Cabaret Pop

45 años de la pedida de mano real más recordada: Carlos, Lady Di y un anillo azul (de catálogo)

Visto desde la actualidad, el anuncio de la boda entre Carlos y Diana de Gales fue una puesta en escena tóxica y falsa

01/03/2026

BarcelonaDicen algunas crónicas reales que el actual rey Carlos III le dijo una vez a su exmujer, Diana de Gales, antes de separarse de ella, que ya se podría parecer un poco a Sarah Ferguson, que tenía mucho carisma con la gente y que era muy pragmática con las cosas de palacio. Más sonrisa de cara hacia afuera y menos fragilidad de puertas adentro era lo que le reclamaba a la madre de sus hijos, una mujer que llegó a pasarlo muy mal a su lado no por su propia personalidad sino por el trato que él le dispensaba. Esta frase resuena más que nunca estos días, cuando hemos sabido que la risueña y pragmática Fergie era, incluso, peor de lo que suponíamos: una cara dura capaz de actuar sin ningún tipo de principio para alcanzar sus objetivos, que eran prácticamente siempre materiales. Solo por poner un ejemplo: después de que Epstein fuera condenado por proxenetismo y por haber intentado prostituir a una menor en 2008, ella llevó a sus dos hijas a conocerlo a la mansión de Florida (en EE.UU.) donde pasaba el arresto domiciliario. Como para congraciarse con el millonario que ahora sabemos también que la mantuvo casi una década. Como una especie de ofrenda. Si Diana hubiera sido como Ferguson, tal como le pedía su marido, Carlos III hoy día quizás no sería rey de la misma manera que su hermano ya no es príncipe...

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Esta frase del monarca resuena estos días tanto por la actualidad del caso Epstein como por la efeméride que se celebraba el martes de esta semana: los 45 años del anuncio del compromiso de Carlos III con Lady Di. O dicho de otra manera: 45 años del día más trágico de la vida de Diana, cosa que quizás ella entonces no sabía a pesar de que, si te miras las imágenes con mirada actual, ves que quizás lo intuía. Tenemos todos tan presente aquel día que parece hace poco, pero han pasado cuatro décadas y media de que, después de un comunicado de la reina Isabel II y del duque de Edimburgo, el príncipe de Gales presentase al mundo la mujer que había elegido para casarse: una joven aristócrata de provincias que parecía la candidata perfecta para hacerle olvidar a Carlos la mujer casada de la que estaba enamorado. La mujer que, a pesar de todo aquel show, es hoy día la reina consorte del Reino Unido y de toda la Commonwealth: Camila Parker Bowles.

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No era un cuento de hadas

45 años después de aquel breve paseo de la pareja por los jardines de Buckingham en el que los británicos conocieron quién debía ser su futura reina, vemos con otros ojos que un hombre hecho y derecho de 32 años –extrañamente soltero a esas alturas...– eligiese para casarse una joven que apenas tenía 19. 45 años después entendemos que aquella joven fue bien embaucada a pesar de que se creyese que aquello era un cuento de hadas y que ella había sido la elegida para vivirlo. Ahora también entendemos que en una familia como la suya nadie la advirtió nunca de que quizás aquello no sería lo que parecía. En una aristocrática familia como la suya se sentían elegidos por aquel capricho del destino que los había subido desde un condado semiperiférico a ser familia directa de los Windsor. 45 años después vemos a Diana como una víctima propiciatoria de todo aquel despropósito de intereses familiares por ambas partes convertidos en una pseudorelación sentimental que devendría la boda real más importante del siglo XX.

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Visto en perspectiva, también observamos que lo que entonces se vendió como un signo de modernidad no era más que una clara demostración de desdén por parte de Carlos. Un desdén que su novia debió interpretar fácilmente entonces como un acto de menosprecio ante todo el mundo. Resulta que Diana fue la primera miembro de la familia real británica a la que se proponía matrimonio con una joya que no había sido diseñada expresamente para ella. De hecho, era tanto el desinterés de Carlos por su futura esposa que, aparte de no hacerle una joya "ad hoc" a pesar de tener todos los medios para hacerlo –o para mandarlo hacer...–, fue lo suficientemente desconsiderado como para llevarle un catálogo de la firma Garrard y decirle que se eligiese ella el anillo que más le gustase. Esta es la triste historia de uno de los anillos más célebres de todos los tiempos.

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Una joya para la historia

Aquel anillo azul, con un imponente zafiro central de 12 quilates y de talla ovalada rodeado de 14 diamantes que tantas otras mujeres han deseado desde aquel día, fue el principio de una triste historia matrimonial que poco a poco fuimos conociendo con más profundidad. No obstante, lejos de haberse convertido en un símbolo de mala suerte, es hoy día un elemento internacional de homenaje a Diana. Primeramente, porque Kate Middleton lo lleva en los actos más relevantes de su agenda, como digna sucesora de su suegra que es. Y, en segundo lugar, porque aquella pieza de joyería fue elegida por Diana basándose en los ojos azulísimos que tenía su madre. Por lo tanto, no era elegido por Carlos, cosa que sí le habría dado una pátina mucho menos carismática.

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Además, hay que destacar que Lady Di llevó el anillo también una vez divorciada como un acto de autoafirmación, ya que con él gritaba que era la madre de los futuros herederos de la monarquía británica, una realidad que la misma institución detestaba. De hecho, este anillo también está bendecido en cuanto a la relación de los hermanos Guillermo y Enrique, ya que según diversos especialistas lo heredó el segundo cuando cumplió 30 años pero, al observar el valor simbólico de la pieza, accedió a que se lo quedase su hermano mayor, que era quien debía heredar el trono y de presentar algún día a su prometida al mundo como había pasado con su madre. Este gesto entre hermanos hoy en día no pasaría por la nula relación que tienen. Quizás fue la cesión del anillo el último gesto fraterno entre ellos... Más que un anillo, tiene ya la categoría de amuleto...

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Llorando con Grace Kelly

Dos semanas después de haber sido presentada por Carlos, Diana aparecía en su primer acto oficial, un concierto benéfico en el Royal Opera House de Londres. Era el 9 de marzo de 1981 y a la fiesta estaba invitada también Grace Kelly, entonces ya un icono pop consagradísimo gracias a su paso de reina de Hollywood a princesa de la Costa Azul. Años más tarde se publicó que aquella velada no fue nada feliz para Diana, que ya había descubierto la vida matrimonial que le esperaba con Carlos, un drama difícil de solucionar porque había anunciado dos semanas antes que en julio de aquel mismo año se casaría con el heredero del trono británico. Estaba ya completamente atrapada. Algunos cronistas dejaron constancia de que Grace de Mónaco se la encontró llorando en el lavabo de la ópera. Con el sarcasmo propio de una mujer de 51 años que había sobrevivido a trabajar con Hitchcock y a 25 años de persecución de la prensa rosa, su alteza serenísima de Mónaco le dijo a la joven Diana: "No te preocupes, querida, todo irá a peor".

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El día que Carlos presentó a Diana, hace ahora 45 años, presentó a los periodistas su "enamoramiento" como "un proceso gradual". Esta debe ser la forma más triste que se ha utilizado nunca para definir una historia de amor que acaba de empezar. No hizo ni el esfuerzo de disimular. Para acabarlo de redondear, el príncipe también respondió a la pregunta de si estaban enamorados que "sí, sea lo que sea que signifique estar enamorado". Ahora sabemos muy bien que entonces él sabía muy bien lo que era estar enamorado. Pero no de Diana. Ella, en cambio, no había tenido tiempo para comparar. El resto es ya historia.

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