Viaje al Machu Picchu africano, origen de la leyenda de las minas del rey Salomón

El Gran Zimbabue es la construcción histórica más importante del África subsahariana y testimonio de una gran civilización desaparecida

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El Gran Zimbabwe es la antigua capital en ruinas del Reino de Zimbabwe, situada en las colinas del sureste del país. Los muros del Gran Recinto llegan a los 11 metros de altura.
12/10/2026 - 19:01 h

ZimbabueSi hay un lugar de África que vale la pena visitar para comprender el misterio profundo del continente, este es el Gran Zimbabue. Se trata de unas ruinas enigmáticas que se alzan en el sureste de Zimbabue, lo suficientemente lejos de la capital, Harare, y de la segunda ciudad del país, Bulawayo, como para que la mayoría de los circuitos turísticos las ignoren. Gran error, ya que cuando caminas entre las murallas del Gran Zimbabue, o cuando subes a las fortificaciones de la parte alta, te das cuenta de que África es mucho más de lo que dicen los historiadores que se empeñan en narrar la historia de África a partir de la llegada de los primeros exploradores.

Las ruinas del Gran Zimbabue, que hay quien define como “el Machu Picchu africano”, son la construcción más importante que se hizo en el África subsahariana. Se cree que tienen su origen en el siglo XII, que fue la capital del Imperio Monomotapa, que se extendía entre Zimbabue y Mozambique, y que acogía a más de 20.000 habitantes. Sus pobladores intercambiaban oro y otros productos con los comerciantes europeos y asiáticos que llegaban en barco a las costas de Mozambique y en caravanas al Gran Zimbabue, hasta que un día sus habitantes abandonaron la población para ir a vivir a otros lugares.

El Gran Zimbabue se construyó entre los siglos XI y XV y dio nombre al país cuando alcanzó la independencia del Reino Unido, en 1980.

Sea como sea, pasear hoy entre las ruinas del Gran Zimbabue, por un paisaje genuinamente africano salpicado con jacarandas en flor, es una experiencia única.

Una gran civilización

Cuando los primeros portugueses llegaron al Gran Zimbabue, en el siglo XV, el Imperio Monomotapa ya estaba en declive, pero se quedaron sorprendidos con la monumentalidad y la extensión de las ruinas, que ocupan un radio de siete kilómetros cuadrados. La perfección de los encajes de las murallas, hechas con piedras talladas a mano, la atribuyeron a la intervención de una civilización venida del norte. Más adelante, los primeros arqueólogos que estudiaron las ruinas insistieron en esta hipótesis, ya que pensaban que los africanos no eran capaces de hacer construcciones como esta. Con los años, sin embargo, ha quedado claro que el Gran Zimbabue lo construyeron los africanos.

Fotografía de archivo del 14 de febrero de 2016 que muestra el muro de las ruïnas del Gran Zimbabue, en la provincia de Masvingo, en el centro-sur del país.
Vista desde el Gran Zimbabue

El Gran Recinto y el Complejo de la Colina son los dos lugares más destacados de las ruinas. En el primero, las altas murallas y una misteriosa torre cónica plantean preguntas al visitante, mientras que, en el segundo, la fortificación y el palacio, junto con las grandes vistas, dejan boquiabiertos a quienes llegan allí y les permiten imaginar el esplendor de esta civilización.

Unas aves esculpidas en piedra, muy probablemente águilas, fueron uno de los hallazgos destacados de las ruinas. En 1889, un misionero alemán, Wilhelm Posselt, compró una a un jefe tribal y la vendió al millonario inglés Cecil Rhodes. Le gustaba tanto que la tenía en su biblioteca de Ciudad del Cabo. Actualmente, es uno de los símbolos de Zimbabue y aparece tanto en el escudo como en la bandera del país.

Cecil Rhodes murió en 1902, cuando solo tenía 48 años, pero ya había establecido, gracias al dinero que había conseguido con los diamantes y también a su espíritu imperialista, las bases de lo que sería Rodesia, un estado no reconocido de África que fue bautizado con su nombre en 1965 y que existió hasta 1980, cuando unas elecciones libres dieron la independencia al país que hoy se llama Zimbabue.

Las minas del rey Salomón

La leyenda de las minas del rey Salomón tiene su origen en el Gran Zimbabue. El primer arqueólogo que trabajó en estas ruinas, el alemán Karl Mauch, especuló con la hipótesis de que este lugar fuera el legendario reino de Ofir, de donde mil años antes se extraía el sándalo para el rey Salomón de Israel. Partiendo de esta teoría, Henry Rider Haggard publicó, en 1885, una de las grandes novelas de aventuras que se han escrito sobre África: Las minas del rey Salomón.

