El ejemplo de Navalni, dos años después
Aunque es Donald Trump quien suele ser el foco de atención pública internacional en los últimos tiempos, no podemos olvidarnos del presidente ruso, Vladimir Putin, un personaje mucho más oscuro que el estadounidense, puesto que gobierna un país sin los contrapesos democráticos de Estados Unidos. Las prisiones rusas están llenas de disidentes, cada día se informa del cierre de ONGs o entidades que por algún motivo resultan molestas al régimen, y todo ello por no hablar de los miles de rusos que mueren a diario en el frente ucraniano sólo por los delirios imperiales del inquilino del Kremlin.
De entre todos los opositores que han plantado cara a Putin sobresale la figura de Aleksei Navalni, que fue asesinado hace dos años mientras cumplía pena de prisión. Una investigación de los gobiernos británico, sueco, francés, alemán y neerlandés ha concluido, analizando restos de su cuerpo, que Navalni fue envenenado con una toxina letal presente en ranas venenosas de América del Sur. El envenenamiento, por cierto, es una de las especialidades de los servicios secretos rusos desde la época del KGB.
Putin no es sólo un líder autoritario, sino que gobierna un régimen asesino que no tolera la disidencia y donde la democracia es sólo una apariencia sin contenido real. Putin es, seguramente, lo que Trump querría ser: un dictador sin más límite que su moral. Eso sí, ambos comparten el desprecio en Europa y sus democracias liberales y la fascinación por una forma muy masculina de entender el poder. Ambos también comparten la idea de que Europa debería seguir siendo un pequeño grupo de países divididos y gobernados por políticos de su cuerda, como el húngaro, Viktor Orbán, al que este lunes Marco Rubio ha visitado para darle un empujón de cara a las elecciones de abril.
En este contexto, el ejemplo de Navalni y su legado deberían estar muy presentes en las cancillerías europeas, que discuten de nuevo si es posible negociar con Putin o no. El opositor ruso era muy consciente del futuro que le esperaba, por lo que grabó un documental que recoge sus últimos días en libertad en Europa, antes de regresar a Rusia y ser detenido. Su objetivo era despertar conciencias, dentro y fuera de Rusia, y lanzar un mensaje claro: no confíe en Putin. Y su asesinato es la prueba palmaria de que Putin sólo entiende el lenguaje de la fuerza y la violencia. Quizá por eso está tan ofuscado en una guerra, la de Ucrania, que dura ya más que la que los rusos llaman Gran Guerra Patriótica (1941-1945) contra los nazis.
Podemos adelantar lo que Navalni pensaría de Trump leyendo las opiniones de otro ilustre opositor ruso, el excampeón mundial de ajedrez Garri Kaspárov, quien justamente denuncia que el movimiento MAGA es el aliado perfecto del autócrata ruso. De ahí que honrar el recuerdo de Navalni significa situarse en el bando contrario de la historia del que ocupan personajes como Trump y Putin.