Cuando son los hijos los que han de tener cuidado de los padres
El ciclo de la vida hace que, llegado un momento, los padres dejen de ser los cuidadores de los hijos, ya mayores, para pasar a ser los que necesitan cuidados. ¿Cómo hay que afrontar este cambio?
BarcelonaLa adultez implica asumir nuevas responsabilidades, laborales, personales, de paternidad o maternidad si se da el caso, pero también un cambio de rol que no siempre sabemos cómo encajar correctamente. Hablamos de aquel momento en que los padres se hacen mayores y son los hijos adultos quienes deben cuidarlos. De todo ello habla Feliciano Villar, catedrático de psicología del desarrollo de la Universidad de Barcelona y director del máster en psicogerontología, en su nuevo libro "Mis padres se hacen mayores" (Plataforma Editorial).
Villar explica que el libro surge de comprobar que "hay una especie de vacío informativo sobre cómo abordar la progresiva vulnerabilidad y el envejecimiento de los padres". Dice que se habla poco de las relaciones entre padres mayores e hijos adultos y que a menudo no sabemos cuáles son las expectativas, lo que se espera de nosotros y lo que nos convierte en buenos hijos. Lo importante, explica, es entender qué necesitamos saber de la vejez para poder comprender mejor a los padres y comprender qué desafíos enfrentan nuestros padres mayores y cómo podemos ayudarles. Como apunta Villar, "se trata de tener conciencia de que nuestros padres son adultos". "Tienen los mismos derechos y la misma capacidad de controlar y de tomar decisiones sobre sus vidas. Siempre queremos lo mejor para la gente que amamos, pero a veces esta percepción de querer lo mejor no siempre es lo mejor para ellos –dice Villar–. Cuidar a nuestros padres, acompañarles y ser conscientes de que debemos aprovecharles es también una forma de vernos a nosotros mismos y de preguntarnos cómo queremos envejecer". Unos planteamientos que también nos pueden ayudar a cuidar de nuestros padres de la mejor manera posible, y esto incluye cuatro recursos fundamentales: el respeto a la autonomía y la dignidad de la persona, la necesidad de profundizar en el conocimiento de nuestros padres, el reparto de responsabilidades dentro de la familia y los patrones de comunicación efectiva en situaciones difíciles.
No los infantilicemos
En relación con cómo debemos cuidar de nuestros padres, Feliciano Villar alerta del peligro de la infantilización de las personas mayores, que puede comportar una pérdida de la dignidad. Así, se muestra contundente a la hora de afirmar que el papel de los hijos no es tomar decisiones por ellos sino darles apoyo para que continúen teniendo una vida tan autónoma como sea posible. Hoy en día, la vejez es un período de la vida que se puede alargar de veinte a treinta años, en algunos casos incluso más, y esto comporta que se vivan diferentes fases. La primera fase se acostumbra a vivir con plena autonomía, y es una etapa en la que el gran peligro es caer en el edadismo, una actitud de menosprecio hacia las personas mayores que puede mermar su autoestima y calidad de vida, justo en un momento vital que puede ser extraordinario para las personas. En esta etapa, como explica Villar, los hijos pueden contribuir a que los padres disfruten de una buena jubilación manteniendo una conversación sobre sus planes, mostrando interés por sus proyectos, ofreciéndoles información sobre los recursos disponibles en la comunidad y aprovechando también su tiempo libre para compartirlo juntos.
Una segunda etapa puede estar marcada por la pérdida de uno de los progenitores. La muerte de la pareja es uno de los acontecimientos más dolorosos que podemos experimentar a lo largo de la vida, y el papel de los hijos debería ser contribuir a aliviar tanto como sea posible este proceso, ayudándoles en las cuestiones más prácticas. También habrá que acompañarles y ser un apoyo en la nueva etapa de soledad o, si se da el caso, aceptar las nuevas parejas y evitar caer en el recelo o pensar que aquella persona sustituye a quien ha muerto.
El gran reto llega, sin embargo, cuando empiezan a aparecer problemas de salud más serios que conllevan una necesidad cada vez mayor e intensiva de cuidados. Un momento que implica planificar y aprender a dar solución a tareas que pueden ser complejas, pero también a tomar decisiones con implicaciones éticas difíciles. Feliciano Villar reconoce que cuidar de los padres mayores también pide una conciliación, una situación que a menudo muchos hijos viven con un sentimiento de culpabilidad, porque no pueden dejarlo todo y dedicarse solo a cuidarlos. Ahora bien, en este punto, Villar recuerda que más que hacerse cargo, habría que abordar el cuidado desde una posición de acompañamiento que implica una relación más igualitaria, en la que los hijos están atentos a las necesidades de los padres, pero también saben valorar lo que ellos todavía pueden hacer. Será el momento de estar presente, de compartir la responsabilidad entre todos los hijos, de intentar atender, dentro de las posibilidades, sus preferencias, de valorar si se necesita apoyo de un cuidador externo o si no hay mejor solución que trasladar a la persona a una residencia, una decisión muy complicada y que provoca, como explica Villar, un gran sentimiento de culpabilidad para los hijos y una gran sensación de desarraigo en los padres.
Finalmente, el autor también habla de uno de los momentos más difíciles de la vida: abordar aquel tiempo en el que somos conscientes de que el final se acerca. Recomienda ser sincero cuando hay diagnósticos complicados, ya que la persona tiene derecho a decidir de manera informada sobre su vida. El papel de los hijos será respetar los tiempos y el ritmo del proceso de los padres y no intentar controlar y alterar el proceso. También deberán validar las emociones que experimentan aunque no las entiendan del todo y no forzar conversaciones sobre temas difíciles, pero tampoco evitarlas si quieren hablar de ellos. En definitiva, proporcionar compañía y apoyo material en lo que haga falta y cuidar de los vínculos respetando en cada instante los deseos del padre o la madre.
Como concluye el autor: "Quisiera que los lectores se queden con tres ideas básicas: la primera, que debemos aprovechar a los padres mientras los tengamos. En segundo lugar, creo que es muy importante tener una comunicación fluida, de adulto a adulto, sin querer secuestrar el control de la vida de los padres. Y, en tercer lugar, creo que es muy importante, especialmente en las últimas etapas, recopilar todos los recursos que podamos para hacer frente a una situación de cuidado que puede ser muy dura para los hijos. Será el momento de tener conversaciones abiertas, sinceras, y de dejar de lado los egoísmos, teniendo en cuenta que lo más importante es el bienestar de los padres".