Felip Massot, constructor inmobiliario: “He sido una persona libre, he hecho lo que he querido”

Con la vida que ha vivido Felip Massot i Felip, nacido en 1945 en Maldà (Urgell) y criado en Belianes, se podría escribir una novela: nacido en una tierra de secano y en medio del racionamiento de la posguerra, nada parecía anticipar que ahora, a los 76 años, celebraría el medio siglo de vida de su empresa inmobiliaria, Vertix, con un concierto de la Escolania de Montserrat y una cena en la Llotja de Barcelona rodeado de 300 amigos. Massot charla por los codos, sin tapujos y con la seguridad de los que han estudiado en la universidad de la calle y han triunfado en un mundo de tiburones. Es un vendedor nato, de los que no cierran un trato hasta que ven que el cliente queda contento. La primera lección se la dio su madre cuando lo enviaba a comprar el pan y le hacía alternar la compra entre las tres panaderías del pueblo: “Esto de estar bien con todo el mundo es una de las reglas básicas del comerciante, y yo lo aprendí de pequeño”. Tiene tan presente de dónde viene que la sede de su empresa en Barcelona la tiene en la plaza de Belianes.

¿Qué pensaba que sería?

— Yo quería ser empresario. Mi padre tenía un pequeño molino de aceite en los bajos de casa. Estábamos cenando en la cocina económica con la abuela y tocaban el timbre, y mi padre me decía: “Tú, ve a ver quién es”, y era Jaume, que podía tener 60 años, y yo, 14: “¿A qué precio pagáis las olivas?” Yo respondía: “A 4,50”. Y él: “El sindicato las paga a 4,70”. “Pues llévalas al sindicato”. Jaume soltaba un taco, y yo le decía: “Si me las llevas el domingo por la mañana, después de misa, te las pago”. Le hacía un albarán y volvía a subir hacia la cocina: “Era Jaumet de casa tal, si le compraba las olivas”. “¿A cuánto se las has pagado?”. “A 4,50”. Y seguíamos cenando.

Con 14 años ya negociaba precios.

— Y a los 16 años pasaba por esta espalda sacos de 50 kilos de trigo y cebada. Los de maíz eran muy fastidiosos, porque el maíz resbala. Si a los niños de ahora les pasáramos una película de cómo vivíamos, no se lo creerían. En la escuela teníamos una estufa que quemaba gracias a los troncos que llevábamos los alumnos cada día. En el pueblo, en invierno no se duchaba nadie. A ver quién se ducha con agua fría cuando afuera estamos a menos 2.

¿Cómo acabó yendo a Barcelona?

— Mi padre se arruinó y nos marchamos corriendo porque debíamos dinero. Estuve un año trabajando en una gasolinera de Andorra, hasta que la gente del pueblo fueron a buscar a mi padre y le dijeron que volviera, que ya se esperarían a cobrar, porque si lo tenía que arreglar un juez sería peor. Volvimos y me convertí en el pilar de casa. Tenía 17 años. Pagamos las deudas y me dije: “Aquí no haremos nada. Hacia Barcelona”.

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¿Y por dónde empezó?

Un cura que conocíamos nos dijo que en Via Laietana, 30, 6º A, necesitaban a alguien para trabajar. Resultó ser el edificio de Ramon Guardans, que hizo su suegro, Francesc Cambó. Me recibió un señor que se llamaba Arraut y me hizo charlar, y como de charlar sé un rato largo, al cabo de media hora me dijo: “¿Cuándo podrías empezar?” “Pues ahora mismo”. Y, ala, a buscar una pensión.

¿Cuál fue su primer sueldo?

— 4.000 pesetas. Pagaba 2.800 de pensión y me quedaban 1.200, y todavía podía ir al cine. Si iba el sábado, el domingo no me tocaba. Después de un año fui a buscar a todos los de casa y los llevé a Barcelona, en un 5º piso sin ascensor. Mi madre había sido modista de jovencita y cosía para el vecindario.

¿Cómo acabó en el negocio inmobiliario?