Haggard había vivido en Sudáfrica y conocía bien la zona de Zimbabue. Además, un hermano suyo había sido vicecónsul británico en Lamu, la preciosa ciudad de Kenia. Todo ello le daba un amplio conocimiento de África que desembocó en el gran éxito de Las minas del rey Salomón, una novela que hoy se sigue reeditando y de la cual se han hecho unas cuantas versiones en cine. El aventurero Allan Quatermain, el protagonista, está inspirado en Frederick Selous (1851-1917), un gran cazador de esta parte de África, amigo de Cecil Rhodes.

La ciudad de Bulawayo

A unas cinco horas en coche del Gran Zimbabue, por una carretera en mal estado, se encuentra Bulawayo, la segunda ciudad del país. A diferencia de Harare, la capital de Zimbabue, se trata de una ciudad colonial con edificios antiguos, como el Bulawayo Club, que es de finales del siglo XIX. Hoy reconvertido en hotel, las antiguas paredes y los salones señoriales, recubiertos de caoba, todavía conservan el regusto de la antigua Rodesia, con grandes retratos de Cecil Rhodes y del rey ndebele Lobengula en el salón principal.

El Bulawayo Club, en cualquier caso, es de aquellos lugares donde apetece tomar un gin-tonic, la bebida inventada por los colonos británicos para combatir la malaria. La tónica, argumentaban, era el medicamento; y la ginebra, añadían con una sonrisa, le da alegría.

Bulawayo, por cierto, significa "ciudad de la matanza", en referencia a una batalla que hubo en la zona con un mal final para los ndebele. De todas formas, el nombre es tan tétrico que ahora prefieren llamarla Ciudad de los Reyes.

No muy lejos del Bulawayo Club se encuentra la vieja estación de tren donde un ferroviario rhodie jubilado, Gordon Murray, explica con entusiasmo la historia de los ferrocarriles de la antigua Rodesia. Entre el material expuesto se encuentra el tren más viejo que se conserva en el país, de 1897, que fue el tren personal de Sir Cecil Rhodes, y unas fotografías de cuando la reina Isabel II visitó el país en tren.

Murray hace un énfasis especial en el viejo proyecto que tenía Cecil Rhodes de unir Ciudad del Cabo con El Cairo con una línea de tren. No muy lejos, en pleno centro, en un edificio de 1931, todavía se puede ver una referencia al viejo proyecto, con un cartel que indica que Ciudad del Cabo está a 1.150 millas (1.850 km) y El Cairo a 3.500 (5.600 km). El tren, sin embargo, no funciona siempre. Como alternativa, cerca está la caótica estación de autobuses.

La tumba de Cecil Rhodes

A pocos kilómetros de Bulawayo se encuentra el Parque Nacional de Matobo, lleno de unas misteriosas rocas redondeadas. En una de las colinas se halla la tumba de Cecil Rhodes. La vista desde arriba es preciosa, pero la gente de Zimbabue apunta, en voz baja, que no tienen un buen recuerdo de Rhodes. “De todas formas, mantenemos la tumba porque forma parte de la historia del país”, comenta un guía con actitud conciliadora.

Rhodes, que hizo dinero en Sudáfrica con las minas de diamantes, lideró, con su compañía, una columna de pioneros que ocupó las tierras de los actuales Zimbabue y Zambia. Su sueño imperialista, sin embargo, se derrumbó años después, en 1980, cuando Zimbabue y Zambia se convirtieron en países independientes.

El lugar donde está enterrado el controvertido colonialista Cecil Rhodes es una atracción turística en el Parque Nacional de Matobo y está señalizado con una lápida y una formación rocosa. Además, desde la cima se pueden ver unas vistas espectaculares.

En este mismo parque, no muy lejos de la tumba de Rhodes, hay unos cuantos rinocerontes blancos, una especie que los guardas se esfuerzan en mantener lejos de los cazadores furtivos.

Bajo el guía de un guarda armado, y manteniendo una actitud prudente, es posible acercarse a los rinocerontes en un safari a pie. Verlos muy de cerca, generalmente descansando bajo un árbol, es una de las emociones fuertes del viaje a Zimbabue.

