Cacheos de los talibanes casa por casa: “Incluso miraron dentro del calentador de agua”

KabulYa era tarde por la noche cuando llamaron a la puerta. Una forma de picar que no era normal. No recuerdo qué día fue, ni qué mes, pero sí que recuerdo perfectamente el ruido de los golpes y que eran las once de la noche. En mi casa el aire podía cortarse con un cuchillo.

Mi hermano abrió y se encontró con dos camionetas llenas de talibanes armados, que le dijeron que querían hablar con mi padre. "¿Qué has hecho con el vehículo y con el arma?", le espetaron cuando le tuvieron delante.

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Mi padre era un oficial del ejército afgano antes de que los talibanes volvieran al poder. Cuando el gobierno anterior cayó, los talibanes ordenaron a todos los militares entregar las armas y todo el equipamiento que tuvieran. Mi padre lo hizo y disponía de una carta oficial que así lo acreditaba. Enseñó la carta a los talibanes que golpearon la puerta, pero no se mostraron satisfechos. Mi hermano intentó rebatirlos, pero mi padre le paró los pies. Mejor no discutir para no empeorar más las cosas. Al final, después de un buen rato, acabaron marchando. Esa fue nuestra primera experiencia de los talibanes en casa. Por suerte no entraron. Teníamos ese consuelo.

Pocos meses después de que los talibanes llegaran al poder en agosto del 2021, todavía quedaban activos pequeños movimientos de resistencia en diferentes lugares de Afganistán. Por ejemplo, continuaban los enfrentamientos en el Panjshir, una provincia situada en el norte de Kabul y donde la mayoría de la población es de la etnia tayika. En la capital también hubo ataques ocasionales. Fue entonces cuando los talibanes empezaron los primeros registros a gran escala casa por casa en toda la ciudad. Casi todos los hogares fueron cacheados. Pero no todos los barrios fueron tratados por igual.

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Diferencias entre barrios

Recuerdo que algunos amigos míos que eran pastún, la misma etnia de los talibanes, me dijeron: "No han cacheado nuestra casa. Simplemente han escrito 'cacheado' en la puerta y se han ido". En los barrios donde la mayoría de la población somos tayikos o hazares, en cambio, fue diferente. Los registros fueron exhaustivos, agresivos y repetitivos. En el barrio de Khair Khana, donde vivo, los vecinos sabíamos que era sólo cuestión de tiempo que llegara nuestro turno.

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Cuando los registros llegaron a nuestra zona, en mi casa intentamos esconder todo lo que pudiera generar sospechas. Las medallas, los premios, los documentos de mi padre, cualquier cosa relacionada con su pasado, parecía peligrosa. Así que los metí en una bolsa y los llevé a casa de mi tío, que vive en otra parte de Kabul que ya había sido cacheada. De camino, tuve una sensación extraña, como si aquél ya no fuera mi país, como si nada me resultara familiar. Luego fui a trabajar, pero no podía concentrarme. Llamé a mi madre tres veces. "¿Ya han llegado?", pregunté. "Aún no, están en la calle de al lado", contestó.

Cuando volví a casa, tocó el turno a nuestra calle. Mis hermanos habían traído a mi padre a casa de mi tío para evitar que le encontraran. Así que en casa sólo éramos mi madre, mis hermanos y yo.

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Los talibanes llamaron y entraron. No iban con ninguna mujer policía. Todos eran hombres armados con barbas largas, ropa local y caras que daban miedo. Lo cachearon todo: colchones, almohadas, debajo de las alfombras, detrás de la nevera, dentro de los armarios... Incluso miraron dentro del calentador de agua del baño.

Mi madre y yo estábamos en mi habitación, y tiraron toda mi ropa del armario al suelo. No mostraron ningún respeto por la privacidad, por la feminidad, ni por el espacio personal. La forma en que cachearon el dormitorio y la ropa de una mujer joven como yo va en contra de nuestra cultura, pero lo hicieron sin dudarlo. Con sus botas sucias, pisaron las alfombras y la ropa, y nos mirábamos como si fuéramos criminales. Cuando terminaron, como no encontraron nada, escribieron "cacheado" en lengua pastún en la puerta de casa, y se fueron.

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Éste no fue el último cacheo. Nuestro barrio, mayoritariamente tayik, ha sido cacheado dos veces más. Los grupos de resistencia que se oponen a los talibanes están mayoritariamente asociados con los tayikos, y los talibanes parecen asumir que en las zonas tayikios hay combatientes y armas escondidas. Cada registro ha sido peor que el anterior. Incluso cavaron en los patios de las casas. El miedo fue creciendo cada vez más. Parecía un castigo colectivo.

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Algunas familias no lo soportaron más y se fueron del barrio. Uno de nuestros vecinos, un anciano que vivía con su mujer y dos hijas jóvenes, se mudó después de repetidos cacheos porque tenía miedo por sus hijas: temía que los hombres armados intentaran sobrepasarse con las dos chicas. Es decir, no tenía miedo a las armas. Se trataba de dignidad, de seguridad y de sentirse vulnerable por el hecho de que unos desconocidos pudieran irrumpir en casa en cualquier momento y abusar de sus hijas.

Han pasado unos ocho meses desde el último cacheo, pero el miedo no ha desaparecido. Hay puntos de control de los talibanes en todo el barrio. Detienen los vehículos y los inspeccionan. Tenemos la sensación de que nos vigilan constantemente.

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Nuevo Código Penal

A principios de enero, además, los talibanes aprobaron un nuevo Código Penal, cuyo artículo 23 dice que cualquier persona que tenga información sobre un opositor del gobierno y no la facilite a los talibanes será castigada con hasta dos años de cárcel. Ayudar y dar refugio a esta persona puede suponer cinco años en el trullo. Esto significa que la presión ya no está sólo en la puerta, sino en todas partes.

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La confianza que antes mantenía unidas las comunidades se ha sustituido por la sospecha. Los vecinos que antes compartían comida y dolor ahora miden sus palabras. Las familias cuidan de quien las visita. Las conversaciones se detienen cuando un desconocido se acerca. Ya no sólo tenemos miedo a los hombres armados que cachean las casas, sino también a que un familiar, un vecino o quien sea nos señale con el dedo y nos denuncie a los talibanes.

Parece que ahora la sociedad tenga orejas, se ha convertido en una suerte de sistema de vigilancia que controla con quien nos relacionamos, qué decimos y qué pensamos. Además del miedo a lo que puedan encontrar en nuestra casa, tenemos miedo a lo que puedan decir de nosotros.