En la preocupante y compleja crisis educativa que sufre el país –inclusión, nivel de conocimientos, debate sobre métodos, abandono escolar, diversidad del alumnado, peligro de segregación, inseguridad en algunos centros, etc.–, una crisis, por otra parte, muy general en todo el mundo, desde hace semanas el elemento que ha adquirido máxima relevancia y centralidad en Cataluña es la cuestión salarial. No es un elemento menor. Y es absolutamente una reivindicación legítima. Cualquier grupo profesional tiene derecho a reclamar mejoras de sueldo, claro. También los docentes, que, en efecto, como el grueso de trabajadores catalanes, han perdido poder adquisitivo en los últimos años.
En este contexto, los sindicatos del sector han sabido erigirse en punta de lanza del malestar docente y han contado con un amplio aval del colectivo que representan, unos maestros y profesores que se sienten castigados y cuestionados por la sociedad y que, en consecuencia, han radicalizado su queja. Esta radicalidad se ha visto en la calle y se ha visto también en la mesa de negociación con el Govern, una negociación que ha acabado focalizándose en el salario y en la escuela inclusiva, para la cual piden más apoyo y sobre todo más manos.
El departamento de Educación, a remolque de un pulso sindical marcado por un inédito, intensivo y extensivo calendario de huelgas, ha ido aumentando su oferta, que arrancaba de un primer acuerdo con los sindicatos minoritarios del sector –UGT y CCOO–. Después de una dura pugna, el último posicionamiento de la conselleria, de este jueves, comporta prácticamente doblar la apuesta con una oferta que se acerca mucho al umbral salarial mínimo que había fijado el sindicato mayoritario –USTEC–: una mejora, a alcanzar en los cuatro años próximos, cercana a los 400 euros al mes, lo que situaría el sueldo bruto base de un maestro en más de 2.700 euros brutos al mes, sin contar antigüedad y complementos por cargo o destino. Hay que tener en cuenta que el sueldo bruto medio en Cataluña se sitúa unos mil euros por debajo de esta cifra.
Con esta oferta, el acuerdo debería estar a la vuelta de la esquina. Sería bueno que en las próximas horas hubiera suficiente cintura y responsabilidad para que el diálogo no naufrague. Sería altamente preocupante que el curso acabara con las partes enfrentadas y que el próximo curso comenzara con la misma tensión. Sobre todo porque el entendimiento, si se produce, será solo un punto de partida para reconducir un clima que lleva demasiado tiempo enrarecido.
Un entendimiento sindicatos-departamento sería, de hecho, solo un primer paso pacificador que debería tener continuidad con un entendimiento del conjunto de la comunidad –docentes, administración, pedagogos, familias, sindicatos– para conjurarse para sumar esfuerzos. Hay que desterrar el clima de pesimismo y confrontación. Es imprescindible que se deje de buscar culpables y se comiencen a buscar soluciones valientes e imaginativas, muy probablemente también diversas en función de los entornos. Solo sin miedo, con apertura de miras y generosidad, se podrá salir del atolladero educativo en que estamos instalados. En otros tiempos más complicados se consiguió. Hoy también ha de ser posible. Es la hora de llegar a un acuerdo para encarar el futuro educativo con nuevo empuje.