La democracia también se aprende
Los últimos resultados de PISA vuelven a poner la educación en el centro del debate público. En Cataluña, sin embargo, esta vez tenemos un problema aún más elemental: ni siquiera sabemos muy bien dónde estamos. La exclusión de una parte excesiva del alumnado de la muestra de los alumnos que hicieron las pruebas de PISA hace que los resultados de los niños y las niñas catalanes no sean comparables. Es un fiasco técnico y político importante. Pero quizás corremos el riesgo de que la discusión sobre quién tiene la culpa nos impida ver una cuestión más profunda. PISA nos está hablando de matemáticas, ciencias y comprensión lectora. Pero también nos está hablando, indirectamente, de democracia. La OCDE señala un descenso preocupante de la capacidad lectora de nuestros niños y constata un fenómeno especialmente revelador: crece el número de jóvenes que leen deprisa, superficialmente, y responden antes de haber comprendido bien el texto. Al mismo tiempo, aumenta el uso de las redes sociales y más de una cuarta parte de los alumnos afirma que los dispositivos digitales provocan distracciones de manera habitual en clase.La cuestión, a mi entender, no es demonizar totalmente las pantallas. Bien utilizada, la tecnología puede ser una extraordinaria herramienta de aprendizaje. El problema es otro: estamos educando a una generación en un ecosistema que premia la velocidad, la interrupción constante, la respuesta inmediata y el impacto emocional. Y después le pedimos que lea con atención, que distinga un dato de una opinión, que compare fuentes, que identifique una manipulación y que escuche argumentos con los cuales no está de acuerdo. Estas no son solo competencias escolares: son competencias democráticas.La coincidencia temporal resulta inquietante. Mientras discutimos los resultados de PISA, en Alemania la extrema derecha de la AfD acaba de obtener cerca del 45% de los votos en Sajonia-Anhalt. Un año y medio antes ya había doblado su apoyo en las elecciones federales y se había convertido en la segunda fuerza política del país. Alemania vuelve a preguntarse hasta qué punto una democracia puede ver erosionados desde dentro los valores que la sostienen. Sería absurdo, y demasiado cómodo, establecer una línea causal entre TikTok y el voto a la extrema derecha. Las causas del crecimiento de la AfD son mucho más complejas, pero tampoco deberíamos ignorar el ecosistema informativo en el que se transforman estas inquietudes en comportamiento político. Las redes no inventan el malestar, pero pueden amplificarlo. No crean necesariamente la polarización, pero premian los contenidos que indignan. Y la desinformación es especialmente eficaz cuando confirma aquello que ya querríamos creer. Por eso el problema de las fake news no es solo que no sepamos detectar una noticia falsa. El problema más difícil aparece cuando sabemos, o sospechamos, que una información es falsa y, a pesar de todo, decidimos compartirla porque refuerza nuestros prejuicios, perjudica al adversario o reafirma nuestra identidad.Aquí ya no hablamos simplemente de alfabetización digital. Hablamos de ética democrática. Durante muchos años hemos actuado como si la democracia fuera una infraestructura que, una vez construida, funcionara casi sola: una Constitución, elecciones periódicas, parlamentos, tribunales y libertad de prensa. Todo esto es imprescindible. Pero no es suficiente. Una democracia necesita ciudadanos dispuestos a participar, capaces de escuchar y deliberar, con criterio para valorar la información y suficiente resistencia democrática para continuar respetando las reglas, los derechos y los adversarios incluso cuando están enfadados, tienen miedo o sienten que pierden. Y estas capacidades no aparecen espontáneamente cuando cumplimos dieciocho años. Se aprenden.Aquí es donde la escuela adquiere una responsabilidad que va mucho más allá de recuperar puntos en PISA. Evidentemente que tenemos que mejorar matemáticas, ciencias y lectura. De hecho, poder entender un texto complejo es probablemente una de las mejores defensas contra la manipulación. Pero educar a ciudadanos democráticos no consiste en añadir una hora de “valores” al currículo ni en memorizar el funcionamiento del Parlamento. La democracia se aprende practicándola. Se aprende cuando un alumno tiene que defender una posición con argumentos y escuchar la contraria. Cuando tiene que distinguir una fuente fiable de una que no lo es. Cuando trabaja con otros alumnos con quienes no comparte origen, opinión o intereses. Cuando participa en una decisión real del centro y descubre que su voz tiene consecuencias. Cuando tiene que aceptar perder una votación. Cuando comprueba que estar convencido de una cosa no equivale a tener razón.Quizá, pues, después de PISA deberíamos formular una pregunta un poco diferente. No solo cuántos puntos queremos recuperar en lectura o matemáticas, sino qué ciudadano queremos que salga de nuestras escuelas. Alguien capaz de leer un texto largo. De escuchar una opinión que detesta. De distinguir un argumento científico de un eslogan. De no compartir una mentira aunque favorezca a los suyos. De participar sin querer excluir. Y de defender las reglas democráticas también cuando el resultado no es el que querría. Si la escuela no ayuda a formar a este ciudadano, el problema que tenemos es bastante más grave que salir mal en PISA. Necesitamos sobre todo enseñar a vivir democráticamente en un mundo que continuará siendo digital.