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El mundo es un hostal

Los intercambios de trabajo por alojamiento ganan terreno entre los jóvenes que buscan viajar más y gastar menos

Jóvenes en un hostal.
Avril Pardos Casado
14/08/2026 - 07:01 h.
6 min

Cuando Claudia Ferro, de 24 años, explicó a sus padres que aquel verano no dormiría en ningún hotel ni había reservado ningún apartamento, la primera pregunta fue inevitable: “¿Y dónde te alojarás?”. La respuesta resume una nueva manera de entender los viajes: “Trabajaré unas horas al día y, a cambio, tendré un lugar donde dormir”.

El modelo no es nuevo, pero sí que vive un momento de máxima visibilidad. Plataformas digitales, vídeos virales en TikTok o Instagram y el fuerte encarecimiento de los viajes han convertido los intercambios de trabajo por alojamiento en una alternativa que seduce especialmente a las nuevas generaciones. Para algunos es la única manera de poder recorrer el mundo sin gastar miles de euros; para otros, una forma de huir del turismo convencional y convivir con la población local. Entre ambas versiones, sin embargo, también aparecen interrogantes sobre los límites de este modelo, la precarización del trabajo y el uso, a menudo indiscriminado, de la palabra voluntariado.

El trabajo por techo

Hacer de recepcionista en un hostal en Portugal, cuidar animales en una granja en Italia, ayudar en un huerto ecológico en Costa Rica o gestionar las redes sociales de un alojamiento en Japón. Estas son algunas de las ofertas de plataformas como Workaway o Worldpackers, espacios digitales que ponen en contacto anfitriones y viajeros para que intercambien unas horas de trabajo por alojamiento y, a menudo, también por las comidas.

Un grupo de jóvenes trabajando en un invernadero.
Una joven haciendo de canguro.

El funcionamiento es sencillo. Tanto los anfitriones como los viajeros disponen de un perfil en el que explican qué ofrecen y qué buscan. Antes de aceptar una propuesta, ambas partes pueden consultar las valoraciones de otros usuarios. Aunque cada oferta es diferente, la mayoría establecen entre cuatro y cinco horas de trabajo diarias durante cinco días a la semana, y dejan tiempo suficiente para que los participantes puedan descubrir el destino.

Según las mismas plataformas, el objetivo no es solo ahorrar dinero, sino fomentar el intercambio cultural y las experiencias compartidas. Worldpackers asegura que su comunidad supera los cinco millones de viajeros registrados y defiende este modelo como una manera de “viajar de forma más accesible e inmersiva” y, Workaway, por su parte, reúne decenas de miles de anfitriones repartidos por más de 170 países.

Esta filosofía ha encontrado en las redes sociales su mejor escaparate. Solo hay que escribir las palabras viajar gratis en TikTok para que aparezcan miles de vídeos sobre cómo conseguir pasar semanas viajando pagando solo los vuelos. Habitaciones con vistas al mar o cenas compartidas con personas de diferentes nacionalidades proyectan una imagen idílica que acumula millones de visualizaciones.

Ahora bien, detrás de los vídeos hay una realidad más compleja. Las mismas plataformas insisten en que es imprescindible leer las condiciones de cada oferta y hablar con antiguos participantes. Las experiencias no siempre son positivas y, en algunos casos, varios viajeros han denunciado jornadas laborales muy superiores a las pactadas, alojamientos en malas condiciones o una falta total de apoyo. No todos los intercambios implican las mismas condiciones. Algunas personas acaban asumiendo responsabilidades que son más las de un trabajo convencional que las de un intercambio cultural, una frontera difusa que alimenta el debate sobre si estos modelos pueden convertirse en formas de trabajo poco reguladas.

¿Elección personal o supervivencia económica?

El fuerte aumento del coste de los alojamientos, de los vuelos y, en general, del nivel de vida ha hecho que muchos jóvenes descarten las vacaciones tradicionales. España es uno de los países europeos donde la emancipación juvenil llega más tarde, una situación que dificulta también la posibilidad de destinar una parte importante de los ingresos a viajar. Ante este contexto, los intercambios de trabajo por alojamiento aparecen, para muchos, como una fórmula de ahorro, pero también como una experiencia personal.

