Cultura popular

Las Fallas: casi 300 años de historia de una fiesta que el poder ha querido domesticar

El franquismo y las clases dominantes han intentado apaciguar el espíritu crítico de la celebración acentuando su carácter lúdico

Una falla ardiendo en una imagen de archivo
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ValenciaPor un lado, un pequeño muñeco de poco más de un metro de altura del actual presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, quien, al mirarse en un espejo, recibe la imagen de su predecesor Carlos Mazón y no la suya. Por otro, una gigantesca figura de una odalisca encantadora, de un mago cautivador o de un pirata socarrón que presiden una monumental falla, pero que tienen una relación con la actualidad tan difusa como la niebla. Estas dos posibilidades, la de una obra crítica y comprometida con su tiempo y la de una construcción que sólo aspira a impresionar por su atractivo estético, representan las dos caras de una fiesta con ya casi 300 años de historia que ha sido un instrumento de expresión popular y de denuncia social, pero que el poder ha querido domesticar.

La historia de esta evolución arranca en Valencia alrededor del año 1750, cuando en las celebraciones en torno a la figura de san José –la fiesta del santo es el 19 de marzo–, patrón de los carpinteros, se incorpora la quema de "trastos viejos" que incluyen figuras. La fiesta tiene lugar a principios de primavera y forma parte del conjunto de rituales que celebran haber superado los meses de mal tiempo y la llegada del calor y la fertilidad. Según explica el doctor en historia medieval Vicent Baydal, el carácter purificador del fuego alcanza el de "sancionador o de ajusticiamiento" cuando las hogueras comienzan a adquirir formas más elaboradas y las figuras incrementan su apariencia humana para dar lugar a los primeros muñecos que son condenados por sus "comportamientos inadecuados". Se trata todavía de una fiesta muy pequeña, con seis o siete monumentos en toda la ciudad, que se planta y quema el mismo día, el 18 de marzo, en la víspera de la festividad, y que aunque cuenta con la ayuda de los carpinteros, es impulsada por los vecinos.

Un muñeco que representa la estrecha vinculación entre el presidente valenciano, Juanfran Pérez Llorca, y su predecesor, Carlos Mazón.

Los impuestos y la censura: la primera estrategia de control

Durante el siglo XIX las Fallas se independizan de la celebración de San José y ganan componente satírico. Es entonces cuando los muñecos empiezan a representar personajes reconocibles de la vida social y política y aparecen los libros de falla para explicar las escenas. Lo primero que se conserva es del año 1855 y es obra del escritor de Sueca Josep Bernat i Baldoví. La popularización de la fiesta comienza, sin embargo, a preocupar al Ayuntamiento de Valencia, que exigirá su visto bueno a todos los monumentos, libros y carteles. Además, en 1851 debido a la inestabilidad política prohibirá la celebración, en una orden que será desobedecida por los falleros. El Consistorio complementará su estrategia de control con la imposición de elevadas tasas e impuestos. Uno de los puntos álgidos de esta fórmula tendrá lugar en 1883, cuando aplique un gravamen de 30 pesetas. En respuesta, sólo cuatro comisiones plantarán el monumento. En 1884 se repetirá la situación. Y un año más tarde, las restricciones económicas comportarán que sólo se levante una falla. Finalmente, en 1886 y ante una tasa de 60 pesetas, ninguna comisión organizará la fiesta.

Cambio de táctica: ahora los premios

Con el cambio de siglo, las clases dominantes cambian de táctica. En 1901 crean unos premios al mérito artístico que servirán para modelar un canon que todas las agrupaciones que quieran destacar tendrán que respetar. Nacen las que Baydal califica de "fallas apologéticas", las que en lugar de criticar exaltan "algún elemento de la cultura del poder como un personaje o algo político". Se plantan, por ejemplo, monumentos en honor a alcaldes de Valencia, en la propia ciudad o en defensa de la guerra de España contra Marruecos. Es en este momento cuando las fallas crecen y son ya una treintena en la ciudad de Valencia. A continuación, se crean las comisiones y la fiesta se amplía al día 19. También ganan presencia la pirotecnia y las bandas de música. Esta efervescencia se multiplicará en las décadas de los 20 y 30 y convertirá la fiesta en una celebración "masiva y turística", con un centenar de comisiones y la ampliación a otras ciudades como Alzira, Sagunto, Gandía, Burriana o Alcoy. Además, se adelanta la Plantà al día 16, se inician actos claves como la Llamada (1931), la Noche del Fuego (1932) y la Exposición del Ninot (1934) y se crea el himno oficioso de la fiesta (1929), el pasodoble El fallero, obra de Maximiliano Thous y Josep Serrano –el primero, figura importante del valencianismo político del momento, y el segundo, un músico destacado–. También aparece el cargo de fallera mayor como una "mezcla de las reinas de las fiestas aristocráticas y los concursos de belleza". Como contrapunto a la cosificación de la mujer, destaca el hecho de que en 1930 hubo hasta ocho fallas formadas únicamente por mujeres y que en 1932 encontramos a la primera mujer presidenta de una comisión, Pilar Muñoz, de la agrupación Doctor Simarro-Jai Alai.

