El verdadero problema de los senos de Sarah Santaolalla

El busto femenino no es sólo parte del cuerpo: es un territorio simbólico. Grande o pequeño, visible o disimulado, tercio o pensívolo, ha sido históricamente un instrumento con el que se mide, se clasifica y, sobre todo, se desacredita a las mujeres. El pasado 10 de febrero, en el programa El Hormiguero de Antena 3, este mecanismo se activó con una naturalidad inquietante. La colaboradora Rosa Belmonte desautorizó a la tertuliana Sarah Santaolalla –a raíz de sus críticas a Felipe González– con una frase que no discutía ninguna idea, sino que reducía a la interlocutora a su cuerpo: "mitad tonta, mitad tetas". Las risas cómplices del plató, incluida la del presentador Pablo Motos y la del último Premio Planeta Juan del Val, no eran anecdóticas. Formaban parte del ritual.

No es un episodio aislado ni una extravagancia televisiva, sino la expresión de una lógica persistente. La exministra italiana Maria Elena Boschi fue objeto de burla reiterada por sus escotes en el Parlament. No se cuestionaban sus políticas; el escote se convertía en argumento. La piel visible se convertía en sospecha, como si la competencia pudiera medirse en centímetros de tela. De forma similar, a Ione Belarra se le dedicaron titulares y comentarios despectivos porque, a través de una blusa, se le intuían los pezones. Ni siquiera hace falta exposición: la insinuación es suficiente para que el cuerpo ocupe el centro del debate. El busto funciona así como mecanismo de distracción y deslegitimación: una forma eficaz de rebajar la autoridad sin discutir las ideas.

Cargando
No hay anuncios

En el ámbito del entretenimiento, el dispositivo adopta otra forma, pero responde a la misma estructura. Actrices como Sofía Vergara han visto cómo su busto monopolizaba entrevistas y alfombras rojas hasta eclipsar su trayectoria. Y el episodio de Janet Jackson en la Super Bowl del 2004 evidenció la doble vara de medir cuando Justin Timberlake le arrancó parte del traje y su pecho quedó expuesto. La ola moralista y sancionadora recayó principalmente sobre ella, con consecuencias profesionales que no tuvieron un equivalente en su compañero de escenario. Una sobreatención a los senos que, paradójicamente, suele provenir de sectores de derechas, defensores de los valores tradicionales.

Pero, ¿por qué a los hombres, cuando se les marcan los senos o se les insinúan los pezones, no les pasa ninguna factura social? Podría parecer una cuestión de volumen. Pero entonces, ¿por qué también se ridiculiza a las mujeres que no tienen senos prominentes? La actriz Keira Knightley, especialmente durante los años 2000, fue objeto constante de comentarios que concebían su pecho como "demasiado pequeño", como si fuera un defecto a corregir si quería tener más éxito profesional, como también les ha ocurrido en Kate Moss o Taylor Swift. Si los hombres tienen menos volumen en el torso, donde sí tienen más es en la zona del paquete. ¿A alguien se le ocurriría decir a un periodista o político que debe su cargo a las dimensiones de su miembro? ¿O insinuar que, cuanto más volumen tiene su pene, menos inteligencia tiene? Como si existieran vasos comunicantes entre el cerebro y el paquete, de modo que lo que crece en una esquina tuviera que mermar en el otro.

Cargando
No hay anuncios

Lo que está claro es que el problema de Sarah Santaolalla no reside en el volumen de sus senos ni en su inteligencia. Más allá de la afinidad con sus opiniones, está sobradamente preparada y es profesionalmente competente. Y quizá éste sea el verdadero problema: no el volumen, sino la voz. Las dimensiones de los senos nunca son un obstáculo cuando el cuerpo es objeto, pero, en cambio, se convierten en escándalo cuando la mujer está sujeto, cuando habla, opina y discute poder. Y cuando el debate se desplaza hacia el cuerpo, a menudo se debe a que el debate ya ha perdido altura.