Es urgente poner freno al turismo
El exceso de turismo acaba volviéndose contra la sociedad que lo ha promovido y se ha beneficiado de él. En las Islas Baleares, esto es desde hace tiempo una evidencia social, económica y ambiental. También en Cataluña, y en especial en Barcelona. A fuerza de excesos, estamos matando la gallina de los huevos de oro. La capacidad de carga turística de las ciudades y los diversos territorios tiene un límite a partir del cual los efectos colaterales nocivos pueden llegar a ser superiores a los beneficios. No se puede renunciar a la riqueza del turismo, pero sin duda hay que ponerle medida.
Los problemas se acumulan con los precios de la vivienda, con la ocupación de los centros históricos, con la desaparición del comercio tradicional, con la restauración (hoteles, bares, restaurantes) colonizando la economía, con problemas de seguridad y tranquilidad... También con la lengua catalana dejada cada vez más en un lugar marginal. Cuando la vida solo gira en torno al turismo, hay peligro de que se pierdan demasiadas cosas: vida social y cultural, autenticidad urbana, creatividad empresarial, empuje educativo (a los jóvenes les resulta demasiado fácil encontrar primeros empleos sin mucha formación). Incluso se pierde la posibilidad de disfrutar del propio paisaje natural, como ocurre en las Islas con muchas playas casi sin espacio para los autóctonos.
La manifestación de este domingo en Mallorca, en plena temporada estival, es un nuevo síntoma del cansancio ciudadano. En las Islas, directa o indirectamente, mucha gente vive del turismo, pero esto no impide que colectivamente haya cuajado la idea de que se ha ido demasiado lejos y que hay que poner freno de manera clara a la llegada de más visitantes. La vida para los autóctonos se está haciendo muy pesada, incluso angustiante.
Si en las décadas de los años 60 a los 80 del siglo pasado el paso de una economía rural a una turística supuso el desarrollo de la sociedad insular, ahora el monocultivo turístico está poniendo en duda el futuro de las Islas. Se ha llegado a un punto obsceno de saturación y masificación.
Solo faltaba el cambio climático para acabar de despertar conciencias. El turismo ha crecido dando la espalda a la protección del medio ambiente. Los ensayos bienintencionados de armonizar las dos realidades pocas veces han reeditado. El turismo es voraz. Y el actual Gobierno de las Islas no tiene, precisamente, una sensibilidad destacable al respecto. Al contrario. La liberalización y desprotección efectiva de muchos entornos naturales está poniendo en juego la viabilidad ambiental de Mallorca, Menorca y las Pitiusas, con el agua potable como principal punto crítico. Últimamente, la lucha contra el gran hotel proyectado al lado de la playa virgen de Es Trenc ha movilizado a vecinos y ecologistas.
Es urgente, pues, buscar salidas al atolladero. Es verdad que la economía balear –y en menor medida la catalana– pivota en porcentajes remarcables en torno al turismo, pero hay que buscar mecanismos para parar su crecimiento acrítico, para subir la calidad de la oferta y los sueldos de este sector y para potenciar otros vectores económicos, en especial en el terreno industrial tecnológicamente avanzado. Al mismo tiempo, hay que regular y tasar las actividades turísticas, haciendo que parte de los ingresos sirvan para ayudar a resolver cuestiones como la vivienda. El grito desesperado de la ciudadanía isleña debe ser atendido.