— El señor Guardans hacía pequeños ensanches en Viladecans y en Gavà, a base de comprar parcelas. Era el amo del camping La Ballena Alegre y, cómo es la vida, al cabo de 25 años le compré el camping. Fuimos muy amigos, era todo un personaje.

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Usted enganchó el boom de la construcción de los 60 y 70.

— Era bonito, porque era gente como yo, que acababan de llegar. Ellos venían de Jaén y yo de Lleida, pero éramos lo mismo, y nos entendíamos. Nos compraban una parcela para hacerse una casa, pagando un 30% de entrada y el resto en tres o cuatro años de letras. Les tenías que ver la cara de ilusión haciéndose la casa. Quizás venían de un lugar en el que el amo iba a caballo y ahora ellos tenían una propiedad y un proyecto de vida.

Y se dedicó a comprar y vender parcelas.

— Vi que había gente que necesitaba terrenos para hacer pisos en Viladecans, Gavà, Castelldefels... Y pensé: “Si me entero de quién son los terrenos, facilitaré la compraventa y cobraré una comisión”. Y así fue. Tenía 21 años. El año 69 me compré un 124 que me costó 120.000 pesetas. Con 26 años había ahorrado 6 o 7 millones. Eso sí, no me iba de viaje a Honolulú, me lo guardaba todo.

Y se estableció por su cuenta.

— Pensé: “Decidiré yo y no me mandará nadie”. He sido una persona libre. Dentro de las limitaciones que tenemos todos, he hecho lo que he querido. Solo me han condicionado la ley, la moral y las buenas costumbres. Ahora hacer un negocio así no sería tan fácil, faltan solares para edificar con el precio oportuno para que me aguante la sonda.

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¿Qué es la sonda?

— Cuánto me cuesta el terreno, los albañiles, los arquitectos, los permisos municipales, las escrituras, los registros de la propiedad, todo esto, y entonces llegas al precio de coste, y cuando lo tienes añades el tanto por ciento de beneficio y sabrás a qué precio lo tienes que vender. No falla. Para hacer la sonda tienes que saber contar.

¿No fue nunca a la universidad?

— Llegué a segundo de derecho, pero ya no tenía horas y tiré de sonda, ganas de trabajar y sentido común. Y de informarme: qué quiere la gente, quién tiene el suelo, qué planes tiene el ayuntamiento... Soy un gran mirón, siempre pregunto. Conocer el territorio requiere horas, y a mí me divierte ir el domingo por la mañana a ver territorio.

¿Por cuánto vendía un piso nuevo hace 35 años?

— Por un millón de pesetas.

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6.000 euros. ¿Cuánto vale este piso hoy en día?

— 40 veces más.

Los sueldos no han subido 40 veces. ¿Quién se ha quedado la diferencia?

— A ver, es que ha cambiado todo. Aquellos pisos no tenían la calidad de hoy. Ahora un metro de obra me cuesta 1.000 euros: si los hiciéramos como entonces valdrían 650. Hoy, el coste por metro cuadrado de la urbanización puede ser 200 euros. Entonces quizás eran 25. El ayuntamiento se lleva entre el 4% y el 5% del valor del proyecto. Estoy haciendo un apartahotel de 90 habitaciones en Sitges y solo el permiso de obras me cuesta 1,2 millones. Los sueldos podían ser más altos, pero las cargas sociales eran más bajas. Y hace 40 años la gente ahorraba más porque vivía de una manera más sencilla. Yo no supe qué eran las vacaciones hasta que tuve 30 años.

¿Cómo lo tenemos que hacer para tener vivienda asequible?

— En Barcelona es muy difícil, porque para encontrar algo nueva hace falta, como mínimo, medio millón.

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¿De dónde saco medio millón de euros?

— Te tienes que ir a Sant Feliu o a Molins de Rei. En Barcelona no podemos vivir todos, solo tiene 96 kilómetros cuadrados. Fíjate que, poco más o menos, en Barcelona hay el mismo número de habitantes ahora que hace 40 años. Ha habido mucha rotación pero no ha crecido, porque no puede crecer más. El problema siempre es el suelo. Hacer un piso de 100 metros cuadrados y tres dormitorios, bien hecho, si lo hace la administración pública, que no tiene impuestos, son 120.000 euros, igual en Lleida que en Tarragona o Girona. Cada vez que haces un barrio nuevo, el 10% de lo que sale lo tienes que ceder al ayuntamiento y tienes que poner un 30% de todo lo que sale de protección oficial. Aparte de que hoy, en la construcción, no encontramos albañiles ni carpinteros ni electricistas. Y eso que tenemos un montón de paro.

