La última tatuadora amazigh de Túnez
Manel Mahdouani se erige en baluarte de una tradición milenaria y batalla para preservar la memoria colectiva de los primeros habitantes del Magreb
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TúnezEn la pequeña y próspera población de La Marsa, en pleno centro de la legendaria Cartago tunecina, hoy proliferan una decena de estudios de tatuaje que dan una idea de cómo las tendencias y la globalización encuentran resquicios en el país más pequeño del Magreb. No son diferentes de los estudios que hay en el centro de Barcelona. Te podrías tatuar personajes de La casa de papel o Peaky blinders y los diseños preferidos de los turistas, como lunas y figuras abstractas, por los cuales un europeo estaría dispuesto a pagar hasta 600 euros.
Pero entre toda esta oleada de modernismo encontramos un local que, desde las trincheras, vela por la cultura del tatuaje amazig. Los amaziges –pueblo libre, en su traducción literal– son la etnia originaria del norte de África que habita desde hace 20.000 años el territorio que hoy pertenece a Marruecos, Mauritania, Argelia, Túnez, Libia y Egipto. Históricamente, este pueblo ha tomado las marcas de tinta en la piel de las mujeres como símbolo de protección y de poder matriarcal.
Lo que parece un pequeño taller de costura custodiado por un espeso jardín esconde el estudio de Manel Mahdouani (Kairouan, 39 años), la única mujer en el país que todavía tatúa un amplio repertorio de símbolos amazigües. La desaparición de este patrimonio en Túnez es la crónica de una muerte anunciada, pero todavía hay quien se resiste a abandonar esta costumbre milenaria.
Mahdouani creció en el seno de una familia amazigüe de Kairouan, 160 kilómetros al sur de Túnez, la capital, donde los únicos vestigios visibles de esta etnia son los vestidos, las joyas y la conservación de los métodos de curación con hierbas medicinales que todavía se practican en algunas casas. “Ahora ya es muy difícil encontrar mujeres con tatuajes en la cara. La mayoría son muy mayores y se están muriendo, y la tradición muere con ellas. En parte, porque no hay nadie especializado en este estilo. Hay tatuadores que hacen algunos diseños por pura estética, pero sin ninguna investigación previa ni base sociológica”, explica.
No fue hasta 2015 que Mahdouani se interesó por los tatuajes amazigües y se convirtió en una pionera del sector. Apenas estallaba la chispa de la modernización y la democratización después de la oleada revolucionaria de 2011, el primer éxito de la Primavera Árabe. La consecuencia fue la caída de la atroz dictadura de Zine El Abidine Ben Ali tras 25 años gobernando Túnez con mano de hierro. Un régimen que invisibilizó la cultura amazigüe en favor de un panarabismo que pretendía unir las naciones del Gran Magreb durante las descolonizaciones del siglo XX.
Una estrategia a golpe de chantaje
Después de décadas de resistencia ante el colonialismo francés, los amazig toparon con el chantaje de Ben Ali. Hacia 1972, el dictador inició una campaña de movilización masiva de las poblaciones rurales para tomar el control total de las comunidades del sur y el sureste del país. La gran mayoría vivían en las zonas aisladas de las montañas y en la isla de Yerba, desde donde podían defenderse y protegerse de las invasiones de los franceses. Con la excusa de ofrecer unas mejores condiciones de vida –agua corriente, electricidad, escuelas y transporte–, el régimen quería aplacar cualquier intento de resistencia al centralismo imperante instalando nuevos núcleos urbanos en zonas más bajas y accesibles.
El catedrático del Instituto Nacional del Patrimonio de Túnez Mansour Ghaki, uno de los oráculos de la memoria amazigh, señala que se trataba de una manera de romper la solidez del tejido social. “La finalidad de esta política de desplazamiento forzoso fue que la población quedara en manos de la administración. Una sociedad fragmentada es más fácil de integrar en nuevos núcleos urbanos”, sostiene Ghaki. Según la misma experiencia del catedrático, originario del pueblo amazigh de Tamezret, cuando los burócratas o los gendarmes llegaban a los enclaves se encontraban con un mundo hostil. “Al fin y al cabo, los conflictos en los pueblos se resolvían entre los mismos vecinos, sin necesidad de una intervención administrativa”, explica. Hoy solo algunas localidades, como Zraoua, Chenini y Zmerten, resisten al chantaje y son los últimos vestigios vivos de la cultura amazigh.
