En el Afganistán de los talibanes no hay pandemia

Casi nadie se vacuna ni se hace la prueba del covid desde que los radicales llegaron al poder

Enviada especial a KabulZakia Noori es sanitaria y mata el tiempo comiendo pipas sentada bajo la sombra de un árbol en el exterior del Hospital Afgano Japonés de Kabul, mientras espera que aparezca alguien que quiera vacunarse contra el coronavirus. Pero no hay manera, desde que los talibanes llegaron a Kabul hace poco más de un mes, nadie va al hospital a vacunarse. “Antes no dábamos abasto, vacunábamos hasta 500 personas al día”, asegura. Ahora, con suerte, inmunizan a veinticinco o treinta. Y según dice, es así en todos los puntos de vacunación de Kabul: “Los sanitarios tenemos un grupo de WhatsApp y todos estamos igual: de brazos cruzados”.

El Hospital Afgano Japonés de Kabul es el único hospital público de la capital afgana que atiende en la actualidad a enfermos de coronavirus. Como su nombre indica, es un hospital que fue construido por Japón, y en la actualidad lo gestiona una ONG holandesa, Health Net TPO. Y se nota. El hospital no tiene nada que ver con un hospital público convencional en Afganistán. Está limpio y ordenado. En el exterior se han habilitado unas casetas para vacunar y otras para hacer PCR. La de los PCR están directamente cerradas. También por lo mismo, porque no acude nadie.

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“Yo creo que la gente no viene porque no se siente segura de salir a la calle o porque creen que en el hospital no habrá médicos que los atiendan”, opina el director médico del hospital, del doctor Tariq Akbari, para justificar que de repente la pandemia haya desaparecido por arte de magia en la capital afgana. Aquí, de hecho, parece que no exista el coronavirus.

Poca gente lleva mascarilla, su uso no es obligatorio en ninguna parte, y los talibanes no han aprobado ninguna norma para frenar la expansión del virus. El anterior gobierno afgano sí que recomendaba el uso de la mascarilla, la distancia social y lavarse las manos, pero nunca decretó un confinamiento. De hecho, eso sería inviable en Afganistán: la mayoría de afganos no tienen un salario fijo, se buscan la vida cada día. Desde el inicio de la pandemia, han muerto 7.183 personas y menos de dos millones han sido inmunizadas en un país donde se calcula que viven unos treinta millones de habitantes.

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Falta oxígeno en el único hospital covid de Kabul

Por fin alguien acude al hospital a vacunarse. Es una familia de etnia hazara -una de las minorías que los talibanes persiguieron más en el pasado- formada por cuatro personas. Llegan al hospital en coche. Uno de ellos, Zamin Ali, de 25 años, dice que se vacuna porque quiere irse a Australia y ése es un requisito indispensable para no tener que hacer cuarentena a la llegada. Otro miembro de la familia, Mohammad Asif, de 43 años, también se vacuna por lo mismo: él y su mujer tienen previsto emigrar a Irán. En el coche también viaja el suegro, que es un anciano esquelético que muestra problemas evidentes para respirar. Tiene coronavirus y también pretende que le vacunen.

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“A él no le podemos vacunar si está enfermo”, dice la sanitaria con tono de reproche, y antes de administrar la correspondiente dosis al resto de miembros de la familia. Según dice, los talibanes han prohibido a las mujeres vacunar a los hombres. “Pero como aquí en el hospital no me ve ningún talibán, yo hago lo que me da la gana”, afirma mientras inyecta la vacuna con determinación a uno de los miembros varones de la familia. En la actualidad, dice, están administrando dosis de Astra Zeneca, pero en el pasado también inyectaron la vacuna china, la india y la norteamericana Janssen. Una vez vacunados, la familia vuelve a meterse en el coche junto al suegro enfermo. Ninguno lleva mascarilla.

El doctor Akbari asegura que tienen suficientes dosis de vacunas y que tampoco les falta medicinas. Al menos de momento. El Banco Mundial financiaba el Hospital Afgano Japonés de Kabul, así como la mayoría de hospitales y clínicas del país, y ahora todos esos fondos han quedado congelados desde que los talibanes llegaron al poder. Así que es una incógnita saber qué pasará en el futuro. De momento la consecuencia inmediata es que el personal del hospital hace dos meses que no cobra. “No sabemos cuánto tiempo podemos aguantar así. No puedes obligar a la gente a trabajar si nadie les paga”, argumenta.

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También tienen otro problema: les falta oxígeno. “Disponemos de una planta de producción, pero no cubre todas las necesidades. Además se estropeó hace unos días, fui al ministerio de Salud a pedir que la arreglaran y los talibanes no me dieron ninguna solución”, se queja el doctor, que asegura que al final pagó él la reparación con dinero de su propio bolsillo.

En la actualidad en el hospital hay 68 pacientes ingresados, veinte de los cuales en la unidad de curas intensivas. Aquí las UCI no tiene nada que ver con las de España: son habitaciones convencionales de hospital pero, eso sí, hay respiradores. El personal sanitario no lleva ningún traje de protección –sólo una simple mascarilla quirúrgica- y los familiares se amontonan alrededor de la cama del paciente sin ningún tipo de medida de prevención.

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Asaluddin Kazizada es uno de los pacientes del hospital. Lleva un mes ingresado, y antes estuvo tres semanas más en un hospital privado donde, asegura, se gastó una fortuna: 9.000 afganis en medicinas (unos 90 euros) y 21.000 en bombonas de oxígeno (214). Riza Mehdiyan también llevó a su madre a un centro privado antes de ingresarla en el Hospital Afgano Japonés. Los dos arguyen la misma razón: nunca se imaginaron que un hospital público en Afganistán tendría tantos recursos. Unos recursos, sin embargo, que venían del extranjero y que ahora se han esfumado.