El magnate alemán condenado a Nuremberg que rehizo su fortuna tras el nazismo
El hijo de Friedrich Flick podría haber financiado a los socialistas españoles en los primeros años de la Transición
El miércoles 14 de noviembre de 1984, el entonces presidente del gobierno español, Felipe González, se levantó de su escaño en el Congreso de los Diputados para defenderse de las acusaciones que había recibido el PSOE de financiación ilegal. Abrazonado sobre el micrófono, dijo una frase que pasaría a la historia: "Ni de Flick, ni de Flock". Su referencia a Flick no tenía ninguna relación con quien cuatro décadas más tarde sería entrenador del FC Barcelona –que, por cierto, esa temporada ganó la liga alemana de Tercera División jugando con el SV Sandhausen– sino que ese Flick era un multimillonario alemán acusado de financiar a los socialistas españoles.
Friedrich Flick Empresario
- 1883-1972
El llamado caso Flick había estallado ese mismo 1984, cuando se supo que la Fundación Friedrich Ebert –una pantalla de los servicios secretos alemanes– había destinado un millón de marcos a lubricar la política española de los primeros años de la democracia. El nombre del caso provenía de la rama alemana del escándalo, y se refería a los sobornos con los que el hombre más rico de Alemania, Friedrich Karl Flick, subyugaba un buen grupo de políticos germánicos. Sin embargo, aquella gran fortuna no la había construido él, sino que la había heredado de su padre, Friedrich Flick.
Del fundador de la estirpe siempre se dice que construyó su fortuna dos veces, una antes de la Segunda Guerra Mundial y otra después del conflicto bélico. Más adelante veremos por qué. Su primer trabajo fue en una empresa minera, justo después de finalizar sus estudios. En una trayectoria meteórica, a los ocho años ya formaba parte del consejo de administración de la compañía. En 1926 empezó a invertir en la empresa de acero Vereinigte Stahlwerke, de la que cuatro años después tuvo el control. Esta compañía era un conglomerado formado por las principales empresas tanto de acero como hierro y carbón de Alemania. Precisamente, que la empresa tuviera un dominio tan grande sobre el mercado fue uno de los argumentos para que fuera acusada de manipular los precios de las materias primas en la década de los treinta. En una gran jugada, Flick hizo creer que tenía interés en vender el conglomerado en el estado francés, lo que obligó al gobierno alemán a comprarle las acciones por el triple de su valor real.
Con la fortuna surgida de la venta de la Vereinigte Stahlwerke, Flick puso las bases de su imperio, que abarcaba intereses muy diversos, desde las minas de hierro y las de carbón hasta las fundiciones, pasando por los ferrocarriles y los aviones o las fábricas de armamento. Pero el dinero también le sirvió para poner un pie en la política, y así se convirtió en uno de los principales financiadores del Partido Nazi de Adolf Hitler. Gracias a esta colaboración, parte de su imperio se sustentó en el expolio de las propiedades de los judíos y, en general, de los territorios ocupados por Alemania.
El desastre bélico alemán de 1945 cogió a Flick en fuera de juego, y tuvo que ver cómo no sólo se le expropiaba la mayor parte de su imperio, sino que además era imputado por crímenes de guerra en los célebres juicios de Nuremberg. Tres cuartas partes del patrimonio le fueron incautadas y adicionalmente fue condenado a una pena de siete años de cárcel, que no cumplió por completo. Según estudios recientes, hasta 40.000 trabajadores podrían haber fallecido mientras trabajaban para Flick.
Saldadas las cuentas con la justicia, empleó la porción de los negocios que le habían quedado para llevar a cabo la edificación, por segunda vez, de una gran fortuna. Cabe decir que Flick, como otros empresarios alemanes condenados, se benefició de las políticas de clemencia que las autoridades americanas aplicaron durante la Guerra Fría a algunos de los condenados por nazismo. Desde 1950, se deshizo de todas las inversiones mineras y utilizó el dinero para tomar una gran participación, del 40%, al fabricante de automóviles Daimler-Benz, así como en otras factorías de carácter industrial. Todo ello a precio de saldo por la situación del país. Además, fruto de las políticas que mencionábamos, buena parte de los bienes incautados le fueron restituidos, por lo que, sólo cinco años después, su imperio ya estaba formado por más de cien empresas de los sectores más diversos (acero, locomotoras, maquinaria industrial, papel, química, explosivos y fibras sintéticas, entre otros). Volvía a ser el hombre más rico de Alemania. Cuando murió, en 1972, le cogió el relevo su hijo Friedrich Karl, que es quien regó con marcos el Parlamento alemán, como explicábamos desde el principio.