El error de los maquinistas

Exceptuando la pandemia, la crisis ferroviaria es, por su magnitud y duración, uno de los episodios infraestructurales –y por extensión económicos y sociales– más graves que ha vivido Catalunya en los últimos años. Después de décadas de desatención, va a costar tiempo y dinero volver a poner al día la red de Cercanías, y todavía va a costar más volver a ganar la confianza de los usuarios y de los ciudadanos en su conjunto.

Un fallo sistémico como éste no hace sino profundizar en la desafección política y poner contra las cuerdas el sistema institucional, dando alas, ahora mismo, a los partidos antisistema de la ultraderecha populista. En este sentido, en realidad es preocupante que las manifestaciones de este sábado no tuvieran una respuesta masiva: quiere decir que la gente realmente no cree en una posible solución y quiere decir, también, que la protesta se vehiculará por otras falsas y más imprevisibles vías.

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En este contexto, la huelga de los maquinistas y del conjunto de ferroviarios ha supuesto añadir una mayor desesperación e incomprensión a los viajeros. Si hasta ahora eran vistos como parte de las víctimas de la deficiente inversión y mantenimiento –en los accidentes de Gelida y Adamuz murieron maquinistas–, de repente, con la huelga de este lunes, han pasado a convertirse en parte del problema. ¿Cómo puede que, en medio del caos, en lugar de arremangarse para asegurar un servicio ya de por sí dañado, hayan contribuido a hacer aún más hondo el desastre con una huelga en la que, además, no se han cumplido los servicios mínimos? Cuesta entender una actitud tan insensible y ajena a la crítica situación general.

De hecho, en toda esta crisis ferroviaria, a menudo ha quedado claro que la inflexibilidad del personal de Renfe, sumada a la mala coordinación Renfe-Adif ya la falta de herramientas y capacidad de la Generalitat para cuadrar a los trabajadores, ha comportado que los reiterados anuncios de recuperación de líneas nunca se acabaran de cumplir. Pero los sufridos usuarios y una opinión pública instalada en el fatalismo no parecían pasarles factura y apuntaban más arriba, a los gestores (Renfe y Adif) ya los responsables políticos (con el Estado por delante y el Gobierno en un expuesto segundo plano).

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Pero la inoportuna convocatoria de huelga ha girado la tortilla. Sólo duró un día porque era insostenible, incomprensible. Los acuerdos alcanzados para desconvocarla tan rápidamente no parecen variar demasiado de lo que ya se había prometido: doblar la inversión en los trenes, más garantías para el mantenimiento de la red, más plantilla –aquí sí se nota– y un seguimiento transparente de todo el proceso.

Sin huelga y con una actitud pública de compromiso y responsabilidad, seguramente los ferroviarios se habrían legitimado más a la hora de conseguir avances profesionales y laborales, tal y como por ejemplo ocurrió durante la pandemia con el colectivo médico, cuya entrega indiscutible durante su desplome vale con la mayor tormenta de las coronavirus –poniendo en riesgo la ciudadanía. No ha sido el caso de los maquinistas, a los que les ha faltado meterse en la piel de los usuarios y establecer una auténtica alianza en beneficio de un salto adelante en el servicio ferroviario, incluida la gestión de proximidad por parte del gobierno catalán, elemento contra el que hasta ahora también han ido en contra.