No fue hasta el triunfo de la revolución en 2011 que se abrió un camino hacia la pluralidad político-religiosa y el activismo cultural después de años de censura. Durante los años posteriores a la Primavera Árabe surgieron nuevas asociaciones amazigh y hasta incluso Akal, un partido político laico. Pero todo fue un espejismo. La tímida dimensión política y social que se consiguió después de la revolución volvió a retroceder con la llegada al poder en 2019 del populista ultraconservador Kaïs Saied, el presidente que mantiene el Parlamento congelado y ha devuelto el país a un sistema autocrático reglado por un estricto moralismo religioso. Así pues, los amazigh han vuelto al ostracismo político y social, y también la práctica del tatuaje. “Para este gobierno, el tatuaje es haram [pecado] y va en contra de la moral que predica la ley islámica”, asegura la tatuadora.
Ante la inacción del régimen para reconocer a los amaziges como pueblo, Mahdouani reconoce que siente una gran responsabilidad por preservar una parte inherente de su patrimonio. “Fue una elección artística, pero también fue una manera de investigar mis orígenes. A medida que investigaba, más me daba cuenta de que necesitaba profundizar más en mi búsqueda. No solo tenía que esforzarme en identificar los símbolos, sino también en hablar con las mujeres y conocer sus historias porque, desgraciadamente, no están documentadas. La información que hay en libros o en internet es muy escasa”, dice.
La crisis de identidad es latente en Túnez. El lenguaje es una poderosísima arma de control social y, desde la escuela, el régimen se encarga de grabar a fuego la tribalización de este pueblo y de menospreciarlo. “Conocí el término amazige después de la revolución, cuando empezó a haber conciencia sobre la diversidad del país. En la escuela nos enseñan este patrimonio de manera equivocada. Nos hablan de los beréberes (bárbaros) que habitaban allí, un término que para nosotros es peyorativo”, expone. Pero la realidad, según Mahdouani, es bien distinta: los amaziges nunca se han ido. “Lo que quiere el régimen es que la sociedad piense que es eminentemente árabe, no amazige, no norteafricana. Por este motivo, los tunecinos tenemos una grave crisis identitaria. Si preguntas a diez tunecinos, dos dirán que son norteafricanos, cinco que son árabes y tres más que son cartagineses. No somos una sociedad unificada”, concluye.
El camino no ha sido fácil para Mahdouani, y admite que ha sido criticada. “Me atacan porque a la gente le da miedo lo que ignora. Sobre todo porque estoy recuperando símbolos animistas de nuestros antepasados pero que ahora van en contra de la religión oficial del estado”, dice.
Existe un vacío legal con respecto a los tatuajes, porque no hay ninguna ley que ampare esta actividad pero tampoco ninguna que la prohíba. El suministro del material tampoco es fácil. “A menudo tengo que importarlo de países europeos, principalmente de Italia, España y Francia”, subraya. De hecho, lo único que revela que en este espacio se practican tatuajes es una camilla recubierta de un plástico desinfectado, un armario con botes de tinta y un libro viejo que hay sobre el escritorio con toda la documentación sobre tatuajes amaziges. El resto de la estancia la ocupan elementos como máquinas de coser, telas, hilos y maniquíes sobre los cuales la simbología amazige puede perdurar sin tener que enfrentarse a la estigmatización.
En los últimos años, la tatuadora ha recorrido el país en busca de mujeres amazig tatuadas, la mayoría de las cuales son de edad avanzada y se concentran en las regiones montañosas del sureste y en la isla de Yerba. “Las funciones de estos tatuajes tenían que ver con rituales de iniciación, saltos a la madurez, el matrimonio o la fertilidad. Lo importante es que la gente conozca cómo se hacía antes”, subraya.
Yezza, de 75 años, vive en Dkhilet Toujane, una localidad en las montañas a caballo entre Matmata y Tataouine, más conocida por ser el escenario donde se rodó la primera película de La guerra de las galaxias. La estancia principal donde Yezza vive con su hija está decorada solo con una televisión Panasonic de los ochenta, un mueble bar antiguo, dos alfombras y una fotografía familiar. En el jardín no falta el olivo. Aunque el envejecimiento de la piel le ha consumido gran parte del relieve de los tatuajes, todavía lleva una línea con tres líneas punteadas en la barbilla. “La vida no es estática, sino un continuo de rupturas para seguir adelante”, dice en dariya –el dialecto del árabe hablado en Túnez– mientras se señala el tatuaje en la parte inferior de la boca.
