¿Por qué no subimos más la tasa turística?
Se espera un verano de récord tanto en Barcelona como en el conjunto de Cataluña. Ante este escenario, cuesta entender por qué la tasa turística no ha subido aún más. Desde el 1 de abril, en la ciudad de Barcelona se pagan hasta 12 euros por persona y noche, en función del tipo de establecimiento. Lo que a menudo pasa desapercibido es que una parte de esta recaudación tiene una destinación finalista: el 25% se transfiere a la Generalitat para políticas de vivienda y el 75% restante se destina al Fondo para el Fomento del Turismo.La realidad es que la tasa turística es inelástica. Es difícil imaginar que un visitante deje de venir a Barcelona por un incremento moderado del precio por noche, especialmente en el caso de los establecimientos de gama alta. Mientras tanto, la ciudad afronta un déficit creciente en servicios, infraestructuras y mantenimiento del espacio público. Renunciar a esta vía de recaudación equivale, en el fondo, a desaprovechar recursos necesarios.Es cierto que también se puede argumentar que la tasa afecta al turismo local y los residentes también sufren las consecuencias. Pero precisamente por eso habría que reformular el sistema: establecer bonificaciones o reducciones para los residentes en Cataluña y orientar la tasa hacia una redistribución más justa de los costes que genera la actividad turística. Ahora bien, el debate no puede acabar en la cantidad recaudada. La cuestión central es qué se hace con este dinero. Si la ciudadanía percibe que la tasa turística sirve para reforzar el transporte público, ampliar el parque de vivienda asequible, mejorar la limpieza o reducir la presión sobre los barrios más saturados, el consenso social será mucho más amplio. El problema aparece cuando la recaudación se diluye sin un retorno visible ni una estrategia clara. ¿Quién sabía a qué se destinaban sus fondos?