BarcelonaImagina retroceder cien años, a la Barcelona de 1926. El cine todavía era mudo y un desfile de moda podía ser, literalmente, un espectáculo extraordinario. En París las grandes casas habían comenzado a utilizar aquellas presentaciones para dar a conocer las nuevas colecciones de los diseñadores de la época, pero en Cataluña no lo hacía nadie. Situada en el Pla de la Boqueria, Santa Eulalia vio la oportunidad y decidió importar la fórmula. “Fuimos pioneros gracias a la visión de mi abuelo”, recuerda Luis Sans, cuarta generación al frente de la casa, fundada en 1843. En aquella aventura también tuvo un papel clave Pere Formosa, que había entrado como aprendiz y acabaría convirtiéndose en maestro de la casa e impulsor de aquel evento
La tienda Santa Eulalia.Santa Eulalia
La primera experiencia se difundió por el boca a boca entre las clientas, convocadas para ver desfilar las nuevas propuestas de la temporada sobre los llamados “maniquíes vivientes”. La expectación superó todas las previsiones: “Tuvo tantísimo éxito que las temporadas siguientes se tuvo que hacer por estricta invitación, porque todo el mundo quería venir”, explica Sans. Entonces, ver desfilar una colección era acceder a una novedad que llegaba de París y descubrir en primicia qué significaba vestir moderno.
100 años después, aquel espectáculo exclusivo se ha convertido en sobresaturación: cualquier pasarela de moda se puede seguir desde un móvil y a cualquier hora, pero la capacidad de convocatoria persiste. Este miércoles más de 500 invitados de la cultura catalana se reunieron en La Paloma para celebrar la efeméride. Carlos Godó, Gonzalo Rodés, Javier de las Muelas y Lázaro Rosa-Violán fueron algunos de los asistentes a una noche de música y proyecciones audiovisuales que también sirvió para presentar Heritas, el perfume conmemorativo de la casa, con pañuelos perfumados como guiño a sus orígenes textiles. Una celebración que invita a mirar atrás, pero sobre todo adelante: ¿qué queda hoy de aquella manera de entender la moda, el lujo y el deseo?
De la pieza única a la democratización de la moda
Detrás de aquellos primeros desfiles había todo un engranaje artesanal. Las piezas se confeccionaban en los talleres de modistería de Santa Eulalia a partir de los dibujos que una ilustradora elaboraba siguiendo las indicaciones del diseñador. Se hacía un único ejemplar en talla de modelo, y durante el desfile las clientas anotaban los números de los vestidos que les gustaban para encargarlos después. Ni siquiera se los probaban: “Una modelo a nómina se los volvía a poner delante de ellas y, a partir de ahí, empezaban las pruebas y posibles modificaciones”, explica Luis Sans. Una manga un poco más larga, un escote más cerrado u otro color del mismo tejido eran algunas de las opciones. “Se podían hacer personalizaciones, pero el diseñador de la pieza siempre tenía la última palabra”, recalca.
Cuatro modelos posan con creaciones de Santa Eulalia junto a un coche descapotable clásico en el Palau de la Virreina de Barcelona, el año 1964.Santa Eulalia
De todo el universo, Sans conserva también un recuerdo de infancia. De pequeño le encantaba acompañar a su madre cuando iba a probarse los vestidos de alta costura. Mientras las modistas trabajaban, él recorría los probadores con un pequeño imán rojo en forma de herradura buscando las agujas que habían caído al suelo. “Las recogía una a una y las guardaba en una cajita”, recuerda. Décadas después, aquel niño acabaría dirigiendo una casa que tendría que aprender a transformarse a medida que también lo hacía la moda.
La alta costura fue perdiendo terreno a partir de la segunda mitad del siglo XX ante una moda producida en serie, y por tallas, más accesible que la confección a medida. Santa Eulalia también incorporó el prêt-à-porter, siguiendo la evolución del sector, y el año 1968 presentó su primera colección. Para Sans, que la alta costura haya quedado reducida a una minoría no significa que haya perdido su razón de ser. “Continúa siendo un laboratorio de ideas y de creatividad y una fuente de inspiración”, defiende.
Coches de reparto en el exterior de Santa Eulalia en el año 1940.Santa Eulalia
Paralelamente, la casa había ido ampliando sus oficios. Instalada entonces en el número 93 del paseo de Gracia, su ubicación actual, impulsó los servicios de sastrería y camisería masculina. En su momento de máxima expansión, Santa Eulalia llegaría a tener 750 trabajadores, muchos de ellos vinculados a sus talleres de costura.