¿Si pagaran mejor no tendrían más gente?

— No discuto que haya mileuristas o menos, pero en mi casa no hay nadie que cobre menos de 1.000 euros. También ha pasado que, como ha llegado tanta gente de fuera que se ofrece barato, han bajado los sueldos.

No hemos hablado de aquello que usted llama “la fiesta mayor”: cuando ibas a un banco y te daban el 120% del coste del piso.

— Los promotores nos emborrachamos, te lo financiaban todo. Venían amigos míos que no tenían nada que ver con el mundo inmobiliario y decían: “Felip, ahora soy promotor”, y te daban lecciones. Toda la vida había existido el herrero, el carnicero y el panadero que se juntaban con un aparejador y hacían una casita de pisos, pero a partir del 2000 los bancos dejaron mucho dinero a gente que decías “Madre de Dios”. Y nos equivocamos todos. Lo que pasa es que, si te equivocaste menos, saliste adelante. Nosotros nos enganchamos los dedos, pero teníamos mucho patrimonio y lo pudimos arreglar.

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¿Volvería a ser promotor?

— Sí, yo sé hacer lo que sé hacer. Siempre puedes encontrar al propietario de un solar que te haga confianza, que le das un dinero y dos pisos y lo convences. Y si quiero ver de quién es aquello, sé dónde llamar. Se llama oficio. Es que la gente se piensa que haciendo económicas y un máster de inmobiliaria ya sabe, y no, el máster lo tienes que hacer en la tienda. Te tiene que hacer ilusión y, al principio, tienes que dar más de lo que te piden, porque con esto aprenderás el oficio.

¿Núñez ha sido el constructor más importante de este país?

— Núñez fue un magnífico promotor inmobiliario, hasta el punto de que, en el Eixample de Barcelona, un piso Núñez vale algo más que un piso que no sea Núñez, porque están bien hechos. Hay casas que me gustan más y otras menos, pero las encuentro más que dignas.

La estética es muy discutible.

— Sí. Quizás no lo tendría que decir, pero me da igual: cojamos pisos de premios FAD hechos hace diez o doce años y vamos a ver cómo están. Y cuando dicen “Esta casa es fea”, ¿es culpa del promotor? No, perdona, esta casa tiene un arquitecto y el proyecto lo ha visado el colegio de arquitectos. Y ha pasado por el ayuntamiento. Y tiene que cumplir unas normas. Si no os gusta, cambiemos las normas.

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¿Este país lo han construido los alcaldes socialistas o la Generalitat convergent?

— Ambos. El gran defensor del urbanismo fue Joan Antoni Solans desde la Generalitat. El gran cambio lo pusieron los alcaldes socialistas. Un día tendríamos que hacer un homenaje a alcaldes y concejales, la inmensa mayoría son honestos. Traedme una sola prueba de que el plan de suelo metropolitano tiene una recalificación de interés privado. Bueno, hubo la del Espanyol en Sarrià, que yo también habría dicho que sí. Dijeron que sí porque Lara tenía que cobrar. Da igual, la ciudad no se podía desentender de una entidad como el Espanyol y todo ello mejoró, porque ese campo era una chapuza y ahora hay unos pisos y está muy bien. Pero ha habido mucha más honestidad que corrupción. Nos tenemos que felicitar en Catalunya por las cosas buenas.

¿Cuántas horas trabaja al día?

— Todas. Es que yo no trabajo, yo me lo paso bien. No me veo yendo a buscar el pan y paseando al perro. Y hasta el último día pienso hacer lo que he hecho. He sido un hombre feliz, con una compañera maravillosa, con la que me volvería a casar ahora mismo, y hace más de 40 años que estamos juntos.