Editorial

La realidad de Marruecos no es la que vende su régimen

Una imagen del rey de Marruecos, Mohamed VI, a finales de julio en una calle de Rabat.
12/09/2026 - 20:29 h.
3 min

BarcelonaEl régimen marroquí se vende a sí mismo como un ejemplo de éxito, un país que se ha convertido en una potencia regional, con una interlocución privilegiada con la UE, los Estados Unidos e Israel y capaz de organizar grandes eventos deportivos como el Mundial de fútbol de 2030, junto con España, y para el cual está construyendo el que será el estadio más grande del mundo, con 115.000 asientos. Visto desde fuera, en los últimos años Marruecos ha dado un gran salto en infraestructuras, con el tren de alta velocidad entre Tánger y Casablanca como punta de lanza, y ha experimentado un fuerte crecimiento económico gracias a la inversión extranjera en sectores estratégicos como el hidrógeno verde o los fertilizantes (gracias a los fosfatos del Sáhara Occidental). Pero esta bonanza no está llegando a la población. Los salarios son bajos y los trabajos precarios, y en ningún caso el país es capaz de absorber la fuerza de trabajo que representan los jóvenes, como dicen los informes del Banco Mundial. Esto está afectando incluso a la tasa de fecundidad, que ha bajado hasta 1,97 hijos por mujer (en los años 60 era de 7,2, y en los 90 de 3,3), que, aun así, es prácticamente el doble de la española (1,1).

Si a esto sumamos los efectos de la represión política, el cóctel que empuja a los jóvenes a emigrar está servido. El periodista Ali Lmrabet disecciona en su artículo el funcionamiento del régimen alauí y del temido makhzen, que es el estado profundo que ocupa las estructuras de poder más allá del gobierno de turno y que está directamente conectado con la monarquía de Mohamed VI. Estos aparatos del estado, una auténtica "policía patriótica", en palabras de Lmrabet, han perfeccionado las últimas décadas la capacidad de control de la población gracias a unos potentes servicios de inteligencia y al uso masivo de tecnología que a menudo viene de Israel, como es el caso del programa Pegasus, con el cual infectaron, supuestamente, el móvil del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y otros ministros. Las protestas sociales de los últimos años han sido desarticuladas ya sea comprando a sus líderes o bien encarcelándolos. Cuando el año pasado estallaron las manifestaciones de los jóvenes marroquíes, el movimiento llamado GenZ 212, se detuvo a un mínimo de 6.000 personas, de las cuales 2.000 continúan en prisión. La sensación en Marruecos es que no hay alternativa al régimen y que los partidos que se presentan a las elecciones no tienen capacidad real de cambiar las cosas.

Esta realidad nos debe hacer reflexionar en dos direcciones. Por un lado, para entender mejor los motivos que empujan a tantos jóvenes y no tan jóvenes marroquíes a querer abandonar su país. Y por otro, para repensar qué relación queremos tener con este país en el cual la UE ha externalizado el control de la frontera sur. No hay soluciones mágicas, pero lo que debe quedar claro es que lo que se ha hecho hasta ahora ha servido para apuntalar el régimen y enriquecer a una casta a costa de la mayoría de la población. Al contrario de lo que se podría pensar, y como explicaba el experto Hein de Haas en el diario del sábado, la mejora de las condiciones económicas por sí sola no detiene los flujos migratorios. Las personas, y más si tienen una mínima formación, siempre lucharán para intentar tener una vida mejor.

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