El invierno en Kabul no es sólo una estación, es una prueba de resistencia

KabulLas personas que nunca han vivido en Kabul a menudo se imaginan Afganistán como un país seco y cálido. Muchos se sorprenden cuando les cuento el frío que hace aquí en invierno. Kabul es una ciudad situada a unos 1.800 metros de altura y rodeada de montañas, y cada invierno nieva y las temperaturas pueden alcanzar los diez o quince grados bajo cero. Es un invierno largo e implacable. El frío te congela las manos en cuestión de segundos y el aire es completamente helador.

Pero el frío solo no es el peor. El frío sin electricidad, sin dinero y sin certezas es lo que realmente hace que el invierno esté aquí insoportable.

En Kabul sólo tenemos electricidad unas horas al día. Pueden ser cuatro, siete, a veces ninguna. Nunca sabemos cuándo habrá electricidad y, en invierno, el suministro es aún más reducido que en verano. Cuando de repente las luces se encienden, todo resulta urgente. Enchufamos inmediatamente nuestros móviles para cargar su batería. Las lámparas recargables se encienden para almacenar luz para la noche. También cargamos rápidamente las baterías externas, y el frigorífico funciona durante un rato. Hemos aprendido a vivir según la electricidad, no según el reloj. Esa lucha no es nueva. Ya teníamos el mismo problema durante la presencia de las tropas internacionales en Afganistán, antes de que los talibanes volvieran al poder. Pero el invierno lo hace mucho más difícil.

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Sin electricidad, calentar la casa es un reto diario. La leña y el carbón son las principales fuentes de calor, pero son extremadamente caros. Setecientos kilos de leña cuestan entre 12.000 y 14.000 afganos, unos 178 euros, mientras que el ingreso medio en Afganistán es de sólo 85 euros al mes. Según Naciones Unidas, más del 90% de la población afgana vive bajo el umbral de la pobreza, lo que explica que el invierno dé tanto miedo a las familias.

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Como calentar toda la casa es demasiado caro, en mi casa en invierno sólo calentamos una habitación. Lo hacemos con un brasero de carbón: lo colocamos debajo de una mesa baja cubierta con mantas gruesas, y toda la familia nos sentamos alrededor estirando las piernas por debajo para compartir el poco calor que hay. Allí comemos, pasamos la noche y, por la noche, dormimos juntos. Sé que puede sonar raro en otros países, pero para nosotros es normal.

Para las familias que viven en la pobreza extrema, ni siquiera la leña o el carbón están a su alcance. Su única opción es quemar neumáticos viejos, plásticos u otros desperdicios para poder sobrevivir por la noche. El humo de estos fuegos llena las casas y las calles, y el aire en Kabul es aún más irrespirable en invierno.

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La vida sin electricidad

No tener electricidad afecta a todos los aspectos de la vida cotidiana. Por ejemplo, disponer de agua caliente tampoco es fácil. Cuando no existe electricidad, lógicamente los calentadores de agua resultan inútiles, y no nos queda más remedio que calentar una olla de agua con una bombona de gas para poder lavarnos. El frigorífico tampoco funciona, y no tiene sentido dejar los alimentos. La carne o el pollo debemos cocinarlos y comerlos el mismo día que los compramos, porque nunca sabemos cuándo volverá la electricidad. A veces, ponemos la comida cerca de la ventana o directamente en el exterior, para que se conserve con el frío.

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En invierno también se hace de noche más temprano. A las cinco de la tarde ya está oscuro y las calles se vacían rápidamente. Sin electricidad y con temperaturas gélidas, a las ocho o las nueve de la noche a lo sumo, en mi casa ya dormimos. No porque estemos cansados, sino porque no hay nada más que hacer y el calor sólo existe bajo las mantas.

Cada invierno, en las calles de Kabul veo niños que se intentan calentar haciendo pequeñas hogueras en las aceras. Las encienden dentro de latas viejas o en el suelo mismo, y tienden las manos para poder calentarse un poco. No llevan casi ropa de abrigar, algunos incluso van con chancletas, e intentan abrigarse envolviéndose con bolsas de plástico. Algunos son muy pequeños, pero ya con esta edad deben hacer frente al invierno sin apenas nada. Cuando los veo, no puedo evitar que se me rompa el corazón y que siga pensando en ellos durante la noche. En mi casa al menos tenemos la suerte de poder calentar una sola habitación. Otros no tienen ni eso.

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El invierno con los talibanes es aún más crudo. Todavía hay menos trabajo, menos ingresos y más miedo. Miedo a no tener suficiente comida, a pasar hambre y ser detenido sin saber por qué. Para las mujeres, si nuestra vida está ya llena de restricciones, el invierno añade otra capa de aislamiento.

Cuando voy a dormir envuelta con mantas, a menudo pienso cómo será el invierno en lugares donde hay electricidad, calefacción y seguridad. Nada de eso lo hemos tenido nunca en Afganistán durante décadas. Aquí el invierno no es sólo una estación. Es una prueba de resistencia.