El traje sastre “de truhán o de señor” de Julio Iglesias

La semana pasada, la imagen pública de Julio Iglesias quedó profundamente sacudida por la revelación de un caso de presunta violencia sexual. Si las acusaciones llegaran a confirmarse judicialmente, el relato que durante décadas ha rodeado al cantante se derrumbaría para dar paso a una figura mucho más oscura: la de un auténtico depredador sexual. Un hombre alejado de la escena pública desde hace años, pero que en los ochenta y los noventa fue un referente masculino de primer orden. Este hecho obliga no sólo a examinar los hechos concretos, sino también a interrogar el marco sociocultural que sostuvo, normalizó e incluso celebró esta figura. Y, dentro de ese marco, a entender hasta qué punto la moda actuó como un aliado decisivo en la construcción de un sex symbol amable, relajado y aparentemente inofensivo.

Pensar en Julio Iglesias es pensar, casi de forma automática, en el traje sastre. Pero no en su más conservadora versión. El cantante abrazó una tendencia emergente en los años ochenta: el relajamiento (y en cierto modo deconstrucción) de una pieza canónica de la masculinidad desde el siglo XIX. Uno de los precedentes fundamentales de este giro es Nino Cerruti, que con filmes como La Piscine (1969) anticipó el cambio. En esta película, Alain Delon encarna una masculinidad sensual e inquietante a través de un vestuario que acompaña al cuerpo sin dominarlo: camisas abiertas, pantalón fluido, chaquetas sin rigidez. El poder ya no se presenta como armadura, sino como seducción.

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La consagración definitiva de este modelo llega con Giorgio Armani a American Gigolo (1980), un filme que redefine lo que significa ser hombre en la cultura visual contemporánea. Richard Gere proyecta una nueva masculinidad que marcará toda la década. Sus vestidos con chaquetas sin entretelas ni rellenos, hombros caídos y ausencia de tensión funcionan como una verdadera tecnología de seducción. A través de tejidos suaves y camisas entreabiertas, el cuerpo masculino se exhibe y se insinúa mediante una sexualización que, a diferencia de la femenina, nunca pierde el control. La vulnerabilidad es estrictamente estética: el hombre no renuncia al poder porque nada es más eficaz que ejercerlo sin aparentarlo.

Este lenguaje se extiende definitivamente con la serie Miami Vice, donde Armani viste una masculinidad que parece desactivada, pero que sigue plenamente operativa. Americanas arrugadas por la falta de estructura, camisetas en lugar de camisas, colores claros o pastel, ausencia de corbata, mocasines sin calcetines. El personaje de Sonny Crockett encarna la autoridad y violencia institucional de un policía mientras parece no ejercerlas. Julio Iglesias, también instalado en Miami, adopta ese mismo código: un traje cargado de poder simbólico que se presenta, sin embargo, como piel de cordero.

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Esta estética –que se inicia con Cerruti, se define con Armani y se normaliza con marcas como Ermenegildo Zegna– no nace de la nada. Es hija indirecta de las luchas feministas y por los derechos LGBTI de los años setenta, que exigían un profundo replanteamiento de la masculinidad. Pero la moda que encarna Julio Iglesias extrae sólo su superficie formal, desactivando su cuerpo político. Una operación clásica del capitalismo cultural: absorber la crítica, vaciarla de contenido y devolverla como estilo.

La estética de Julio Iglesias construye así una masculinidad no amenazadora, hedonista, aparentemente vulnerable, pero que nunca renuncia a la centralidad masculina ni al derecho implícito sobre los cuerpos y deseos de los demás. El traje sastre "relajado" no es ninguna deconstrucción del patriarcado, sino una actualización hedonista de su privilegio.