La náutica, el camping del mar

Tan pronto como abrió los ojos, Nil sintió que se había pasado con el vino blanco. También sintió un calor espantoso. Está muy sudado. Pol yace inconsciente en la litera de al lado. Jan y Roc, en la otra cabina, también duermen.

Como pudo, después de darse un golpe en la cabeza al subir la escalera, salió a cubierta. El resplandor lo ciega. Se pone las gafas de sol. Jacobo todavía duerme sobre unos cojines a proa. Sin pensárselo dos veces, se lanza al mar. Mientras nada bajo el agua, siente cómo se refresca y cómo la resaca desaparece, igual que las gafas, hacia el fondo. Cuando sale a la superficie, un poco grasiento de combustible, ve de repente cómo la gente de las otras embarcaciones lo mira mientras desayuna. Por suerte habían podido conseguir amarre. No es ideal, pero es mejor que fondear en cualquier lugar cuando hay aviso de temporal. Agosto es traicionero. Habían llegado por los pelos, cuando la niebla avanzaba, el mistral comenzaba a soplar y las olas eran cada vez más grandes.

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Esta situación se repite una y otra vez cuando navegas. Es cierto que el placer de fondear en una cala es prácticamente inigualable, pero muchas veces otros han tenido la misma idea y te encuentras con un parking marítimo lleno o simplemente hay que entrar a puerto. Es entonces cuando esta actividad exclusiva se convierte en mundana. De hecho, si lo analizamos objetivamente, pernoctar en un yate se parece mucho a ir de acampada, una acampada carísima.

Esta "vida pequeña" es igual tanto para el campista con la tienda o la caravana, como para el navegante. El espacio es sagrado. Un velero que puede costar lo mismo que un piso en el centro a menudo ofrece menos metros cuadrados que la portería de uno de esos pisos. Vivir en un barco es minimalismo extremo, y acabas haciendo contorsionismo para ponerte los calzoncillos o hirviendo pasta en un hornillo mientras rezas para que no cambie el viento.

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Llegar a puerto es entrar en un recinto de caravanas de agua. El alta mar puede ser infinita, pero el espacio en el pantalán está cotizado a precio de oro, además de la pérdida de intimidad; el agua transmite los sonidos a la perfección, es decir, los ronquidos rítmicos del vecino o el reguetón de la fiesta de la tripulación de al lado. También puedes sentirte como un león en el zoo mientras cenas y la gente te observa desde el muelle paseando y curioseando.

Al fin y al cabo, la diferencia entre quien planta un refugio en el Pirineo y quien fondea en Formentera es, principalmente, el precio de la entrada. El nivel de incomodidad aceptado por voluntad propia es exactamente el mismo. El verdadero privilegio de la náutica consiste en pasar el 80% del tiempo arreglando cosas en lugares exóticos.

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En cualquier caso, tener una embarcación en propiedad no siempre va de estatus; va de aventura. Es un ejercicio maravilloso que nos permite sentirnos almirantes en nuestro propio rincón del mundo. Quizás el gran secreto no es el barco en sí, sino la capacidad de disfrutar de la simplicidad y de creer que vivir en diez metros cuadrados rodeados de mar es el mejor regalo de la tierra. Aunque, como siempre se ha dicho, los dos mejores momentos de tener un barco son el día que lo compras y el día que lo vendes. El secreto de todo ello es conseguir que te inviten, pero en días de buena mar.