"Aunque son años en los que se promueve el carácter turístico de la fiesta con el impulso de un tren fallero desde Madrid y un barco para los emigrados a Argentina, Uruguay o Brasil, también es un periodo en el que la fiesta se impregna del valencianismo efervescente de Josep Lluís la Asociación de Estudios Falleros. El estudioso señala hechos poco conocidos como que ya entonces, el Centro de Actuación Valencianista ofrecía un servicio de corrección lingüística a las comisiones o que revistas de cultura popular como Pensado y Hecho contaban con autores tan destacados como Carlos Salvador o Maximiliano Thous.

El franquismo: purga y control total

El período más negro de la fiesta se vivió con la dictadura franquista, que aplicó una gran purga. "Del censo fallero de 1936, en 1943 sólo quedaba el 13% de los miembros", denuncia el sociólogo e historiador Gil-Manuel Hernàndez. El investigador destaca que la Guerra Civil supone "un antes y un después en la celebración y es el período que más le ha marcado". No es de extrañar si tenemos en cuenta lo que decía el entonces concejal de Cultura del Ayuntamiento de Valencia, Martí Domínguez, quien dejó claro que el régimen fascista no estaba dispuesto a "consentir" en los monumentos "ni la más leve alusión a cosas recientes" y que las Fallas debían ser una "ostentación de sentido cristiano". Unas palabras que habría cumplido, como demostraría que, según datos recogidos por Baydal, en 1957, el 94% de las fallas plantadas fueron objeto de algún tipo de censura. Para cumplir esta vigilancia, el régimen sustituyó al Comité Central Fallero por una Junta Central Fallera dependiendo del Ayuntamiento. Además, la fallera mayor pasó a ser elegida por la alcaldía entre una de las familias fieles al régimen y se instauró la todavía vigente Ofrenda a la Virgen de los Desamparados. "A principios del siglo XX las clases dominantes moldearon el contenido de las fallas y el franquismo lo hizo del conjunto de la fiesta", destaca Josep Lluís Marín que apunta que este no es un fenómeno aislado, y que ocurrió lo mismo con la Feria de Abril de Sevilla, la Semana Santa de Andalucía, el Carnaval de Cádiz o la Fiesta.

¿Una fiesta secuestrada?

Y con la llegada de la democracia, ¿la fiesta ha sido capaz de deshacerse de la censura franquista y recuperar la crítica? Según el miembro de la Asociación de Estudios Falleros, "no en gran parte" porque los grandes monumentos, que son los que marcan la pauta, priorizan ganar premios, mantienen un carácter "escapista" y sólo se refieren a la actualidad ya sus elementos más controvertidos en pequeños muñecos, pero nunca en las figuras principales. Sin embargo, apunta que también hay un circuito alternativo bautizado como Fallas Innovadoras y Experimentales en torno al que orbitan hasta 35 comisiones –el 7% del total de la ciudad– que sí tienen un talante marcadamente renovador.

Sobre los motivos del inmovilismo de algunos sectores, Marín señala que la fiesta "arrastra una inercia" de la que son responsables unas élites "que no son permeables a los cambios sociales" y que están "bunquerizadas" en una Junta Central Fallera, que afirma que "es un órgano que expulsa a la dispersa". Está de acuerdo el sociólogo Gil-Manuel Hernández, quien lamenta que los directivos de esta entidad son "los mismos desde hace décadas" y que tienen una estrecha relación con los partidos conservadores y el anticatalanismo. Sin embargo, subraya que sí existe una progresiva renovación en el resto de segmentos del colectivo y destaca el resultado de una encuesta encargada en 2017 por el Ayuntamiento de Valencia. Según el sondeo, el 45,4% de los miembros del tejido fallero se definía de izquierda o centroizquierda, frente a un 25,7% que decía que era de derecha o centroderecha, y un 21,5% de centro. "Son datos que muestran un posicionamiento más progresista que el del conjunto de los vecinos de la ciudad, que rompen tópicos y que evidencian que una minoría con comportamientos mafiosos tiene secuestrada la fiesta", concluye.

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