Volver a la Luna, huir de la Tierra

La humanidad, con la misión Artemis, vuelve a mirar hacia la Luna y, con ella, desentierra del baúl de los recuerdos la antigua carrera espacial que marcó la Guerra Fría. Entonces, en medio de las peligrosas tensiones entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, el mundo se fracturó en dos bloques irreconciliables y la conquista del espacio se convirtió en un escenario más de competición geopolítica. No se trataba solo de llegar más lejos, sino de demostrar quién tenía la capacidad de imponerse sobre el otro. En este contexto, los medios de comunicación inundaron durante años el imaginario colectivo con imágenes de cohetes, astronautas y planetas lejanos. Una iconografía persistente que no solo informaba, sino que modelaba la manera como la sociedad pensaba el mañana. Porque, en el fondo, toda sociedad se construye también a partir de esta pregunta inevitable: ¿qué nos espera en el futuro?Imaginar la vida en el espacio implicó especular sobre cómo sería este día a día, y el diseño se puso en marcha para repensar mobiliario, automóviles y viviendas para este futuro proyectado. Entre butacas que evocaban cápsulas y residencias que parecían estaciones orbitales, nació la moda space age, concebida para facilitar una hipotética vida interplanetaria. Creadores como André Courrèges o Pierre Cardin apostaron por vestidos rígidos, despegados del cuerpo, casi como carcasas. El blanco, asociado al universo aeroespacial, se impuso como color dominante, acompañado de cascos y botas metálicas. Paralelamente, las propuestas de Paco Rabanne llevaron la moda hacia el terreno de la ingeniería, con piezas hechas de placas metálicas que tensionaban los límites mismos de la disciplina.Lo que resulta revelador, visto con perspectiva, es hasta qué punto estas especulaciones sobre el futuro desbordaron la realidad. Si hubiéramos hecho caso a Stanley Kubrick con 2001: A Space Odyssey, a Star Trek o incluso a The Jetsons, hoy ya viviríamos entre coches voladores, fuera del planeta Tierra y en condiciones de gravedad cero. Pero quizás todavía es más significativo constatar que, si la imaginación tecnológica a menudo se pasa de frenada, acostumbra, en cambio, a quedarse corta en otros ámbitos: como los derechos de las mujeres. En estos imaginarios, ellas continúan ocupando posiciones subalternas, incluso en futuros donde la humanidad ya habita otros planetas. Y esto obliga a preguntarse si realmente estamos ante especulaciones o, más bien, ante deseos masculinos proyectados.Sin embargo, más allá del impacto televisivo de la primera pisada lunar –un momento altamente coreografiado desde el punto de vista propagandístico por los Estados Unidos–, la imagen más transformadora no fue la de la Luna, sino la de la Tierra. La fotografía del Blue Marble, convertida en la primera selfie de la humanidad, evidenció una paradoja: después de años de división y confrontación, aquello que veíamos era, en realidad, una única unidad compartida. Y fue precisamente esta imagen compacta la que activó, en una parte de la población, una nueva conciencia pacifista y ecológica.A diferencia de la Guerra Fría, hoy los Estados Unidos no compiten en un mundo estrictamente bipolar, a pesar de que la carrera espacial continúa siendo un duelo, esta vez con China, que también se ha propuesto pisar la Luna en los próximos años. Resulta, sin embargo, inevitable señalar la paradoja: en un momento en que el mundo parece fragmentarse y la humanidad atraviesa una profunda crisis de valores, volvemos a mirar hacia afuera. Quizás, como pasaba en Solaris de Andrei Tarkovski, este viaje no habla tanto del futuro como del pasado. O quizás –y aquí reside la cuestión– debería servirnos, precisamente, para mirarnos mejor al espejo y repensar en qué punto nos encontramos como humanidad. Pero quizás, viendo las imágenes recientes de los astronautas de Artemis felicitando la Pascua desde el espacio y buscando huevos por la nave, lo que queda en duda no es el futuro, sino si todavía nos queda alguna pizca de autoconciencia.