aura, tan de moda hoy en día, la voluntad inquieta de cambio constante y la capacidad innata de crear melodías infecciosas. Y el mejor ejemplo fue The new abnormal, el disco de 2020 después de otro largo parón. Tuvieron la pretensión de continuar haciendo música de masas, sin negarse a evolucionar con las técnicas del momento y sabiendo mirar el contexto con perspectiva. "Conseguir hacer su mejor disco después de tantos años no está al alcance de prácticamente nadie, y les ha pasado a los Strokes", explica Joan Delgado, de Cala Vento. Para él, The New Abnormal "incluso superó a sus primeros discos", y lo que es seguro es que consiguió gustar a toda una nueva camada: "A los jóvenes ya no les importaReptilia o Last nite, pero sí The Adults are talking. Han conseguido volver a conectar", asegura el batería respecto a uno de los éxitos del disco. Esto no lo puede decir nadie de su hornada: ni Arctic Monkeys, ni Muse, ni The Killers... ninguna gran banda de masas de este estilo ha conseguido mantener una conexión con las nuevas generaciones como lo han hecho ellos, marchándose de lo que les había funcionado y abrazando las nuevas técnicas de grabación en el género, del sintetizador al autotune.
Concierto de The Strokes, en el Primavera Sound, en 2022.PERE VIRGILI
Ahora vuelven a Barcelona para presentar Reality Awaits, un disco recién salido este verano y que extrema la apuesta por sonar diferente. De momento, no ha gustado especialmente, pero con esta gente nunca se sabe: la mayoría de sus discos no han entrado a la primera y han acabado siendo clásicos.
Conexión catalana
En la misma sala que Nirvana, Oasis o Radiohead. The Strokes debutaron en Barcelona actuando, con su primer disco, en la Sala Razzmatazz. Hacía poco más de medio año que habían publicado Is this it y, sin prácticamente internet, en un mundo en el que todo iba bastante más despacio que hoy, su popularidad en Cataluña apenas empezaba a florecer.
En aquel momento, conocer a los Strokes era sinónimo de estar bien informado y conectado con lo que se estaba cociendo dentro de la música independiente internacional. Fue por vía de un amigo madrileño que Marc Andreu, músico histórico de la escena indie de Barcelona, descubrió el grupo y no dudó en ir a verles en su primera visita a la ciudad, el 15 de marzo de 2002. “Fue muy emocionante porque notabas que estábamos al principio de algo, que allí estaba a punto de pasar algo muy grande. Se había acabado el grunge, el brit-pop agonizaba y la gente empezaba a estar un poco aburrida de ello”, recuerda. Aquella primera visita fue corta, rápida e intensa: 14 canciones sin bises. “Tocaron el primer disco entero, que es perfecto, pero igual de fascinante –rememora Andreu– fueron las pintas que llevaban, eran increíbles: las Converse, los pantalones de pitillo, los peinados. Todo era muy guay”.
Como acostumbra a pasar con las grandes bandas pop, fue la última visita de los Strokes fuera de un pabellón o gran festival en Barcelona. Los neoyorquinos han vuelto tres veces más a Barcelona y este octubre debutarán en el Palau Sant Jordi.
Pero más allá de sus visitas, sean con los Strokes o sus otros proyectos, hay una conexión bastante inesperada entre Julian Casablancas, el cantante de la banda, y Cataluña, más concretamente con Sabadell. Julian es bisnieto de Ferran Casablancas, el histórico y querido empresario textil vallesano. De hecho, en sus visitas a Cataluña, Julian ha hecho bandera de sentirse en casa, y ha gritado Visca Sabadell durante sus conciertos. Los abuelos del cantante de los Strokes se marcharon del país justo antes de la guerra civil y se establecieron en Nueva York. Allí tuvieron un hijo: John, padre de Julian Casablancas, y que fue conocido por haber fundado la agencia de modelos Elite y, de paso, el concepto de supermodelo de los años 90.