Cada tatuaje, a pesar de conservar una función estética, tiene una significación concreta. Después se señala las muñecas, donde se intuyen un par de figuras geométricas: “Este es para protegerme el cuerpo cuando trabajo, para no cortarme o lesionarme cuando coso o manipulo un cuchillo. Aunque ya no trabajo demasiado…”, añade mientras se ríe y apunta las arrugas de las manos con el dedo. Yezza es una de las pocas decenas de mujeres, junto con sus hermanas, Lamma y Halima –habitantes de Toujane y Zmerten–, que todavía conservan los tatuajes en esta región del país. Las tres elogian la labor de Mahdouani y la apoyan, pero dan por hecho que el tatuaje y la lengua desaparecerán cuando desaparezcan ellas.
La paradoja de la explotación turística
A diferencia de países vecinos como Marruecos y Argelia, donde los amazig representan entre el 50% y el 20% de la población, respectivamente, ver mujeres mayores con el cuerpo pintado en Túnez se ha convertido en una especie de milagro. A pesar de no haber datos oficiales, asociaciones como Azro, una de las más activas del país, cifra cerca de un millón –un 10% de la población– los amazig que viven en el país. El régimen de Saïed no los persigue activamente, pero sí los deja al margen, hasta el punto de que la única manera que tienen de afirmarse como pueblo es mediante un sector turístico hambriento de exotismo.
La economía en el sur del país se basa en la agricultura y, en menor grado, en el turismo procedente de Europa, que circula por allí ansioso por adquirir una pieza de artesanía amazig, hacer una degustación de su gastronomía o conseguir una fotografía de las cuevas donde este pueblo vivía siglos atrás. La realidad es que el ministerio de Turismo acostumbra a utilizar estos elementos del patrimonio amazig como un gran atractivo exótico. Sin embargo, los beneficios económicos raramente impactan en el desarrollo de estas comunidades del sur.
El declive lingüístico se acelera
La lengua de estos pueblos, el tamazight, no se promueve de ninguna manera por parte del gobierno, que concibe una Túnez eminentemente árabe. Y todavía menos después de la toma de conciencia de las comunidades posterior a la revolución, que ellas mismas bautizaron como tankra tamazight o “despertar de la lengua”. “El bilingüismo es endémico en Túnez. Siempre hemos sido una sociedad multicultural, una encrucijada de civilizaciones que ha ido asimilándose a la cultura dominante de la época”, menciona el profesor Ghaki. “Desde el aprendizaje de la escritura púnica y la adoración al dios Baal hasta la arabización del idioma tamazight, pasando por la imposición del latín durante la presencia romana en el territorio”, añade.
Para entender la situación crítica que vive la lengua en Túnez, hay que mirar hacia sus vecinos del oeste. En Argelia se estima que hay entre 10 y 12 millones de hablantes (cerca del 30% de la población), mientras que en Marruecos se calcula que rondan los 20 millones, casi la mitad de la población. Los amazigófonos en Túnez no superan los 100.000 (el 1% del total).
Ningún gobierno del Magreb publica datos oficiales sobre el tamazight, que dependen de estimaciones de organizaciones como el Grupo Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas (IWGIA). Pero Túnez es el único de estos estados en el que el tamazight no tiene estatus oficial ni se menciona en la Constitución de 2011, hecho que ha llevado a la Unesco a declararlo en “peligro crítico de extinción”. De hecho, no existen leyes, presupuestos ni instituciones públicas destinadas a la protección de su patrimonio lingüístico. Solo ha habido tímidos avances, como la reciente eliminación de la circular de 1965 que prohibía que se registraran bebés con nombres amaziges. A pesar de todo, las trabas administrativas persisten en la práctica.
Según Ghaki, el problema de base se encuentra en la asimilación arabófona y francófona de la población desde la infancia. “El aprendizaje del tamazight no acostumbra a ir más allá de los seis años. En la escuela pública se estudia árabe y francés por defecto. Las familias ya han normalizado esta tendencia y miran por el bien de sus hijos, ya que son los únicos idiomas con los cuales podrán prosperar académica y laboralmente”, expone.