Servicios de rescate llevan el cuerpo de una víctima tras un ataque aéreo israelí, en el barrio de Tallet al-Khayat de Beirut, Líbano.
08/04/2026
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Contra Irán, Trump no ha ganado. Trump, ciertamente, tampoco ha perdido. Lo mismo se podría decir del régimen de los ayatolás, que han visto cómo se les decapitaba la cúpula, pero han respondido extendiendo el conflicto a todo Oriente Medio, en especial al enclave energético crucial del estrecho de Ormuz. El veredicto más justo sería de tablas, de empate, pero un empate del cual de momento casi todo el mundo –con la única excepción directa de Israel e indirecta de Rusia– ha salido malparado: los Estados Unidos no han conseguido el tan proclamado cambio de régimen en Teherán, Asia ha sufrido una gravísima escasez energética, Europa dubitativa esta vez se ha quedado al margen de las llamadas a la acción del amigo americano al tiempo que veía cómo se debilitaba la posición de Ucrania frente a Moscú, las monarquías árabes del Golfo han perdido su glamour turístico-financiero y, por supuesto, Irán ha sufrido un ataque severísimo a su sistema político y a sus infraestructuras.

Tanto la diplomacia disruptiva de Trump, marcada por su incontinencia verbal, a menudo insultante (como si solo se supiera relacionar a base de amenazas superlativas), como su guerra con fecha de caducidad anunciada, han dado un resultado incierto. Estamos ante un alto el fuego precario al cual no se ha sumado su compañero de viaje más fiel y peligroso, un primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que es quien empujó al conflicto al mandatario estadounidense; un Netanyahu, además, que no se ha dado por aludido con el anuncio de detención de las hostilidades: el Líbano continúa siendo arrasado.

En la jerga política y mediática de los Estados Unidos, estamos ante un nuevo escenario TACO, la tendencia a encogerse en el último momento: Trump always chickens out, que se podría traducir como "siempre acaba haciendo el gallina (o siempre se acobarda)". ¿Siempre? En realidad, nunca. Precisamente esta frivolidad fanfarrona es parte del problema y de la estrategia de la imprevisibilidad. La consecuencia es que a Trump ya nadie se lo cree: ni cuando amenaza ni cuando proclama la paz. Su retórica, que va de un extremo a otro, es tan exagerada como vacía. Un día amenaza con la destrucción total de la civilización en Irán y al día siguiente proclama una paz histórica que volverá a traer la paz y la riqueza al mundo. Sus maneras histriónicas de telepredicador del apocalipsis o del paraíso generan vergüenza ajena y han situado la política actual en un modo imposible de predecir.

De hecho, estamos en una encrucijada de difícil diagnóstico. El mundo se ha vuelto impredecible, incluida la economía. Ahora mismo, ambas partes, los Estados Unidos e Irán, se proclaman ganadoras. Pero la verdad es que ambas partes están perdiendo. Y, como se está comprobando, el alto el fuego es extremadamente débil, sometido sobre el terreno a un fuego cruzado que este miércoles, aparte de los ataques brutales del ejército israelí en Beirut, donde está muriendo mucha población civil, ha continuado tanto en los países del Golfo como en Israel y Irán. Se está muy lejos de la paz, pero también del mismo alto el fuego efectivo. Y, sin embargo, es mucho mejor esta supuesta parada, por muy incierta y propagandística que sea, que una deriva bélica completamente fuera de control.

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