El nuevo chabolismo y el sinhogarismo, un reto social
BarcelonaEl barraquismo llegó a ser una realidad consolidada en la Barcelona de los 60, con núcleos que se convirtieron en auténticos barrios como Montjuïc o el Somorrostro, pero parecía que se había dejado atrás en los años 90 con las grandes operaciones urbanísticas que comportaron los Juegos Olímpicos. En cambio, el sinhogarismo nunca se llegó a erradicar, pero se vinculaba a situaciones de marginalidad extrema o adicciones. Ahora, la llegada de nuevos contingentes de población inmigrante (igual que pasó en los años 60), tanto el sinhogarismo como un nuevo barraquismo vuelven a proliferar y plantean un enorme reto político a una sociedad que, si bien ha prosperado económicamente mucho en los últimos 50 años, mantiene importantes diferencias sociales.
El caso es que el fenómeno ha adquirido una dimensión lo suficientemente importante como para que la administración ponga el foco en él, ya que, aparte del drama personal de la gente que se ve obligada a vivir en la calle o en infraviviendas míseras, hay problemáticas asociadas que son combustible para la extrema derecha, ya que muchas veces el racismo está vinculado a la aporofobia, es decir, al rechazo al pobre. De entrada es imprescindible que esta cuestión no quede en manos de cada gobierno municipal, porque eso provoca una carrera por deshacerse de estas personas enviándolas a otra población. Debe ser la Generalitat la que coordine las políticas y ponga los recursos necesarios para evitar que el discurso de demagogos y populistas cale entre la población. La ley de sinhogarismo que se está tramitando en el Parlament debe acelerarse y debe ir acompañada de la memoria económica pertinente.
Invertir en políticas sociales y en equipamientos que sirvan para alojar a personas que no tienen nada o lo han perdido todo puede ser un ejercicio de defensa de los derechos humanos o una posición de moral cristiana, en la línea de los discursos del papa León XIV de estos días, pero también se puede ver como una inversión que sirva tanto para reincorporar al circuito laboral a muchas de estas personas como para facilitar la convivencia en los barrios. Solo hay que leer los testimonios recogidos por el ARA para comprobar que, salvo casos puntuales normalmente relacionados con enfermedades mentales o adicciones, nadie vive de esta manera por voluntad propia. Cerrar los ojos y no hacer nada solo empeorará la situación y dará alas a los que reclaman deportaciones masivas al estilo del ICE en Estados Unidos.
En toda esta lucha hay unos protagonistas que merecen un reconocimiento especial, y son las ONG y entidades que trabajan con las personas sin hogar. Cada día voluntarios de Arrels Fundació, Amics del Quart Món y la Cruz Roja recorren las calles y llevan calor y suministros básicos a estas personas, que lo agradecen. En un mundo donde rige el individualismo feroz y la falta de empatía, su ejemplo resulta especialmente inspirador.