Periscopio global

Japón: el país más vulnerable en el bloqueo de Ormuz

La caída histórica del Nikkei evidencia la dependencia energética del petróleo del Golfo y el poco margen de maniobra de un gobierno lastrado por una deuda récord.

11/03/2026

TokioLa bolsa de Tokio vivió este lunes una de las sesiones más turbulentas de los últimos años. El índice de referencia Nikkei 225 se desplomó más de 4.000 puntos, una caída de aproximadamente el 7%, en medio del pánico de los inversores frente al bloqueo del estrecho de Ormuz, una de las principales arterias del comercio mundial de petróleo. El bache llega sólo una semana después de que el índice marcara nuevos máximos históricos, un contraste que ilustra hasta qué punto la crisis energética puede dar la vuelta en cuestión de días al optimismo de los mercados. Ante la escalada de la tensión, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, anunció que el gobierno estudia recurrir a las reservas estratégicas de petróleo y activar medidas para frenar el aumento del precio de la gasolina, que podría superar los 210 yenes por litro, cuando apenas hace unas semanas costaba 138 yenes.

La reacción de los mercados pone en evidencia una vulnerabilidad estructural de Japón: el país prácticamente no dispone de recursos energéticos propios e importa más del 90% del petróleo que consume, una dependencia que le convierte en especialmente sensible a cualquier sacudida en el mercado mundial del crudo. Desde el cierre de buena parte del parque nuclear a raíz del accidente nuclear de Fukushima Daiichi hace justo quince años, Japón ha reforzado aún más su recurso a los combustibles fósiles para alimentar su industria y su sistema eléctrico. En este contexto, cualquier tensión en el Golfo Pérsico –y especialmente en el paso estratégico del estrecho de Ormuz– tiene un impacto inmediato en la economía japonesa.

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Esta vulnerabilidad se hace aún más evidente si se mira el origen del crudo que alimenta la economía japonesa: aproximadamente el 90% del petróleo que importa el país proviene de Oriente Próximo, con proveedores clave como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Kuwait. Gran parte de este suministro atraviesa precisamente el estrecho de Ormuz, el paso marítimo por el que circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial y cualquier interrupción en ese estrecho, aunque sea temporal, tiene el potencial de alterar de inmediato los precios de la energía y poner en tensión las economías más dependientes de las importaciones, entre ellas la japonesa.

El impacto de una escalada energética no se limita a los mercados financieros. Un aumento sostenido del precio del crudo se traduce rápidamente en gasolina más cara, en mayores facturas eléctricas y en costes de producción más altos para la potente industria manufacturera del país. En una economía que todavía lucha por consolidar la recuperación después de años de crecimiento modesto, el encarecimiento de la energía puede alimentar la inflación y reducir el consumo interno. Además, la debilidad persistente del yen encarece aún más las importaciones de energía, lo que acentúa la presión sobre empresas y hogares.

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Ante este escenario, el gobierno japonés estudia varias vías para amortiguar el impacto de un eventual choque energético. Entre las primeras opciones se encuentra el recurso a las reservas estratégicas de petróleo, un instrumento que el país ya ha utilizado en otras crisis para estabilizar el suministro y contener la escalada de los precios. El ejecutivo también podría reforzar los subsidios a la gasolina para proteger a consumidores y empresas, una política aplicada en los últimos años para frenar el impacto del encarecimiento del crudo. A más largo plazo, el debate sobre la seguridad energética vuelve a poner sobre la mesa la reactivación de más reactores nucleares, una cuestión delicada en el país desde la catástrofe de Fukushima.

El peso de la deuda

Sin embargo, el margen de actuación del gobierno es limitado, ya que Japón arrastra el mayor nivel de endeudamiento público entre las grandes economías avanzadas, con una deuda que supera ampliamente el doble de su producto interior bruto. Este lastre fiscal dificulta desplegar grandes paquetes de estímulo sin aumentar aún más la presión sobre las finanzas públicas. En este contexto, una prolongada crisis energética no sólo amenazaría el crecimiento económico del país, sino que pondría a prueba la capacidad de Tokio para proteger su economía de un choque externo en un momento de fragilidad financiera.

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El bloqueo de Ormuz no es sólo un reto logístico, sino una prueba de fuego para el liderazgo de Takaichi. En un gobierno que sueña con la relevancia geopolítica, la fragilidad energética dicta la realidad: sin un rumbo claro hacia la autosuficiencia o nuevas alianzas en el Indopacífico, la economía nipona seguirá siendo rehén de los conflictos en el otro extremo del continente y de una factura eléctrica que amenaza con ralentizar el motor.