En el año 2015 se publicó un estudio basado en los discursos orales, no leídos, de los presidentes estadounidenses Ronald Reagan y George H. W. Bush. El primero fue diagnosticado con Alzheimer, hecho que no se produjo en el segundo. Los autores observaron, con el estudio de 46 discursos de Reagan y 101 de Bush padre, que en el primer caso había una reducción significativa del uso de nombres no específicos y un aumento de los más coloquiales, algo que no ocurría con Bush. Los autores publicaron más tarde un estudio similar analizando las declaraciones de jugadores profesionales de fútbol americano.
De la novela al móvil: a la caza de las primeras señales del Alzheimer
La ciencia investiga cómo los cambios en el lenguaje y la voz pueden revelar el deterioro cognitivo antes de que los síntomas sean evidentes
-
CAT -
ENG
A la escritora y filósofa irlandesa Iris Murdoch le diagnosticaron Alzheimer en 1997. Murió dos años después, cuando tenía 79 años, y el estudio de su cerebro confirmó los signos de la enfermedad: placas de proteína beta-amiloide y ovillos de proteína tau. Pero, ¿cuándo debieron aparecer los primeros síntomas de deterioro cognitivo? En el año 2004, investigadores del Instituto de Neurociencia Cognitiva del Colegio Universitario de Londres publicó en la revista Brain un estudio comparativo de tres novelas: la primera, Bajo la red, de 1954, su obra más valorada; El mar, el mar, de 1979; y la última que sacó, El dilema de Jackson, de 1995, mal acogida por la crítica. El estudio mostraba que el vocabulario utilizado por Murdoch se había reducido y el lenguaje se había simplificado.
¿Pueden servir las obras literarias de una autora o autor para detectar síntomas precoces de Alzheimer? En el año 2014, investigadores de la Universidad de Groningen, en los Países Bajos, publicaron un análisis mucho más amplio con nueva metodología y con seis autores: Iris Murdoch, Gerard Reve y Hugo Claus, que fueron diagnosticados de Alzheimer; Agatha Christie, de quien se sospecha que tuvo la enfermedad; y P.D. James y Harry Mulisch, que no la desarrollaron. Publicado en Cortex, el estudio revela un empobrecimiento de las obras en los cuatro primeros casos: vocabulario más reducido, términos más generales y menos concretos, frases y palabras más repetidas y mayor uso de pronombres en lugar de nombres propios. Estos cambios, sin embargo, no se observaban en James y Mulisch.
¿Se podrían utilizar los textos de una persona para predecir con antelación la enfermedad? Para Gonzalo Sánchez Benavides, investigador del BarcelonaBeta Brain Research Center de la Fundación Pasqual Maragall y del Instituto de Investigación del Hospital del Mar, "con personas que escriben diarios de manera recurrente, sí que sería posible". Según este investigador, "con pacientes en general es muy difícil", porque hace falta un registro escrito extenso de cada persona.
La voz como herramienta de diagnóstico y pronóstico
Si bien los textos pueden sugerir síntomas de Alzheimer, es muy importante detectarlos en los primeros estadios de la enfermedad, porque el diagnóstico precoz permite plantear intervenciones, mientras no aparece un medicamento que pueda curar o aliviar la enfermedad en estadios avanzados. Ahora, explica Sánchez Benavides, está en auge la investigación en biomarcadores de voz. Se graban respuestas y narraciones del paciente que se transcriben para analizar aspectos léxicos y sintácticos, y también explorar aspectos acústicos. Así podemos ver si el lenguaje tiene cierta complejidad o riqueza léxica. "Cuando hay deterioro cognitivo, se suelen usar más circunloquios, como por ejemplo decir «tráeme esto» en vez del nombre concreto. Con el análisis acústico podemos detectar, por ejemplo, patrones de pausas más largas en medio de una frase y no al final, como suele hacer la mayoría de la gente", apunta este experto.
Ya hay algoritmos capaces de detectar estas características y se investiga para que puedan ser predictivos de la enfermedad tiempo antes de que los síntomas sean visibles. De momento, sin embargo, todavía no son lo suficientemente consistentes para llegar a la aplicación clínica.
Sánchez Benavides y otros investigadores del BarcelonaBeta Brain Research Center –como Oriol Grau-Rivera, Andreea Radoi y Clàudia Porta-Mas– participaron en un estudio internacional que se publicó este mes de mayo en Alzheimer & Dementia, que demostraba que un sistema de marcadores en el discurso oral se había mostrado efectivo para detectar señales precoces de alzhéimer. Se realizó con cinco cohortes europeas que en conjunto implicaban a 736 participantes. Se observó una correlación entre estos biomarcadores y los que revelaban presencia de proteína beta amiloide y tau en el fluido cerebroespinal. Los autores, sin embargo, matizan que antes de llegar a la práctica clínica todavía debe validarse con grandes grupos de población.
También se realizan estudios en los que no hace falta conocer el contenido del texto o el discurso oral de una persona. Por ejemplo, Benavides y otros investigadores analizan la forma de teclear en el móvil. El ritmo o el tiempo que se tarda en ir de un lado a otro del teclado pueden revelar signos de deterioro cognitivo. Esto ya se hace con esclerosis múltiple y ahora se pretende encontrar un método que permita aplicarlo a las demencias.
Las monjas y la reserva cognitiva
En el año 1986, David Snowdon, epidemiólogo y profesor de Neurología de la Universidad de Kentucky, y su equipo iniciaron un estudio a largo plazo con las monjas de la Escuela de las Hermanas de Notre Dame en Saint Louis, Misuri (EE. UU.). Se quería aprovechar que todas tenían el mismo estilo de vida y rutinas y que, al entrar en la congregación, habían aportado breves autobiografías. En total, incluyó a 678 monjas católicas, a las cuales se les hicieron pruebas cognitivas en diversos momentos y la mayoría de las cuales donaron el cerebro a la ciencia al morir.
Entre los diversos resultados que han ido obteniendo en este estudio a largo plazo, en el año 2000 publicaron en el anuario de la Academia de Ciencias de Nueva York que, tras analizar los escritos hechos por 74 monjas cuando tenían entre 19 y 37 años y sus cerebros cuando fallecieron, entre los 78 y los 97 años, constataron que una habilidad lingüística baja estaba ligada a problemas cognitivos y desarrollo neurológico posteriores. También observaron que las monjas que habían mostrado unas redacciones más complejas y ricas podían tener placas de amiloide y ovillos de tau en el cerebro, pero no habían desarrollado demencia. Esto, explica el doctor Sánchez Benavides, se debe a la llamada reserva cognitiva: “Quien ha llevado una vida rica intelectualmente puede tener signos de alzhéimer en el cerebro, como revelan las autopsias, pero no mostrar síntomas de pérdida de capacidad en vida o mostrarlos más tardíamente”.
Esto muestra, primero, que textos redactados en edades relativamente jóvenes pueden servir para prever que en el futuro pueda haber pérdidas cognitivas. Y, segundo, que hacer trabajar el cerebro, leyendo, escribiendo, debatiendo, memorizando, puede ayudar a retrasar e incluso a impedir que, a pesar de la presencia de amiloide y tau, haya deterioro cognitivo. Como en todo, hay excepciones y se conocen casos de personas intelectualmente activas que han desarrollado alzhéimer. Esto se puede deber a razones genéticas o ambientales desconocidas. “No se puede saber –explica el doctor Sánchez–, pero parece claro que la práctica intelectual y la educación formal protegen de las demencias”.