Lara García, una estudiante universitaria de 21 años, reconoce el valor personal de los viajes. Ha recorrido sola diversos países europeos, africanos y asiáticos y asegura que esta manera de viajar le ha permitido ganar autonomía y conocer personas de realidades muy diferentes. “Es una manera de viajar sin gastar mucho dinero y, además, te ayuda a comprender que puedes resolver muchas más cosas solo de las que pensabas”, afirma, al tiempo que destaca la riqueza de compartir experiencias con viajeros de todo el mundo.

García defiende esta manera de viajar, pero también deja claro que no todo son situaciones idílicas: “A pesar de ser una experiencia enriquecedora y única, muchas veces los trabajos son duros y mucha gente no está preparada para todo lo que irá a hacer”, explica. “Si bien es una muy buena alternativa para quienes no tenemos presupuesto para hacer viajes elaborados, no son para todos, no cenamos en restaurantes de lujo ni descansamos en jacuzzis. Al final, venimos a trabajar”, continúa.

No hay que confundir el voluntariado con los intercambios

Aunque plataformas y creadores de contenido acostumbran a hablar de “voluntariados”, la socióloga Maribel Garcia Gràcia, profesora del Departamento de Sociología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), considera que este concepto se utiliza a menudo de manera incorrecta. “Ir a cuidar un perro o regar plantas a cambio de alojamiento no es voluntariado. Es otra cosa”, afirma. Según explica, el voluntariado implica un compromiso social y una voluntad explícita de transformar una realidad o mejorar las condiciones de vida de un colectivo, mientras que estos modelos responden sobre todo a una lógica de intercambio no monetario.

Para Garcia Gràcia, es importante recordar que hablar de los jóvenes como si fueran un colectivo homogéneo es un error. Según la investigadora, estos intercambios acostumbran a ser protagonizados por estudiantes universitarios o jóvenes de clases medias que disponen del tiempo, los recursos y las competencias necesarias para organizar un viaje internacional.

Esta realidad contrasta con la de otros jóvenes que ni siquiera pueden plantearse irse de vacaciones. Según datos del Institut d'Estadística de Catalunya, cerca de una cuarta parte de la población catalana no puede permitirse una semana de vacaciones fuera de casa, una cifra que evidencia que viajar continúa siendo un privilegio para muchas familias. Las desigualdades también se hacen especialmente visibles durante el verano. Diversos estudios impulsados por la Aliança Educació 360 señalan que seis de cada diez niños de familias con menos recursos no participan en ninguna actividad educativa o de ocio durante las vacaciones, hecho que amplía aún más las diferencias sociales y educativas.

Es precisamente aquí donde Garcia Gràcia sitúa el debate. “Si quieres hacer este intercambio para ayudar, no hace falta irse a mil kilómetros. Hay mucho trabajo que hacer aquí”, sostiene. La socióloga recuerda que en Catalunya más de un tercio de los niños y adolescentes se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión social y defiende que el voluntariado continúa siendo imprescindible para reforzar comedores sociales, programas de refuerzo educativo o iniciativas de acompañamiento a personas mayores.

Lara García está de acuerdo con este pensamiento, defiende que cualquier forma de ayudar a los demás es positiva, pero advierte que se ha idealizado la idea de marcharse lejos para hacerlo. “Parece que para hacer algo importante tengas que irte a miles de kilómetros, y no creo que sea así”, explica. Recuerda que en cualquier ciudad hay personas mayores solas, familias con dificultades económicas o personas sin hogar que también necesitan apoyo, y lamenta que, a veces, las redes sociales acaben convirtiendo estas experiencias en una simple colección de fotografías.

La socióloga también advierte del riesgo de que las redes acaben convirtiendo estas experiencias en una construcción de identidad. Cada vez es más habitual que se compartan imágenes de viajes con una intención de proyectar una determinada imagen personal, lo que puede desvirtuar el sentido del compromiso social. “Parece que si no lo publicas en las redes no existe”, reflexiona.

Más allá del debate terminológico, mientras los precios de los viajes continúan disparados, las nuevas generaciones buscan alternativas para poder descubrir el mundo gastando menos dinero y convivir con personas de otras culturas, huyendo de los circuitos más masificados. Pero estas experiencias también obligan a plantear preguntas sobre los límites entre el intercambio y el trabajo, sobre la necesidad de una regulación más clara y sobre la responsabilidad de las plataformas a la hora de garantizar unas condiciones dignas.

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