Una canción de amor en Sudán en Moscú
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Moscú, finales de octubre. Una sala llena de hombres con americana y corbata. Los más importantes, sentados. La melodía empieza a sonar y reconocen la canción al instante. Sonríen y algunos empiezan a aplaudir siguiendo el ritmo. El jefe de estado no se mueve. Los cantantes rusos, chicos y chicas con voces agudas, vestidos de blanco, empiezan a entonar una canción en árabe, una de las más conocidas de Sudán: "Uhibbu Makan Watani al-Sudan" ("Amo mi tierra, Sudán"). Es la ceremonia de concesión de un doctorado honoris causa al jefe de estado de Sudán y líder del ejército, Abdel Fattah al-Burhan, de 66 años, en el marco de la tercera Cumbre Rusia-África.
Más allá de este momento de diplomacia musical, supone el sellado definitivo de un cambio de bando que hace tiempo que se gesta. Rusia, que al principio de la guerra civil de Sudán había dado apoyo a los paramilitares, ya hace tiempo que apoya al ejército sudanés. A cambio de armas, fertilizantes y comida, Sudán ofrece a Rusia una base militar en Puerto Sudán, a las puertas del mar Rojo, aunque el acuerdo no se ha ratificado formalmente.
El país es el quinto mayor productor de oro de África, y su costa es un punto caliente de la geopolítica global. Por esta zona pasa el petróleo que sale del estrecho de Ormuz, atraviesa el estrecho de Bab el-Mandeb y se dirige hacia el canal de Suez antes de llegar a Europa. Y también los coches y los semiconductores que vienen de Asia oriental. Es, por tanto, una zona sensible para toda la economía europea.
La guerra civil desangra a Sudán desde abril de 2023, y está estancada a todos los niveles. Ninguno de los dos bandos es lo suficientemente fuerte para conquistar todo el territorio, y la vía diplomática está muerta desde hace meses. Como el conflicto no se resuelve, cada vez hay más actores implicados, y se ha convertido en una guerra regional. Los paramilitares de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF en inglés) reciben el apoyo de los Emiratos Árabes Unidos, tanto según los expertos de la ONU, que consideran que las acusaciones son creíbles, como según algunos legisladores norteamericanos, a pesar de que los EAU lo niegan. Últimamente, el ejército sudanés también acusa a Etiopía de facilitar ataques con drones desde su territorio, algo que Adís Abeba niega. El ejército cuenta con el apoyo de Arabia Saudí, Egipto y Rusia.
La disputa por el agua del Nilo
Hay dos contextos. Por una parte, la lucha de las petromonarquías del Golfo por tener una esfera de influencia en el África oriental. Por otra, un conflicto latente entre los egipcios y los etíopes por el control del agua del Nilo. Etiopía ha construido una presa, la Gran Presa del Renacimiento Etíope, inaugurada en septiembre de 2025, que debe permitir al país dar un salto económico. La promesa: electricidad para todos, excedentes para exportar y un impulso para la industrialización del país, y la creación de puestos de trabajo correspondiente. Egipto considera que sin el agua del Nilo no hay Egipto; se ha opuesto a la presa y se reserva el derecho de defender sus intereses. La Primavera Árabe comenzó poco después de un aumento descomunal del precio del trigo. Egipto produce un poco menos de la mitad del trigo que consume y depende de las importaciones para el resto; para un país así, quedarse sin agua es innegociable.
Sudán, país por el cual también pasa el Nilo, y vecino de Egipto y Etiopía, se ha convertido, en contra de su voluntad, en el árbitro de esta situación. Los dos rivales son conscientes de que una parte del desenlace de su conflicto estará condicionado por quién esté en el gobierno de Sudán. Por eso se posicionan en bandos opuestos de una guerra civil que ha dejado unos 14 millones de desplazados y un número de muertos que, según las estimaciones, está entre los 150.000 y los 400.000. Las ceremonias de seducción geopolítica, como la de Moscú, son una apuesta práctica de cara al mañana: quién se repartirá la influencia en el país el día que se acabe el conflicto. Rusia ha sabido diversificar su apuesta: ha vendido armas a los tres países.