El balance de la visita del Papa

¿Qué huella dejará la visita del Papa? Sin duda, León XIV, desde su condición de jefe de Estado y jefe religioso, ha impactado en la vida política y ciudadana. Se le han querido hacer suyo a derecha e izquierda. Pero su diáfano discurso de carácter netamente social, a favor de la acogida de inmigrantes, de la paz y de una economía al servicio de las personas, y por tanto a las antípodas del trumpismo y la ultraderecha catalana y española, sobre todo ha dado aire a los de Pedro Sánchez.

En cuanto a Cataluña, en un calculado equilibrio lingüístico catalán-castellano, el pontífice se ha hecho suya la Moreneta y la Sagrada Familia de Gaudí mientras insistía en elogiar la convivencia en la diversidad y en visitar presos (Brians) y desfavorecidos (parroquia de Sant Agustí, en el Raval). Diplomacia vaticana en estado puro. En cuestiones de moralidad, pocas novedades: no al aborto y, al mismo tiempo, una autocrítica sincera pero calculada sobre la pederastia dentro de la Iglesia, además de hacer énfasis en la necesidad de poner fin a la violencia contra las mujeres; unas mujeres que, sin embargo, continúan teniendo un papel del todo subalterno en el seno de la institución que encabeza León XIV.

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En un estado aconfesional, la visita papal dejará un regusto agridulce en cuanto a la incapacidad de las instituciones políticas de marcar una cierta distancia ni que sea estética con la Iglesia católica. ¿Eran necesarios los siete minutos de aplausos en el Congreso de los Diputados? Un Congreso donde, por cierto, la pax romana ha durado pocas horas: este miércoles el PP y el PSOE ya se han vuelto a tirar los trastos a la cabeza. ¿Era necesario colgar la bandera vaticana en la Generalitat y el Ayuntamiento? ¿Sabremos nunca cuántos dinero han dedicado las administraciones a la organización de la recepción? Es verdad que el pontífice ha levantado un notable fervor y expectación ciudadana, pero esto no lo puede justificar todo.

Un fervor, por otra parte, más masivo y extremado en Madrid que en una Cataluña muy secularizada, donde, en consonancia, ha habido más contención en las puestas en escena, cosa no tan fácil dada una tradición milenaria que hace que la maquinaria vaticana y la liturgia católica sobresalgan en la capacidad de generar un espectáculo de impacto y emoción popular.

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Y aquí entramos en otra dimensión, o efecto colateral, de la presencia del pontífice entre nosotros. La visita de León XIV al Estado, y en especial a Barcelona y, aún más en concreto, al icónico y globalizado templo de la Sagrada Familia, tendrá consecuencias. Ha despertado un fenomenal interés mediático global. La retransmisión urbi et orbi de la bendición papal de la torre de Jesús comportará en los próximos años un más que probable aumento del turismo en la ciudad, tal como ya pasó cuando en 2010 Benedicto XVI consagró la basílica de Gaudí. En cambio, si algo sobra en Barcelona son turistas. Y si algo falta son viviendas.

Este jueves, el Papa se marchará dejando un recuerdo entrañable para muchos. Y en Canarias, aún reforzará su mensaje a favor de la acogida, tan necesario. Se irá, además, bajo el impacto estético de haber bendecido la cruz de Jesús que corona el templo gaudiniano, una Sagrada Familia con la que el pontífice aspira a iluminar el mundo con un mensaje de esperanza en la paz, la tolerancia y la justicia para los más necesitados.