Los elefantes de Hwange

A unos trescientos kilómetros de Bulawayo, por una carretera con muchas obras y desviaciones frecuentes, se encuentra el Parque Nacional de Hwange, la reserva más grande del país, de 14.600 kilómetros cuadrados. Allí se pueden ver “los cinco grandes”, entre los cuales numerosos elefantes, sin la multitud de turistas que suele haber en Kenia y Tanzania.

Lo bueno que tiene Hwange son unos cuantos miradores, cerca de grandes balsas de agua, desde donde se pueden contemplar los animales que van a beber. Ver tan de cerca manadas de impalas, cudús, jirafas y sobre todo elefantes te hace sentir muy cerca de África. Por si el visitante no ha tenido suficiente durante el safari, en el Hwange Safari Lodge tiene a los elefantes muy cerca, al otro lado de una zanja de seguridad que separa el jardín del hotel de una balsa. De vez en cuando, un elefante atrevido consigue saltar la zanja y entrar al jardín para comerse el césped. Cuando ocurre, mientras los turistas corren a hacerle fotos, los empleados del hotel intentan echarlo con gritos y gestos.

Elefantes en un abrevadero en el Hwange National Park al atardecer

En otro alojamiento del mismo parque, Robins Camp, se puede repetir la escena, con un comedor situado muy cerca de la balsa donde beben los elefantes. No muy lejos, en la pista de aterrizaje, los guardas explican que han tenido que poner una valla para evitar que las hienas se acerquen a las avionetas, ya que les gusta comerse la goma de los neumáticos.

Las espectaculares cataratas Victoria

Cuando saliendo del parque de Hwange, nos acercamos a Victoria Falls, la población más turística de Zimbabue, comienzan a abundar los baobabs, estos árboles que parecen plantados al revés y que son una de las imágenes más potentes de África.

El gran espectáculo de las cascadas Victoria no tarda en aparecer. Están en el río Zambeze, en la frontera entre Zimbabue y Zambia, tienen una anchura de unos 1.700 metros y se desploman por una falla de 130 metros de altura. Las descubrió para los europeos el explorador David Livingstone en 1855 y las bautizó con el nombre de la reina Victoria. El nombre original, sin embargo, es Mosi-oa-Tunya, “el humo que truena”.

Contemplar las cascadas por el paseo que hay en el lado de Zimbabue es una maravilla, ya que tienes delante todo el frente de agua que se desploma. En algunas ocasiones, el viento envía el agua hacia el paseo y te moja de arriba abajo, pero esto también forma parte del gran espectáculo. Una vegetación tropical, con algunos baobabs que crecen cerca del río, termina de rematar un panorama excepcional.

Las cascadas atraen a los turistas, pero también a algunos espabilados, como Jimmy, un taxista de Victoria Falls que aprovecha cuando el viento soplaba hacia la carretera para ponerse a lavar el coche, como si fuera un túnel de lavado natural gratuito.

Victoria Falls se ha convertido con los años en una población turística, con muchos hoteles, restaurantes y tiendas. La estrella de todo ello es el Victoria Falls Hotel, un cinco estrellas construido por los británicos en 1904 que resiste muy bien el paso del tiempo. Desde el jardín se puede contemplar la humareda que levanta el vapor de las cascadas, y desde sus bares de ambientación colonial se pueden evocar las aventuras de David Livingstone, que murió en Zambia en 1873, mientras buscaba las fuentes del Nilo. Dos años antes, en la ribera del lago Tanganica, Henry Stanley le había encontrado cuando lo daban por perdido y había pronunciado la frase más famosa de la exploración: “Doctor Livingstone, supongo”.

Las icónicas cataratas Victoria –también conocidas como Mosi-oa-Tunya– vistas desde el lado de Zimbabue.

Además de contemplar las famosas cascadas, en Victoria Falls se pueden ver los majestuosos baobabs que hay cerca, entre ellos el llamado Big Tree (de 22,40 metros de circunferencia y 24 metros de altura), o navegar al atardecer por el río Zambeze tomando un cóctel en la cubierta de un barco mientras escuchas los gritos de la fauna salvaje y vas viendo cómo la puesta de sol tiñe el cielo de un rojo encendido.

Para los que tienen ganas de más, pueden aprovechar que Victoria Falls está en una triple frontera para ir a Botsuana, a visitar el Parque Nacional de Chobe, o a Zambia, donde está la ciudad de Livingstone, con un museo que evoca el espíritu del Gran Zimbabue y que parece que revive el espíritu del explorador que da nombre a la población.

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