Fingir que estás enferma para poder hacer deporte en Afganistán
KabulNunca ha sido habitual que las mujeres en Afganistán vayan al gimnasio. En algunas zonas remotas del país, las mujeres ni siquiera saben lo que es un gimnasio. Para ellas, estar activas significa trabajar en el campo, llevar agua o pasar horas y horas trabajando no remunerada en casa.
Antes del retorno de los talibanes al poder, sin embargo, había gimnasios sólo para mujeres en algunas ciudades grandes, como Kabul, Herat y Mazar-e Sharif. Eran espacios para realizar ejercicio, conectar, respirar libremente y cuidar el cuerpo.
De hecho, yo solía ir al gimnasio en Kabul. Practicaba kung-fu. Muchas otras chicas de mi edad también hacían deporte después de ir a clase a la universidad. Yo lo esperaba con ilusión. Como mujeres, no podíamos hacer ejercicio libremente en parques o espacios públicos, pero el gimnasio era un sitio seguro. Pero cuando regresaron los talibanes, los gimnasios para mujeres, como tantos otros lugares, quedaron totalmente clausurados.
Aunque yo ya había dejado de ir al gimnasio a raíz de la pandemia, el hecho de que los talibanes cerraran todos los gimnasios femeninos en el 2021 y eliminaran a las mujeres de la escena deportiva afgana me supuso un duro golpe. Me sentía como una prisionera que, en vez de recibir una reducción de la pena, había sido transferida a un régimen de aislamiento.
Hoy en día, ir al gimnasio en Afganistán, si eres mujer no sólo está prohibido, sino que es peligroso. Bajo el régimen de los talibanes, si eres mujer y haces deporte, puedes ser considerada una criminal. De hecho, no existe ningún gimnasio femenino que funcione abiertamente. Sin embargo, si haces deporte a escondidas o entrenas a otras mujeres en una casa particular también te arriesgas que te detengan.
Esto es lo que le ocurrió semanas atrás a Khadija Ahmadzadeh, una entrenadora de taekwondo. Fue detenida en la ciudad de Herat por precisamente entrenar a otras chicas a escondidas. Un tribunal de los talibanes la juzgó y la consideró culpable, y tuvo que estar entre rejas trece días durante los cuales fue obligada a arrepentirse de lo que había hecho. Sólo entonces fue dejada en libertad. La noticia me inquietó profundamente. Una de mis mejores amigas sigue haciendo deporte en Kabul de forma clandestina.
No sé cómo, pero algunas chicas afganas se han convertido aún más valientes con las innumerables restricciones de los talibanes. A pesar de los riesgos, encuentran formas de acceder a espacios que oficialmente están prohibidos. Mi amiga, que es para mí como una hermana casi, es una de ellas. Hace más de un año que se arriesga a ir a escondidas a un gimnasio. Cuando me contó cómo lo hacía, todavía me sorprendió más.
En Kabul, algunos hospitales privados tienen gimnasios en el sótano que teóricamente son sólo para los pacientes. Los talibanes creen que sólo acuden aquellos enfermos cuyos médicos les prescriben hacer deporte. Sin embargo, en realidad muchas chicas se las empujan para conseguir recetas falsas o directamente se inventan enfermedades para poder acceder a estos lugares, hacer deporte, y saltarse la prohibición de los talibanes.
El salvoconducto para el gimnasio
Mi amiga me dijo que su médico le había hecho una receta indicando que sufría una lesión lumbar y que necesitaba ejercicio físico para recuperarse. Esta receta es el salvoconducto que le permite entrar en el gimnasio.
Pero incluso estos gimnasios hospitalarios son minuciosamente vigilados por los talibanes del ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio. A veces revisan las recetas médicas, u ordenan a los entrenadores que no permitan que entren mujeres que consideran que van "vestidas de forma inadecuada". Evidentemente, en el gimnasio no suena ninguna música. También está prohibida.
Sin embargo, dentro del gimnasio, el ambiente es algo distendido. Es un lugar donde las mujeres pueden reír, entrenar, sudar y, durante un corto período de tiempo, liberar sus cuerpos del miedo. Pero esa sensación de libertad es frágil. El temor a que los talibanes puedan irrumpir en cualquier momento no desaparece. Por eso, en el pasillo siempre hay alguien vigilante para avisar a las demás chicas si vienen los fundamentalistas.
Ser mujer y hacer deporte no es ningún delito, al igual que nunca lo fue estudiar. A veces deseo ir al gimnasio con mi amiga, pero confieso que tengo miedo. No sólo de los talibanes, sino también del agotamiento que supone vivir varias vidas ocultas a la vez. Mi salud física me importa, pero no quiero arriesgarme aún más.
Con todo, siempre que pienso en mi amiga y otras mujeres como ella, siento miedo y admiración a la vez. Son mujeres que simulan estar enfermas sólo para hacer ejercicio. Corren, respiran y entrenan, no para conseguir medallas y reconocimiento, sino simplemente para sentirse vivas.
En un país donde ser mujer se convierte en una lucha diaria, incluso mover el cuerpo puede convertirse en una forma de resistencia silenciosa pero profundamente poderosa.