La llegada un poco repentina del calor ha propiciado el regreso de los paseos al atardecer. Cuando se pone el sol y hace un poco más de fresco, es como si las ciudades cogieran un ritmo diferente. La gente que saca al perro a hacer el último pis está todo el año, pero en esta época es como si los dueños necesitaran salir tanto como sus bestias. Se lo toman con más calma y dan la vuelta más larga. El ruido del tráfico baja y las ventanas abiertas permiten que los sonidos de las casas lleguen a la calle. Se oye a alguien batiendo huevos para hacer una tortilla, y más adelante un vecino que toca la trompeta con la sordina pone una banda sonora que da un aire nostálgico a la atmósfera.
Cada noche, en la casa de la esquina del semáforo tienen siempre el mismo canal de televisión y miran un concurso de adivinar palabras. Un grupo de chicas salen del aula de yoga con las esterillas enrolladas y colgadas a la espalda. Charlean antes de despedirse. A pie de calle, puedes ver la habitación infantil de una casa con la luz encendida en la mesita de noche, esperando que la criatura que vive allí se vaya a dormir. Las dependientas de tres tiendas vecinas hacen una cenita en la terraza del bar que tienen al lado. Saludan a los clientes habituales que las conocen de hace años. La gente que baja la basura al contenedor aprovecha para dar un paseo antes de volver a subir. La dueña del taller de cerámica friega el aula con todas las sillas encima de la mesa. En la puerta hay colgado el cartel de cerrado. En la gestoría todavía hay luz. En el despacho del fondo se ve al gestor alargando la jornada delante del ordenador. Debe estar haciendo las declaraciones de renta de los clientes a contrarreloj. El chico de los helados bosteza detrás del mostrador esperando que alguien se anime a buscar un cono después de cenar. Un padre joven sale del portal empujando el cochecito de un bebé. Sobresalen unas manitas diminutas. El truco para que se duerma con el suave traqueteo de las ruedas sobre la acera no falla nunca.
Cuando pasas por el lado de un jardín, se oye el olor del jazmín que trepa por el muro de la fachada. Los restaurantes, de noche, con las luces encendidas, parecen más acogedores que al mediodía. La plaza está animada y el camión de la basura estropea la conversación de los que han salido a tomarse una copita de vino en las terrazas. El patio de una escuela de monjas está abierto porque hay unos chiquillos que participan en una liguilla amateur de fútbol sala.
Es bonito mirar hacia arriba y observar balcones y ventanas. Es una buena hora para observar los pisos y la variedad de tonalidades de las bombillas. Gente que vive en comedores con luz de fluorescente y hogares cálidos donde cada aparato de iluminación tiene una finalidad concreta. Familias cenando, abuelas que asoman la cabeza para mirar la vida en la calle y otras que riegan las plantas. En un piso, un grupo de amigas ponen la mesa al fresco para celebrar algo. Los vecinos de al lado son un matrimonio que está sentado en dos tumbonas de espaldas a la calle para mirar la televisión del comedor. En unas cocinas aún se prepara la cena y en otras ya se carga el lavavajillas. De vez en cuando dices buenas noches a algún vecino del barrio con la sonrisa cómplice de compartir la costumbre del paseo nocturno. Una caminata lenta, agradable, que se convierte en una manera diferente de habitar la ciudad. Observas el entorno desde otro punto de vista, más humano y más sereno. No vas a ningún sitio concreto, pero es el rato que te hace tomar más conciencia de dónde vives y de qué lugar formas parte.