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La música clásica no da miedo

La soprano Serena Sáenz y el cantante Òscar Danielo se encargan de desmitificar la música clásica en Sala d'Assaig, el videopodcast del Palau de la Música Catalana. Enfrentándola con el pop entenderemos que no hay estilos superiores ni experiencias únicas, solo maneras de vivir la música.

Grabación del videopodcast del Palau
Redacció
17/05/2026
5 min

Bajo la batuta invisible de los primeros compases de Ludwig van Beethoven, con los inconfundibles sol-sol-sol mi, fa-fa-fa re de la Quinta Sinfonía, la soprano Serena Sáenz y el cantante, compositor y productor musical Òscar Danielo conversan sobre la música como motor de nuevas experiencias confrontando la música clásica y el pop en un nuevo capítulo de Sala d’Assaig, el videopòdcast del Palau de la Música Catalana.

Pop vs. Clàssica es el título de este episodio y la Quinta Sinfonía nos evoca estos miedos. Considerada una de las obras más emblemáticas del repertorio sinfónico, su fuerza dramática nos enfrenta a nuestros propios temores. Pero, al fin y al cabo, ¿quién tiene miedo de la música clásica?

Serena Sáenz es una de las voces jóvenes con uno de los futuros más brillantes de Europa y Òscar Danielo es el alma del grupo de música Delafé y las Flores Azules. Situados en dos mundos opuestos, se enfrentan, ambos, a perder el miedo a la hora de hablar de música clásica con el pop.

"La clásica no muerde por nada del mundo. Lo que pasa es que si tienes desconfianza, te da respeto, y si no hay quien te introduzca de manera amigable, no te atreves". Serena Sáenz explica cómo con 10 años tuvo su primer contacto con la música clásica. Fue en la escuela, cantando con la coral precisamente en la Sala d’Assaig donde se graba este videopòdcast. "Éramos 60 niños, todos con la misma curiosidad, y nos lo pasábamos superbé".

Escuela, familia y recomendación

La escuela, y también la familia, son en muchos casos inspiradoras. A menudo, sin embargo, este vínculo no existe y dificulta el aprendizaje. "Para mí, el problema de la clásica es que nunca he sabido cómo entrar en ella, porque cuando he pedido que me explicaran algo lo han hecho de una manera un poco demasiado avanzada, así que me ha entrado por una oreja y me ha salido por la otra", explica Òscar Danielo. La falta de referentes, al contrario que en la música moderna, dificulta esta vinculación.

En la música pop los intérpretes, muertos o vivos, son reconocibles. En cambio, en la clásica, no. "No hay ninguna grabación original y quien interpreta es la Filarmónica de Berlín, o la de Copenhague, o la que sea. Sabes que hay versiones, pero no sabes cuál elegir, así que vas un poco perdido". Como explica Serena, "la clásica son composiciones que hace 100 o 200 años que están hechas y nosotros las reinterpretamos", así que por mucho "maravillosa" que sea la música te llegará o no según su interpretación.

Sáenz defiende que la música es, antes que nada, emoción y que, más allá de una recomendación o de una mínima contextualización, el espectador no debería sentir la necesidad de estudiar previamente una obra para poder comprenderla como pasa en determinadas producciones operísticas. Por eso, se pregunta Serena, "no sé si estamos haciendo un buen trabajo porque la gente debería venir y pasarlo simplemente bien".

La excelencia versus la improvisación

El protocolo, a veces demasiado rígido, tampoco lo pone demasiado fácil. Aun así, "yo soy de las que me dejo llevar", dice Serena. Para Òscar, que viene del rock, las sensaciones son diferentes. "Mi background es mucho más "}callejero" y la música clásica para mí siempre es como de aula". En el pop se permiten más licencias, incluso "un gallo", mientras que en la música clásica "la presión a no equivocarse siempre está ahí", confirma Serena Sáenz.

La excelencia en la música clásica es máxima. Mucho más que en la música pop donde, cualquier error, "lo acabas resolviendo diferente". Para Danielo, la autoexigencia es menor. "En el pop o en el hip-hop lo importante es que estés relajado, des una buena imagen y te lo pases bien. En los conciertos, la gente va para pasárselo bien, olvidarse del trabajo, bailar, beber, desconectar o enamorarse" y cualquier error se convierte en "anécdota".

El código de vestimenta

La puesta en escena también forma parte del ritual del concierto. En el pop, Òscar Danielo admite que siempre ha funcionado casi con una misma camisa verde –su camisa de “hacer bolos”–, unas zapatillas y algún detalle práctico más sin excesivas reflexiones estéticas. En cambio, en la música clásica, el margen es diferente. Serena Sáenz distingue claramente entre el formato concierto y la òpera. En un recital como solista, puede escoger el vestuario, siempre con coherencia con la orquesta y el resto de intérpretes. “Si la orquesta va con frac, yo iré con vestido de gala. Debe haber armonía en el escenario”, señala. El código no es rígido, pero sí que responde a una cierta idea de elegancia compartida.

En la òpera, en cambio, el vestuario forma parte del personaje y puede llegar al extremo. Sáenz recuerda producciones donde ha cantado colgada con arnés, caracterizada como una marioneta manga, con botas pesadas y peluca imposible. Una exigencia escénica que se añade a la presión vocal y musical. “En òpera hay muchísimos inputs cuando subes al escenario”, explica, entre la coordinación con el director y la orquesta.

¿Y el público? Tampoco hace falta solemnidad extrema. “Mientras no vayas vestido como si fueras a la playa”, dice Sáenz, “creo que se debe hacer un pequeño esfuerzo. Cuando vas a cenar, te pones guapo; a un concierto también”. Danielo lo resuelve a su manera: vaqueros, polo y comodidad. Lo importante, al fin y al cabo, es sentirse parte de la experiencia.

Música para todos

Si el miedo era el punto de partida, la música es la respuesta de ambos. Para Òscar Danielo, ha sido literalmente la banda sonora de su vida. “la música lo ha sido todo”, afirma. Serena Sáenz coincide en ello desde otra óptica. Para ella, la música tiene la capacidad de engrandecer cualquier emoción. “hay una amplísima gama de colores donde puedes elegir”, explica. Y la música, dice, te puede cambiar el estado de ánimo en cuestión de segundos.

Las diferencias aparecen en el terreno de la creación. Danielo se reivindica como creador intuitivo, ajeno a las normas académicas, mientras que Sáenz se siente cómoda interpretando partituras de otros. Dos perfiles complementarios que evidencian que no hay una sola manera de vivir la música.

Al final, ambos coinciden en una idea esencial: no hay estilos superiores ni experiencias únicas. Hay momentos vitales. Quizá haya etapas en que apetezca más un concierto multitudinario y otras en que se agradezca la calma de una sala como el Palau. Pero en todos los casos, la música continúa siendo un espacio de encuentro, una experiencia que nos golpea y nos transforma.

Porque, sea pop o clásica, la música, sencillamente, no muerde.

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