El nuevo viejo colonialismo

Sin excusas y sin subterfugios. Algo que sí puede agradecérsele a Donald Trump es que va de cara y no esconde sus intenciones. Al principio de su mandato entró con un bulldozer en la misma administración estadounidense para situar a sus hombres y sacar a todos aquellos que le molestaban; después desmanteló todo el sistema de ayudas exteriores, como el USAID, y entró a saco en universidades y centros de investigación para imponer su ideología contra los derechos sociales; ha reconvertido a la policía migratoria en un grupo paramilitar de control social para imponer internamente el supremacismo blanco de sus seguidores, y ahora está interviniendo directamente en el terreno internacional reclamando tributos, en forma de aranceles, en todo el mundo, y reclamando los territorios que encuentra que le corresponden para asegurar su poder. Según su visión, todo el hemisferio occidental, es decir, medio mundo, es suyo. Y seguramente debe encontrar un gesto de generosidad que el otro hemisferio se lo puedan repartir, principalmente, los chinos y los rusos.

¿Qué significa, sin embargo, el hemisferio occidental? Quiere decir toda América, tanto la del Norte como la del Sur. La intervención en Venezuela, que de momento le está saliendo bien, no será la única y esta semana ya ha amenazado con entrar en México con la excusa del narcotráfico, y ya hace tiempo amenazó a Canadá con una anexión forzada. Colombia, Cuba y Panamá también están en la lista. Y claramente ha dicho que quiere Groenlandia, una vieja obsesión suya, que justifica tanto por sus materias primas como, sobre todo, porque le permite controlar el paso del Ártico y recuperar así el control de los mares que ahora tenía cada vez más China. Y supone, también, buena parte de Europa, que por lo visto hasta ahora no tiene capacidad ni voluntad de defenderse.

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Y sería una parte, tal vez, porque tal y como están las cosas da miedo pensar lo que puede haber pactado con Putin respecto a los países que antiguamente formaban parte de la órbita soviética. Asia, de momento, quedaría en manos de China, pese a los lazos militares y económicos que mantienen Estados Unidos con Japón y Corea del Sur. África es cada vez más china aunque el norte está bajo la influencia estadounidense y las últimas intervenciones en Nigeria, Somalilandia y Sudáfrica, vía Israel, hacen pensar que también quiere mantener los intereses por mucho que haya retirado de forma drástica las ayudas. Y Oriente Próximo, vía Israel también, podría terminar también bajo la órbita de Washington.

Parece, como se ha dicho muchas veces, un retorno al viejo colonialismo, en el que las grandes potencias, en ese momento europeas, se dividían en tiralíneas los países sin complejos para quedarse con sus recursos e imponer su manera de vivir utilizando para ello la fuerza militar y la represión policial. Así se han forjado todos los imperios. Del romano al otomano, del español al británico. Según la visión de Trump y sus aliados, que son muchos, los estudios sobre poscolonialismo, al igual que el derecho internacional, sólo tienen espacio como una asignatura de la carrera de historia. Todavía estamos en medio del proceso y no está del todo claro cómo quedará el dibujo final, pero urge que Europa reaccione si no quiere acabar convertida en una colonia, en el peor de los casos, de vacaciones.