Aluminio envenenado de Guinea en el Mobile World Congress
Desde hace unos meses, la periodista Núria Vilà Coma y yo llevamos a cabo una investigación sobre cómo está afectando a la transición energética en dos países africanos: Senegal y República de Guinea. Guinea es el primer productor de bauxita mundial y tiene las mayores reservas de este mineral. La bauxita se transforma primero en alúmina, y después en aluminio, lo que permite dar un salto de calidad en valor: cuando es aluminio, un material resistente y ligero, vale treinta veces más que la bauxita. Como el precio es tan bajo –un kilo de bauxita costaba el año pasado entre 6 y 8 céntimos de euro–, Guinea aumenta sus ingresos multiplicando su producción –ahora produce diez veces más que hace treinta años.
El aluminio es omnipresente en nuestras vidas –latas, ventanas, coches–, pero lo será aún más con la imprescindible transición energética. Una de las angustias de los conductores de coches eléctricos es cuántos kilómetros les va a durar la batería. La respuesta, en parte, está en la cantidad de aluminio del coche: cuanto más ligero sea, más largo será el trayecto con la misma batería. Nuestros móviles –la cabecera de la industria que Barcelona acogerá un año más en el Mobile World Congress esta próxima semana, del 2 al 5 de marzo– también son grandes consumidores de aluminio. El 80% de la bauxita guineana termina en China, que lidera la carrera por el coche eléctrico y es el líder mundial en producción de smartphones. El 90% de la bauxita que importa España, el primer importador europeo, viene de Guinea. Quien controle Guinea tendrá una parte de la batalla tecnológica ganada. Cuanto más aumenta la demanda de aluminio, más avanzan las explotaciones de bauxita en Guinea, y nosotros fuimos a las nuevas zonas mineras para ver cómo estaban. Desde 2020, una empresa india explotaba un depósito cerca de Bembou Silaty –donde nos alojamos– y en Koussadji Dow, donde conocimos a Tala Oury Sow.
La llegada a Koussadji se convirtió en un evento. Todo el mundo se reunió en el patio de una casa para realizar las entrevistas. Me sentí un impostor: eran los últimos creyentes en la utilidad del periodismo. Creían que ofreciéndonos su testimonio, algo cambiaría. Desde la llegada de la empresa minera, el agua del río estaba marrón, sucia y llena de productos químicos derivados de la explotación minera. El orden jerárquico se respetó: primero hablaron los hombres mayores, después el resto. Tala Oury Sow empezó a hablar con un hilo de voz mientras nos enseñaba los utensilios de cocina de su casa, ollas, y palanganas, que había llenado de agua sucia del río. Sacó un estropajo y empezó a limpiarlo todo con jabón. Alternaba la mirada entre los utensilios y la cámara. A medida que avanzaba, su tono aumentaba, furioso, a punto de gritar: "Mira esa agua, éste es el regalo que nos han hecho. ¿Crees que se puede vivir así?". Como telón de fondo estaba la tos de los adultos y de los niños –la polución del aire es otra de las grandes consecuencias de la producción de bauxita–, y alguno de los niños acabó llorando. Demasiado alboroto.
Tala y otras mujeres del pueblo habían creado una cooperativa agrícola. A medida que la empresa minera compraba suelos, cada vez era más complicado producir. La contaminación ha desplomado la productividad del suelo. Se juntaban para resistir. Ella y todos los entrevistados no paraban de repetir ndian, la palabra en fula que significa agua. No pedían una revuelta ni expulsar a la empresa minera; querían agua potable, poder cultivar como antes y una educación para los hijos, la promesa de un futuro.