Alta costura en el año 1954.Santa Eulalia
A finales de siglo llegaría una decisión mucho más drástica. En septiembre de 1995 celebró su último desfile de colección propia. En los años noventa Sans había detectado que las nuevas generaciones preferían cada vez más vestir a los grandes creadores internacionales, que empezaban a expandir sus tiendas por todo el mundo: “Un diseño local que no tuviera una dimensión internacional cada vez era menos apreciado”. La casa tenía que crecer como marca o cambiar de modelo: “No nos podíamos quedar en medio”, añade. Las colecciones propias desaparecieron, pero no el oficio. Santa Eulalia conservó la sastrería y la camisería a medida, que hoy representan alrededor de un 5% del negocio, según Sans. El actual gerente las considera una “punta de lanza y un rasgo de identidad”.
Sobrevivir significa saber cambiar
Adaptarse siempre. “Por eso la casa ha sobrevivido durante 183 años”, afirma Sans. El abandono de las colecciones propias dio paso a un nuevo modelo basado en una selección cuidadosa de ropa y accesorios de grandes firmas internacionales, combinadas con marcas contemporáneas como Jacquemus, Toteme, Khaite y The Row. “No todo se acaba con los grandes nombres”, defiende. Santa Eulalia refuerza así su papel como espacio de prescripción, con propuestas singulares que no se encuentran en todas partes. El cambio también se hizo visible en el espacio. La reforma integral de 2011, encargada al diseñador estadounidense William Sofield, perseguía una idea muy concreta: crear una tienda genuina capaz de conservar la memoria de una casa fundada en el siglo XIX sin convertirla en un museo.
El boceto de un diseño.Santa Eulalia
Santa Eulalia también ha reinterpretado qué significa ofrecer lujo. Sobre todo teniendo en cuenta que, en el paseo de Gracia, el establecimiento compite codo a codo con las boutiques de las grandes firmas. Para Sans no depende solo del producto o del precio, sino de la calidad del servicio y de la capacidad de adaptarse a cada cliente. “El lujo es sentirse bien atendido y sentirse escuchado”, resume. Sans también observa cambios en la manera de vestir de los barceloneses. A pesar de reconocer que la informalidad es una tendencia global, cree que en la ciudad existe un cierto miedo a destacar: “Digamos que hemos perdido brillo”, resume. Una discreción que convive, paradójicamente, con jóvenes más atrevidos que continúan viendo a Santa Eulalia como un espacio físico de modernidad en plena era digital.
El legado continúa
El futuro del establecimiento todavía está por escribir. Sans tiene tres hijos y ninguno trabaja hoy en Santa Eulalia. Cuando él asumió el negocio familiar, en 1988, con solo 22 años, su abuelo le dio la opción de elegir si quería dirigirlo. Ahora quiere respetar la misma libertad: “A mí me haría ilusión, pero lo tendrán que decidir ellos”, concluye. La quinta generación, por tanto, todavía es una incógnita.
Quizás aquí radica el reto de cualquier legado: conservar lo suficiente del pasado para mantener la identidad a lo largo del tiempo, pero no tanto para quedar atrapado en él. Actualmente Santa Eulalia ya no desfila ni dicta qué vestirá Barcelona la temporada siguiente. La celebración de La Paloma, cien años después del primer desfile, hablaba otro lenguaje, pero mantenía intacto el reto de siempre: generar expectativa y deseo.
Tienda Santa Eulalia.Santa EulaliaInterior de la tienda Santa Eulalia.Santa EulaliaPerfume Santa Eulalia.Santa Eulalia
Un nuevo “traje invisible"
La puesta en escena de un nuevo perfume en un año de celebración no es casual. La perfumería ha ido ganando terreno dentro de la casa y hoy representa aproximadamente un 7% del negocio, según Manuel Giraldo, responsable de la sección. Santa Eulalia recuperó su línea de perfumes en 2014, y 10 años después decidió darle un nuevo impulso, con Barcelona y la perfumería de nicho como ejes.
Heritas, la novedad presentada con motivo del centenario, traslada al lenguaje olfativo el universo de la moda. Creada por el perfumista barcelonés Chris Maurice, se construye como un desfile en tres actos: se abre con frangipani y flores blancas; evoluciona hacia un corazón de vainilla e iris, y termina con sándalo, benjuí y almizcle blanco. “Queríamos crear un perfume que se convirtiera en un traje invisible, en una pieza de alta costura que pudieras llevar puesta”, explica Giraldo. Un velo olfativo, unisex y contemporáneo, con el que la casa traslada su legado también a la piel.