Brasil

Lula, actor clave para resistir el acoso de Trump y la nueva ola extremista

El veterano presidente se erige como un muro frente a Estados Unidos, en una región que vuelve a abrazar a la extrema derecha

27/02/2026

São PauloLuiz Inácio Lula da Silva afronta el último año del tercer mandato fortalecido en la escena internacional, gracias a una firme postura a la hora de hacer frente a las interferencias de Donald Trump, con la economía local estable, pero con la incertidumbre de las presidenciales de octubre, que, una vez más, se celebrarán en un escenario en.

A sus 80 años, el veterano dirigente y activista del multilateralismo se ha convertido en un referente global por la forma que ha apaciguado la furia de Trump, defendiendo la plena soberanía y las negociaciones igualitarias. Lula ha perfeccionado la vía diplomática iniciada por su homóloga mexicana, Claudia Sheinbaum, con la que mantiene muchas afinidades ideológicas, para desactivar el tarifaço: un arancel del 50% sobre todas las exportaciones brasileñas a Estados Unidos aplicado por la administración republicana desde agosto del pasado año.

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Con el chantaje tarifario, Trump exigía que se detuviera la "caza de brujas" del juicio a su aliado, el expresidente Jair Bolsonaro, ahora encarcelado y cumpliendo una condena de 27 años por intento de golpe de estado. La Casa Blanca consideraba, entonces, que las actuaciones del ejecutivo brasileño constituían "una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional, la política exterior y la economía de Estados Unidos".

En el momento de máxima presión, no fueron pocas las voces internas, principalmente de organizaciones empresariales, aireadas por grandes grupos de comunicación locales, que exigían a Lula bajar la cabeza frente a las imposiciones de Trump. Con la popularidad en declive y acorralado en el Congreso por el Centrão –partidos bisagra que alimentan relaciones clientelares–, el histórico dirigente acertó en el diagnóstico en medio de una crisis que amenazaba la viabilidad de su gobierno. Supo convertir la interferencia trumpista en una oportunidad para arrebatar el discurso patriótico en la extrema derecha.

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Los equilibrios con la Casa Blanca

Paralelamente, abrió vías de diálogo con Washington. Lula, que ha hecho del pacto una virtud negociadora a lo largo de su carrera pública como sindicalista y político, contó con la ayuda estratégica a la sombra de uno de los grandes conglomerados brasileños: el gigante cárnico JBS. Uno de los fundadores de esta empresa familiar que se convirtió en el principal productor de proteína animal del planeta, Joesley Batista, fue recibido por Trump, al que había dado cinco millones de dólares por la ceremonia de posesión en la Casa Blanca. Allí interfirió a favor del ejecutivo brasileño y ayudó a hacer recapacitar al líder republicano. Un detalle relevante: JBS tiene más empleados contratados en Estados Unidos que marcas de referencia para Trump, como la automovilística Ford.

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Hubo un encuentro programado y no formal entre Trump y Lula en la sede de la ONU en septiembre, durante la Asamblea General. "Me ha caído bien. Ha habido una química excelente", señaló el republicano. A finales de noviembre, Washington revocaba parcialmente el tarifaço. Antes, hubo una reunión presidencial en la cumbre de Asean en Kuala Lumpur (Malasia) y elogios públicos entre ambos mandatarios. A principios de marzo, habrá un nuevo encuentro en Washington para profundizar en la colaboración bilateral, cuya agenda va más allá del comercio, como el futuro de Venezuela, Cuba y la lucha contra el narcotráfico.

Lula ha tenido el mérito indiscutible de saber encontrar un punto de equilibrio con Trump que no se ha roto ni con las duras críticas brasileñas en la captura de Nicolás Maduro, con quien, por cierto, el presidente brasileño no mantenía una buena sintonía personal, a diferencia de lo que sí ocurría con Hugo Chávez. Brasilia considera que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional trumpista, bautizada mediáticamente como la doctrina Donroe, por la combinación entre "Monroe" y "Donald", amenaza con desestabilizar Latinoamérica, una región donde Estados Unidos acumula cada vez más apoyos gorros de gobiernos locales conservadores.

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Ideológicamente aislado en la región

Lula es ahora mismo el principal bastión democrático en Sudamérica, no sólo por el papel de liderazgo que desempeña, sino por los triunfos electorales de la extrema derecha, cuyos últimos –el de José Antonio Kast en Chile– han seguido la tendencia de Argentina con Javier Milei o de Bolivia con el conservador Rodrigo Paz Pereira. Brasil se encuentra aislado ideológicamente, con el riesgo de que Colombia también dé un giro a la derecha.

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El contexto regional no ayuda al líder brasileño, que, esta vez, tendrá que verse electoralmente con el hijo mayor de Jair Bolsonaro, el senador Flávio Bolsonaro, elegido a dedo por el padre desde la cárcel, lo que ha provocado malestar entre los prohombres de la derecha que apostaban por una candidatura "menos radical".

Precisamente, la división en el ámbito conservador, con las diferentes ramas enfrentadas (evangélicos, partidos bisagra del Centrão, gobernadores con aspiraciones presidenciales), puede ayudar la reelección de Lula. El presidente, incuestionable para la izquierda, pese a la avanzada edad, aprovecha las desavenencias temporales de los oponentes y trabaja a todo gas cosiendo alianzas regionales. El objetivo es decantar una elección que todo apunta a que se decidirá por un margen muy estrecho, pese a la falta de carisma y talla política del heredero del clan Bolsonaro.