Apps de citas: ¿por qué nos queman tanto?

Hace ya unos años que convivimos con las aplicaciones de citas. Es más, podríamos decir que se han convertido en la manera más habitual de conocer gente y de ligar. Pero también parece que ser usuario de estas plataformas es una especie de círculo vicioso. Entramos con ilusión, hacemos algún match, tenemos algunas conversaciones y, con suerte, alguna cita. Al final, sin embargo, descubrimos que no es lo que buscábamos, que nos da cringe o, en el peor de los casos, nos acaban rompiendo el corazón. Las borramos teniendo claro que no volveremos a la aplicación del diablo nunca más, pero al cabo de un tiempo la volvemos a descargar. Y así una y otra vez, cada vez con un poco menos de esperanza.

Y quizás el problema es que estamos empezando a vivir el amor como si fuéramos al supermercado. Con un simple gesto decidimos si alguien nos interesa o no después de haber visto cuatro fotos y leído dos frases. Las personas pasan a ser un producto dentro de un catálogo infinito, y nosotros nos acostumbramos a buscar a alguien que cumpla una lista de requisitos casi imposible. Cuando siempre parece que hay una opción mejor esperando detrás del siguiente perfil, cuesta conformarse, pero también cuesta conectar de verdad.

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Quizás es esto lo que nos acaba cansando. En el fondo, todavía queremos pensar que el amor conserva una parte de misterio, que es un poco irracional y que a menudo aparece cuando menos te lo esperas. Un misterio que va mucho más allá de tener un tipo. Quizás hay personas que no habríamos elegido nunca a través de una pantalla y que, en cambio, nos pueden cambiar la vida. Y quizás nos emocionan mucho más que el tío que hemos conocido en una app y que, en la primera cita, se pone a tocar la guitarra.