Ucrania, ¿una guerra sin fin?
La guerra de Ucrania llegará este agosto a los cuatro años y medio desde su inicio, con la invasión rusa de febrero del 2022. No hay signos de distensión ni de negociación entre Kiev y Moscú. Ambos ejércitos apuntan cada vez más a objetivos civiles. A estas alturas, se ha convertido en una guerra de desgaste tanto en el frente como en la retaguardia: desgaste militar, psicológico, político y económico. Nadie tiene suficiente fuerza para derrotar al enemigo. Un bando y el otro buscan una posición de ventaja, no para la victoria, sino para sentarse a la futura mesa de conversaciones desde una posición de fuerza.
La que debía ser una mediación exprés de Trump ha resultado desde el principio, y con momentos esperpénticos como la recepción de Putin con alfombra roja en Alaska, un auténtico fail de vaivenes sin sentido. Dado el personaje, eran previsibles tanto los shows como los fracasos. Ahora parece que el presidente norteamericano tiene más sintonía con Zelenski que con Putin, pero esto podría volver a cambiar. La imprevisibilidad es el rasgo más característico de Trump.
Dado que Europa está claramente, y lógicamente, del lado de Zelenski, solo los Estados Unidos pueden liderar una mediación viable. Pero debe ser fiable. No como hasta ahora. Es decir, debe hacerse a la manera diplomática tradicional: sin prisas, con discreción, sin amenazas ni grandilocuentes declaraciones explícitas. Y todo esto significa que no se puede hacer al estilo Trump. En realidad, el presidente debería renunciar a interferir visiblemente y quedar en un segundo plano. Pero teniendo en cuenta su insaciable afán de protagonismo, no resulta del todo realista concebir esta posibilidad.
Solo hay una esperanza: que Trump mismo esté harto de sus indisimulables fracasos en la misma Ucrania y en Irán y que, por lo tanto, esté dispuesto a dejar margen de actuación a los suyos con la condición de que le consigan el triunfo de la paz europea antes del fin de su mandato. Porque para las midterm de noviembre ya no hay tiempo.
Europa, por supuesto, también debería implicarse en la solución diplomática. Más allá de rearmarse, de buscar a medio y largo plazo una autonomía defensiva al margen de los EE. UU. y de apoyar a Zelenski sin entrar directamente en combate, las potencias continentales –y también el Reino Unido– son las primeras interesadas en poner fin a una guerra en suelo europeo que ha puesto en evidencia las contradicciones de la UE –y también de la OTAN– y que no ha hecho sino tensionar la ya de por sí compleja y estancada unidad continental.
El fin de la guerra en Ucrania debe ser un objetivo prioritario occidental y europeo. La aspiración debería ser encarrilarla alrededor del quinto aniversario del inicio del conflicto: quedan seis meses. Colectivamente, estamos necesitados de mensajes de esperanza y, sobre todo, lo que hace falta es poner los esfuerzos en las otras crisis globales urgentes: la crisis climática, la crisis migratoria, la crisis democrática, la crisis educacional. Un final pactado que, sin humillar a nadie, supusiera un freno explícito al expansionismo ruso y la supervivencia de una Ucrania soberana y europea sería un buen final. ¿Cuándo será posible?