¿Por qué los perros se parecen a sus dueños?
En Consell de Cent con Enric Granados, el observador toma un helado de pistacho muy cremoso, justo en la esquina opuesta de un local de brunch lleno de chicas que ríen y ríen y que no parecen de aquí. Un señor corpulento, con las cejas pobladas y cara de pocos amigos, pasea a un bulldog inglés que camina exactamente con el mismo vaivén de caderas. Al lado, una chica sofisticada con un abrigo de diseño y pose de esfinge lleva a un galgo estilizado que parece talmente salido de la pasarela de Milán. Incluso tenemos la versión autóctona de Kim Kardashian: una chica con uñas infinitas y vestido ceñido que sostiene a un pomerania tan arreglado que da pena, como si saliera de un salón de belleza. El braco de Weimar, ágil y fibrado, va y viene a toda velocidad mientras el chico de gimnasio corre sus kilómetros diarios. Una señora elegante, que se cuida mucho y va siempre bien vestida, hace una pareja perfecta con el teckel de pelo duro con unas "barbitas" y unas cejas que le dan un aire muy digno y serio, ideal para acompañar a la señora a merendar y hacer recados.
Esto no es una coincidencia; es una realidad un poco terrorífica. Los dueños y los perros nos acabamos pareciendo tanto que, a veces, cuesta saber quién saca a pasear a quién.
La psicología lo atribuye al llamado "efecto de mera exposición", un fenómeno descubierto por Robert Zajonc en 1968. Se utiliza en marketing, publicidad y política para aumentar la familiaridad con marcas, productos o candidatos. La idea es que nos atrae aquello que nos resulta familiar. Inconscientemente, cuando vamos a buscar un cachorro, buscamos un espejo. Si tienes el cabello rizado y con un volumen indomable, tus posibilidades de acabar con un perro de agua o un caniche se disparan de manera alarmante.
Pero lo que más me interesa es el carácter. Los perros nos observan constantemente sin que nos demos cuenta. Probablemente son los que más nos conocen y, a la vez, son esponjas emocionales. Con el paso de los meses, de una manera casi imperceptible, mimetizan, y nosotros también. Es entonces cuando se dice aquello de “son como personas”, “cómo lo saben” o “es que lo entienden todo”.
Si eres de aquellos que se toman tres cafés antes de salir de casa y hablan a la velocidad de la luz, felicidades: tu jack russell compartirá exactamente la misma neurosis y vivirá a mil revoluciones por minuto, como tú. En cambio, si tu actividad dominical preferida es cambiar de postura en el sofá, tu carlino habrá desarrollado la capacidad mística de roncar al unísono contigo.
La mimetización roza el ridículo. Están los dueños hipocondríacos, que sufren por cualquier corriente de aire y le endosan al pobre animal un impermeable de Gore-Tex, bufanda y botas de neopreno porque caen cuatro gotas. El perro, está claro, acaba caminando como un astronauta en la Luna, heredando el trauma del dueño. O los fofisanos, aquellos que se apuntan al gimnasio para quedarse en la terraza del bar; su labrador –teóricamente un atleta– acaba teniendo la forma de un panecillo de brioche a base de probar las sobras de las tapas.
Así que la próxima vez que os miréis al espejo antes de salir de casa, echad un vistazo hacia abajo. Si tenéis la misma expresión de sueño, el mismo ritmo pesado de caminar o, peor aún, combináis el color de la chaqueta con el del arnés, no os engañéis. Ya ha pasado. Os habéis convertido en la misma persona (o en el mismo perro). Y lo peor de todo es que a ellos, probablemente, les debe dar una cierta vergüenza o no, nunca lo sabremos.